Opinión

  • | 2016/01/21 00:00

    Buena Onda

    Dos grupos de cifras sugieren que en la pelea contra tanto lío que nos llega hay que defender algunas tendencias positivas e importantes.

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Sin duda resulta casi elemental escribir en tono gris la primera columna de un año que se anuncia inmensamente difícil. Ya habrá tiempo para informar las angustias que, creo firmemente, habrán de permear la mayor parte de los debates económicos de este bisiesto que, seguramente, nos terminará sabiendo a cacho. Más difícil, pero inmensamente más grato, resulta pensar en las tendencias positivas que viene experimentando nuestro país y cuya defensa debería ser parte importante de todos los propósitos.

La primera tendencia que vale la pena subrayar con énfasis es el ascenso sistemático en los flujos de ingreso de los hogares colombianos. Miremos las cifras. Usando la encuesta de hogares y las conversiones a precios de paridad internacional elaborados por el Banco Mundial, uno puede concluir que las cosas, lejos de perfectas, han mejorado de manera importante en los últimos años. Veamos.

Si uno utiliza el criterio de US$2 de paridad al día –algo más de $430.000 mensuales en un hogar de cuatro personas– como la línea divisoria entre la población pobre y la población que no es pobre, llega a la conclusión de que entre el año 2000 y el año 2013 (último disponible) la proporción de hogares en condiciones de pobreza bajó de 16,4% a 6,7%.

Si uno, de otra parte, llama persona de ingresos bajos a aquellos que, sin ser pobres, reciben hasta US$10 de paridad al día –algo más de $2,1 millones por mes en un hogar de 4 personas– observa que esta cifra también se reduce de manera importante entre 2000 y 2013: de 57,9% a 50,8% de la población total.

Y si, así sucesivamente, considera como hogar de ingresos medios bajos a todos aquellos conformados por cuatro personas, cuyo ingreso llega hasta $4,3 millones mensuales, resulta que esta población crece de manera significativa entre 2000 y 2013: de 15,9% a 24,6% de la población total.

Lo mismo sucede con la población de ingresos medios y altos (más de US$20 de paridad al día por persona, o sea, más de $4,3 millones por mes), cuya participación pasa de 9,8% a 18% del total.

En gran síntesis, en los últimos tres lustros los colombianos hemos experimentado un proceso social que podríamos tipificar como el ascenso, gradual y sistemático, de una clase media urbana y deliberante que ha dejado y seguirá dejando huellas constructivas e importantes en nuestra realidad política, en nuestra cultura y en nuestras instituciones.

Una segunda tendencia que vale la pena subrayar ha sido resaltada por el Gobierno, con toda la razón. Se trata del avance importante que ha tenido la formalización de nuestro deteriorado mercado laboral. Veamos las cifras. Nuevamente, usando la encuesta de hogares y mirando los promedios trimestrales observados en cada mes de noviembre, resulta que entre 2001 y 2011 la economía aumentó en 4,7 millones el número de personas ocupadas. De estos 4,7 millones, 3,1 millones (66%) se podrían clasificar como informales (cuenta propia, trabajo sin remuneración etc.). En marcado contraste, entre 2012 y 2015 el número de personas ocupadas sube en 1,59 millones, de los cuales el 73% son ocupaciones formales.

Miradas en conjunto, estas cifras dan cuenta de una fuerza económica que todos los colombianos debemos valorar y proteger, al mismo tiempo que debemos cuestionar severamente todas las políticas económicas que las amenacen, algunas de ellas infortunadamente en el actual tintero.

Primero, mucho cuidado con todos aquellos impuestos que, amparados en la premisa troglodita de que las empresas son ricas y las personas son pobres, sigan castigando en los límites absurdos en que se hace actualmente, la iniciativa privada de pequeña, mediana y gran escala. Segundo, mucho cuidado con todos aquellos impuestos a la nómina que castigan el trabajo formal y terminan premiando la informalidad y su inefable correlato, la baja productividad. Tercero: ojo con el gasto público que, de cara a la nueva realidad de los ingresos fiscales, está desbordado, va en contravía de la estabilidad financiera y constituye un factor de incertidumbre que hace difícil planear la actividad empresarial.

Si queremos que el progreso social que hemos documentado acá siga formando parte de nuestra realidad, vamos a tener que elevar la vara del debate económico, quitarnos los guantes del boxeo ideológico y cuestionar a fondo tantos lugares comunes que, en años difíciles, suelen terminar en el ejecútese y cúmplase del atraso crónico.

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