Opinión

  • | 2015/10/28 19:00

    El vendedor de ilusiones

    Nos repiten que en el manejo y en los resultados económicos somos el país modelo para el mundo. ¿Qué nos venden: una ilusión o una mentira?

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Comencemos por aclarar que tener ilusiones lejos de ser algo negativo es algo más que positivo. No tenerlas no solo sería lo más triste, sino implicaría una falta de motivación para cualquier acción o decisión.

Por lo tanto, ser un vendedor de ilusiones no necesariamente es malo, pero tampoco es siempre bueno per se.

Nosotros estamos viviendo un momento en que nos están vendiendo ilusiones, lo cual amerita que distingamos cuando es lo uno y cuando lo otro.

El ejemplo más inmediato es la ilusión de que con un acuerdo con las Farc vendrá la Paz. Tiene el aspecto positivo de que permite avanzar en ese proceso, el cual es un prerrequisito para comenzar a salir de la violencia ya atávica que nos ha venido caracterizando. Es bien sabido y aceptado que de lo que se negocia en La Habana saldrán nuevos factores de violencia y de delincuencia, como sucedió con las Bacrim, que se trasladarán algunos de sus miembros a otras actividades delincuenciales, y que el negocio de la droga no desaparecerá por obra y gracia de lo que se firme. 

Pero mientras no se logre el fin de la insurgencia armada, el Estado –o más correctamente lo que se conoce como ‘el establecimiento’, entendiendo por ello los que representan y determinan el statu quo– seguirá disculpando la falta de interés por el cambio, argumentando que es lo que la guerrilla desea y sería someterse a ella. A su turno esa guerrilla, que ve cada vez más lejana su posibilidad de acceder al poder y se ve cada vez más mermada en su capacidad de acción, acude a las acciones terroristas como último argumento para señalar que no se rinden. El acabar con el círculo vicioso que así se produce, eliminando lo que es ese pretexto para las dos partes, no aporta la paz pero sí la posibilidad de iniciar los procesos políticos democráticos que pueden traerla.

Es el caso típico de la venta de una ilusión que no coincide con la realidad pero sin la cual no se alcanzaría a abrir el camino para que en algún momento pudiera llegar a serlo.

Pero otra cosa es cuando lo que se vende es una ilusión como si pudiera llegar a ser una realidad; es decir, una mentira disfrazada de ilusión, como sucede con otras que nos venden, sobre todo en el campo económico.

Nos dicen que invertiremos $44 billones (o 50) para en el año 25 gozar del sistema de carreteras más moderno y completo del continente, subsanando el inmenso atraso que existe en ese aspecto. La realidad es que probablemente nunca existió esa posibilidad, pero hoy ya es claro que mantener esa afirmación tiene más de engaño que de creencia de buena fe.

Nos dicen que para el año 2020 las reformas o recursos que se destinan a la educación volverán a Colombia el país con el nivel más alto del continente. La inversión y los controles para mejorar nuestro sistema, que por el momento es prácticamente el más atrasado de la región, son cosa buena y eso nadie lo pondría en duda. Pero acompañarlo de una afirmación de esa naturaleza es simplemente vender una mentira pues es claro que es imposible tal salto en un proceso que requiere grandes periodos de tiempo para mostrar resultados. 

El ingreso a la Ocde, que reúne a 16 países –los más desarrollados del mundo y dos latinoamericanos, México y Chile– puede ser un propósito deseable pero eso no lo hace alcanzable. El inscribirnos como candidatos a participar en calidad de miembros de ese club tiene más de largo que de ancho: nos obliga a reglamentar y legislar como si tuviésemos las condiciones de esos países cuando, por la diferencia que nos separa del desarrollo de ellos, es imposible implementar la normatividad que así se crea. Aquí no se ve el sentido de pretender ser lo que no somos a un costo que no podemos pagar, ya que son más los traumas y nuevos problemas que se crean que los avances que se logran. Basta ver lo que implica como reforma de la legislación laboral o del control fiscal para ver hasta dónde chocan con la realidad de lo posible las condiciones a las que nos comprometemos. 

O, para contrarrestar el escenario lamentable que por fin se reconoce con el censo agropecuario, nos prometen aumentar en un millón de hectáreas las siembras bajo este mandato. Lo desproporcionado de la cifra salta a la vista cuando se necesitarían, más que recursos económicos, decenas de miles de empresarios y campesinos que se lancen a esa aventura, y lo que está sucediendo es que las políticas se dirigen contra los primeros y la realidad nacional expulsa del campo a los segundos. 

Ejemplos sobran ya que en general nos repiten que en el manejo y en los resultados económicos somos el país modelo para el mundo: ¿Qué nos venden: una ilusión o una mentira?.
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