Opinión

  • | 2015/11/11 19:00

    Fighting CAFO in Colombia

    El ruido producido por la reciente noticia de la supuesta relación entre la carne y el cáncer ha servido como telón de fondo para nuevos ataques contra la ganadería criolla.

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La carne da para todo. Por ejemplo, la mayoría de los estados de la India –donde la religión predominante sostiene que la vaca es sagrada y que es pecado comerla– han puesto leyes que prohíben el sacrificio de reses, e incluso hay grupos de justicia privada para “cuidar la vaca” que han linchado personas por sospechar que tenían carne escondida en casa o que la habían comido. ¿Qué hay detrás de este celo fundamentalista? Los disidentes murmuran que el verdadero propósito de las normas que prohíben el sacrificio de bovinos en la India es hostilizar a las minorías débiles y desposeídas –los musulmanes y los intocables– cuyas religiones sí les permiten comer carne de bovino, para atraer así el respaldo y los votos de las mayorías.

Como en todas partes se cuecen habas, también en Colombia –tan lejana como está de la India– hay gente entrometida y manipuladora que quiere decidir lo que pueden o no comer los demás, buscando además obtener provecho de los conflictos que surgen cuando esta clase de ideas cogen vuelo. Pero esta jugada es obviamente más fácil hacerla en la India que aquí, porque allá la antigua tradición religiosa de la vaca/madre/Kamadhenu pavimentó hace muchos años la vía que hoy aprovechan los políticos nacionalistas para tachar de pecadores a quienes comen carne, mientras que nosotros siempre hemos comido de todo menos perro.

Sin embargo, para tratar de darle respiración artificial al arcaico truco de fabricar una bandera social pro-campesina atacando a los ganaderos, a falta de Kamadhenu algunos activistas colombianos han recurrido a la especiosa estrategia de achacar los males que causa al planeta la industria cárnica americana a los productores criollos de carne, con el fin de tratar de hacer sentir culpables a quienes consumen la carne que se produce aquí por el gasto de agua y de recursos que ocasiona esa industria allá. 

En efecto, las muy ácidas críticas que hacen los ambientalistas a la industria cárnica de los Estados Unidos, donde la mayor parte de la carne se produce industrialmente mediante un sistema llamado CONCENTRATED ANIMAL FEEDING OPERATION (CAFO) que funciona engordando a los animales en enormes feedlots con maíz, soya y trigo proveniente de cultivos subsidiados, regados artificialmente y fertilizados con excesivo nitrógeno, a menudo aparecen fotocopiadas –casi sin editar– en los ataques que hacen comentaristas locales contra nuestra propia ganadería, a pesar de que aquí casi toda la carne bovina proviene de reses que crecen en praderas que pocas veces se riegan o se fertilizan, donde comen únicamente pasto, de lo que se sigue que ni consumen comida humana, ni usan el agua que otros necesitan, ni contaminan los acuíferos. 

Además, en Colombia –que es un país que posee enormes sumideros naturales y en todo caso tiene bajísima producción de gases efecto invernadero per cápita– la carne se produce con pastos o con cultivos silvo-pastoriles que reducen el efecto invernadero por el secuestro del carbono que acompaña el crecimiento de la biomasa. 

Y por último, 80% de los 500.000 predios ganaderos que hay en Colombia tienen menos de 50 reses, lo que demuestra que muchos de nuestros ganaderos son campesinos pobres que usan estratégicamente la ganadería para ahorrar dinero, para obtener proteína (leche y carne) y para diversificar el riesgo de los cultivos y protegerse de las malas cosechas, tal como lo hace el 70% de los pobres rurales en todo el mundo, que dependen, en todo o en parte, de la ganadería para comer.

El ruido producido por la reciente noticia de la supuesta relación entre la carne y el cáncer ha servido como telón de fondo para nuevos ataques contra la ganadería criolla, todos los cuales están montados sobre argumentos totalmente gringos pero puestos al revés, porque el libreto americano que se usa para cuestionar la ganadería acá simplemente refleja la pelea que libran los activistas en los Estados Unidos contra lo que allá llaman Big Ag (la gran industria agropecuaria) buscando salvar las explotaciones ganaderas sostenibles, eco-amigables, de tamaño mediano e integradas a la comunidad, como son precisamente la mayor parte de las fincas ganaderas que hay en Colombia. No hay que olvidar que –incluso para la ganadería– el sur también existe.
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