Opinión

  • | 2015/11/11 19:00

    No nos digamos mentiras sobre el salario mínimo

    Los trabajadores de salario mínimo han perdido una quinta parte de su participación en el PIB.

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Ya están empezando las discusiones sobre el salario mínimo que regirá en 2016. Como siempre, algunos de los economistas más prestigiosos del país dirán que el salario mínimo es una “distorsión” que interfiere en el buen funcionamiento del mercado laboral, por culpa del cual la informalidad es tan elevada. Aunque aceptarán que es insensato reducir –y mucho menos eliminar el salario mínimo, como sería su deseo–, utilizarán toda su lógica económica para argumentar que debe subirse lo menos posible. 

Las autoridades económicas del Gobierno y el Banco de la República se unirán a esta corriente, diciendo que es preciso controlar la inflación, y que como las épocas de bonanza internacional ya quedaron atrás, habrá que ser muy moderado con el ajuste del salario mínimo. Y detrás vendrán los representantes de los gremios económicos, diciendo que la ansiada recuperación de las exportaciones, la industria manufacturera y el empleo no será posible si siguen subiendo los costos laborales. Ya Anif propuso que el salario mínimo tenga un ajuste de 6% y se fije en $683.000. 

Del otro lado del debate estarán las organizaciones laborales y algunos políticos que nos recordarán que el costo de la vida ha aumentado más de 5% en el último año, y que tras la devaluación de cerca de 50% en los últimos doce meses, cualquier empresa manufacturera bien manejada debería estar en capacidad de competir sin tener que estrangular a sus trabajadores.

Un poco de contexto internacional puede ayudar en este debate. Primero que todo, el salario mínimo en Colombia –actualmente unos US$220– no es ni alto ni bajo para los estándares de América Latina. Argentina, Brasil, Costa Rica y Panamá tienen salarios mucho más altos. Tampoco es elevado en relación al PIB per cápita: más o menos 45% (en términos anuales), lo que no dista de la norma entre los países latinoamericanos de ingreso medio, con la notable excepción de México, donde apenas llega a 16%.

Se suele decir que el salario mínimo rige solo en el sector formal, no en el informal, y que en la medida en que se aumente, más gente se volverá informal y mayor será la brecha salarial entre uno y otro. Eso es lo que se enseña en cualquier curso básico de economía laboral, pero la realidad es muy distinta. El salario mínimo sirve como pauta de contratación en todos los sectores, sean formales o informales. Cuando sube el salario mínimo suben los salarios promedio de todos los grupos de trabajadores formales e informales de bajos ingresos. De esta manera, el salario mínimo ayuda a mejorar la distribución del ingreso salarial, como lo muestra la investigación rigurosa publicada sobre el tema.

Es cierto que cuando sube el salario mínimo en términos reales hay una pequeña pérdida de empleo formal, que en parte queda compensada con el mayor empleo informal (a salarios no muy distintos). 

Sin embargo, reducir fuertemente o eliminar el salario mínimo no ayudaría a resolver el problema de la informalidad. Posiblemente al contrario, pues cuando el salario mínimo se vuelve irrelevante por lo bajo (como en México), la negociación individual de salarios se hace más incierta y difícil, lo que aumenta la inestabilidad laboral y la informalidad. Salarios más bajos, inciertos y dispersos son dañinos para la productividad, porque atentan contra la percepción de equidad y trato justo que necesitan los trabajadores para sentirse comprometidos con sus empresas. Por razones semejantes es insensato subir bruscamente el salario mínimo, como lo hizo Honduras, con un ajuste de 60% en 2008, con nefastas consecuencias. En contraste, en Brasil se subió el salario mínimo 15% en 2005 y 17% en 2006, lo que ayudó a reducir la pobreza y la desigualdad, sin perjudicar la productividad ni el crecimiento (como sí vino a hacerlo la corrupción y el mal gobierno).

Cierto, el poder de compra del salario mínimo en Colombia ha subido 23% desde 2000, pero resulta que el PIB per cápita ha aumentado 54%. En lo que va de este siglo, los trabajadores de bajos ingresos han perdido una quinta parte de su (reducida) participación en el ingreso. Con razón es cada vez mayor la concentración del ingreso y somos uno de los países más desiguales del mundo. 

No nos digamos mentiras: discutamos el salario mínimo con seriedad y con sentido de solidaridad.
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