Opinión

  • | 2015/04/19 13:00

    La arrogancia de los economistas

    Si los economistas fueran algo más modestos comprenderían que los éxitos –ciertos o no– en la materia que manejan, no están representando soluciones para los problemas del ciudadano.

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Es el tema que trata Moisés Naím en sus comentarios sobre lo lejos que están los economistas de empatarse con la realidad (Una fraudulenta superioridad, El Tiempo 29, 03, 2015).

Señala que estadísticamente los escritos en las revistas de economía apenas aparecen menciones, y marginales, a temas o escritores de otras ciencias (menos de 1%). Su enfoque es que no solo se aíslan (es la única disciplina en que sus miembros no consideran que el enfoque interdisciplinario es mejor que la toma de decisiones basada en una única ciencia) sino asumen que su materia es más exacta y más importante que las demás. Esto a pesar de que “tan solo 9% de los entrevistados (alumnos de doctorado) opina que hay consenso respecto a cómo responde a las preguntas básicas de la ciencia económica”.

Coincide en esto con el otro economista de más divulgación en la actualidad –Pikkety– quien hace referencia a la forma como se ven y son vistos estos profesionales en los Estados Unidos cuando dice: “Con mucha frecuencia, los economistas se preocupan ante todo por pequeños problemas matemáticos que solo les interesan a ellos, lo que les permite darse, sin mucha dificultad, apariencias de cientificidad y les evita tener que contestar las preguntas mucho más complicadas que les hace la gente que los rodea”.

Lo cierto es que como ellos, los más reconocidos economistas no son ya ‘economistas puros’ y sus planteamientos no giran alrededor de curvas y ecuaciones sino toman en cuenta el efecto de la economía en la sociedad (caso Amartya Sen, Stiglitz o Krugman); pero igualmente quienes sí manejan o inciden en el manejo de los países –especialmente en el nuestro– siguen siendo de la escuela y de la idea que la economía es una ciencia más importante que las otras, y mantienen su círculo cerrado de egresados o pasados por las grandes universidades americanas, de promotores y partícipes de las políticas determinadas por los órganos internacionales (Fondo Monetario, Banco Mundial, Ocde, etc.), y de devotos del neoliberalismo como última expresión de la soberanía del Mercado como ordenador máximo de las relaciones sociales.

También constató en su momento el presidente López Michelsen que la evolución de las sociedades había llevado a que la estructura de poder del Estado hubiera sido basada sucesivamente en lo militar, después en las religiones, luego en el Derecho, y cómo en los tiempos modernos eran la economía y los economistas los que dirigían y manejaban el destino de las poblaciones (cuando planteó esto no tenían tanto poder los medios de comunicación y los periodistas).

Lo que vino a conocerse como ciencia económica tuvo su origen en el estudio de las ciencias sociales como parte de ellas: la constatación de que las relaciones sociales dependían en buena parte de los fenómenos económicos creó lo que se llamó la Economía Política, que era simplemente el análisis de cómo se podría comprender mejor el funcionamiento de las relaciones económicas, pero para entender mejor la sociedad.

El desarrollo de esa Economía Política llevó a plantear inquietudes como las tesis de Marx que se convirtieron en propuestas no solo ‘subversivas’, sino en el campo de la academia o de la teoría sumamente controversiales. La respuesta a esto fue aislar el tema de las ciencias sociales y volverla la ‘economía pura’, como ciencia aséptica, no contaminada con problemas diferentes de cómo funcionan los mercados. Eso lo expresó con claridad Joan Robinson, señalando que tratar de poner en fórmulas matemáticas por qué vale más un huevo que una taza de té, da para entretener a la humanidad y a los economistas hasta la eternidad.

Pero resulta que el mercado y los indicadores macroeconómicos no incluyen la problemática del medio ambiente, o de la injusticia social, o del origen de las guerras, o de los conflictos armados internos. Por eso los gurús nuestros pueden hablar de lo bien que está el país.

Lo interesante del planteamiento de Naím es que la conclusión sería que el fracaso de los modelos implantados está relacionado no solo con el modelo o las teorías que defienden, sino con la actitud que asumen sus voceros. Si los economistas fueran algo más modestos comprenderían que los éxitos –ciertos o no– en la materia que manejan, no están representando soluciones para los problemas del ciudadano. No estarían tan satisfechos ni reivindicarían tanto los resultados, si oyeran con más atención las opiniones de la población.

Entenderían que aquello de ‘el país va mal pero la economía va bien’ no solo es un contrasentido sino una agresión contra quien no ve en la gestión oficial –o en sus comentaristas– interés por las dificultades que viven, y quien solo percibe que se autosatisfacen con las mediciones que produce su ciencia.
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