Opinión

  • | 2015/10/15 19:00

    Asocaña equivocada

    A Asocaña le llegó el momento de entender que Colombia cuenta con una opinión pública cada vez más culta e inteligente, y que ya pasó el tiempo en el que era posible comulgar a la gente con ruedas de molino.

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En una columna reciente titulada “Superintendencia equivocada” (El Universal, 10/10/15), el analista económico Mauricio Cabrera acusó a la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC) de tomar partido a favor de uno de los dos bandos (productores por un lado y grandes compradores por el otro) que se enfrentan en una “pelea privada entre ricos” sobre el precio interno del azúcar en Colombia. En concreto, Cabrera sostiene que las multas que impuso la SIC a los ingenios y a los dirigentes del gremio azucarero por impedir la importación de azúcar constituyen simplemente otro capítulo de la bronca entre los grandes compradores (Coca-Cola, Nestlé, Bimbo, Nutresa, Bavaria, etc.) y los productores de azúcar, y que para “las señoras que hacen mercado” es indiferente si el cartel de los productores les gana o no el pulso a los grandes compradores, porque el eventual beneficio del menor precio nunca les llegará a los consumidores, ya que si los grandes compradores consiguen azúcar a un precio inferior al interno para hacer sus productos, simplemente aumentarán los márgenes que obtienen al vender los alimentos que fabrican. 

Hay que reconocerle a Cabrera que, en materia de competencia, algo más que el precio del azúcar está podrido en Cundinamarca, y también que sería impresentable que los grandes compradores de azúcar logren incrementar el poder oligopólico que ya tienen sobre el mercado de alimentos colombiano gracias a los esfuerzos de la SIC para terminar el cartel de los ingenios. Pero se equivoca el columnista cuando sostiene que la SIC no tiene velas en el entierro del cartel de productores; lo que en verdad se desprende de la posibilidad que, según Cabrera, tienen los grandes compradores de aumentar sus propios márgenes a costa de las ganancias que antes disfrutaba el cartel, es que la SIC también tiene que poner velas en el entierro de las prácticas anticompetitivas de estas empresas, porque les sería imposible apropiarse de la antigua renta oligopólica si existiese suficiente competencia en los mercados que atienden. 

Y todo hace prever que algunas de estas velas serán encendidas pronto, porque la tarea natural que sigue ahora para la SIC consiste en esclarecer las razones por las cuales hay tan pocos productores medianos y pequeños de alimentos y bebidas dulces en nuestro país, y en explicar por qué contamos con tan escasa variedad de productos de esa clase. Muchas tragedias mercantiles le podrán narrar a la SIC los numerosos empresarios pequeños y medianos que fracasaron tras encontrar en el mercado colombiano la pesada mano de los grandes productores de alimentos, pero probablemente estas situaciones serán menos comunes ahora que la SIC demostró que en nuestro país ya no hay empresas intocables. 

Para concluir, hay que destacar que el presidente Santos ha mantenido al superintendente Robledo en su puesto contra huracanes y tsunamis, con lo que el Gobierno está dando al sector privado un ejemplo de compromiso con la protección a los consumidores, pero en cambio, Asocaña no ha entendido la coyuntura y se ha negado a aceptar su responsabilidad y a ofrecer colaboración a la SIC, y se empeña en tratar de tapar el cadáver de su monstruoso cartel con un montón de palabras huecas, sin darse cuenta de que ese cadáver siempre se levantará de la tumba, porque basta con leer desprevenidamente el texto de la resolución de multa para constatar la gravedad de las acciones de los industriales y los líderes del sector azucarero, quienes se dedicaron de manera muy activa y por muchos años a conspirar conjuntamente para violar las normas nacionales sobre la competencia, a pesar de que siempre han sido los empresarios consentidos del Estado colombiano que los rodeó de toda clase de privilegios y ventajas. A Asocaña le llegó el momento de entender que Colombia cuenta con una opinión pública cada vez más culta e inteligente, y que ya pasó el tiempo en el que era posible comulgar a la gente con ruedas de molino.
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