Opinión

  • | 2015/10/15 19:00

    La peor decisión

    Hacer el Transmilenio en vez del Metro es de lejos la principal causa de que hoy no tengamos resuelto el tema de la movilidad, y, por simple deducción, la peor decisión de la historia de la ciudad.

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Debería ser superfluo repetir que el único problema que compite con el de la inseguridad en Bogotá es el de la movilidad.

Pero no lo es en el momento que toca elegir nuevo alcalde.

Estamos acostumbrados a que lo único a cuestionar de los funcionarios públicos son los actos de indelicadeza y contrarios a la ley; pero igual o peor puede ser una mala decisión. Sin llegar al cinismo de Fouché al comentar la orden de fusilar al Duque de Enghien de “Peor que un crimen es un error”, vale la pena tener en cuenta esto.

Si buscamos el origen del problema de la movilidad, este es claro: no tenemos el sistema de transporte público que requiere una ciudad como Bogotá. Por supuesto esto se debe a las decisiones que se han tomado para enfrentarlo. Y hay una que ha incidido en todas las otras.

La peor decisión de la historia de la Alcaldía de Bogotá fue la de hacer el Transmilenio en vez del Metro.

Pero como la percepción de la realidad y la realidad misma pueden ser diferentes, y como la primera depende de los medios de comunicación, no hay suficiente conocimiento ni información sobre lo que fue esa decisión ni sobre sus consecuencias.

Pero recordemos:

Primero, el momento en que se produjo la escogencia: por el crecimiento anterior y el proyectado, el tema del transporte público requería resolverse en ese momento. Bogotá ya tenía más de 3 millones de habitantes y una proyección de mega-ciudad (más de 6 millones) a menos de 20 años. Si algo era absurdo era copiar un sistema exitoso pero para una ciudad de 600.000 habitantes como era Curitiba en el Brasil. La primera ‘genialidad’ fue presentar esa idea como originalísima y afirmar que sería un descubrimiento y una muestra para el mundo de un sistema alternativo al metro. Porque se olvida que esa fue la presentación de entonces (y su divulgación inicial). Y que para enfatizarlo se adicionó que también incluía otra innovación que fue la de las losas. 

Lo triste además es que nunca, ni antes ni después, hubo proporcionalmente tanto presupuesto para arrancar una obra que diera solución al transporte público. Al alcalde Peñalosa, Mockus le dejó intacta la mayoría de los recursos que le correspondieron (o por lo menos fue lo que se decía entonces: que no hizo nada pero no robó, o que ‘creó la cultura ciudadana’); le correspondió su propio presupuesto; y recibió el ingreso por la privatización y la aprobación de la ‘descapitalización’ de la Empresa de Teléfonos de Bogotá, que fue casi otro tanto.

Entre otras inquietudes está el por qué haber entregado parte del espacio público a los privados. Que los operadores puedan utilizar solo ellos esos corredores es equivalente a que se entregara parte de los andenes a los vendedores ambulantes para su uso exclusivo; la diferencia es a qué clase pertenecen. Pero más grave aún es que el mantenimiento de esas vías y de los portales sí corre por cuenta del Distrito, con un costo de más de $50.000 millones anuales, que son simplemente un subsidio que todos pagamos para que se cumpla la garantía de rentabilidad para los concesionarios. 

Quienes se preguntan cómo tiene tanta plata la campaña actual pueden apostar a que entre los grandes contribuyentes están los operadores de Transmilenio.

Que fue una mala decisión lo prueban su desarrollo y los resultados. El problema de las losas (los $650.000 millones de detrimento para el Distrito que acaban de ser cuantificados) es la punta del iceberg. Lo proyectado fue un sistema integral con varias vías y sistemas alimentadores, lo que en conjunto reemplazaría nuestro sistema de buses particulares; el complemento es que se suponía que estos se chatarrizarían y se acabaría el cuasimonopolio del transporte.

Es la hora en que tenemos pendientes la mayoría de las otras líneas que se preveía construir en menos de cinco años; que no han salido de circulación ni la mitad de los buses esperados; que apenas comenzamos a integrar los SITP y ya está en crisis ese proceso. En fin, nada de lo planeado se concretó ni en los pocos años previstos ni casi 20 años después. Es el fracaso más grande de un proyecto, es de lejos la principal causa de que hoy no tengamos resuelto el tema de la movilidad, y, por simple deducción, la peor decisión de la historia de la ciudad.

Siempre la respuesta a cualquier intento de profundizar en el análisis es sostener que si no fuera por eso no tendríamos nada y estaríamos peor; que ‘algo es algo, peor es nada’; que por lo menos se le ha solucionado el problema a una parte de la población; etc. Pero decisiones como esta no pueden ser justificadas con argumentos como estos. Y menos si es para minimizar el riesgo de que vuelva a salir elegido quien nos embarcó en semejante error.
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