Opinión

  • | 2016/03/17 00:00

    De vigencia y pato

    La importancia de las Vigencias Futuras en la realidad fiscal colombiana es mucho más alta que su importancia en el debate fiscal colombiano. Conviene empezar a equilibrar.

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Uno de los desarrollos fiscales más importantes hoy es la expansión que ha tenido una figura llamada “vigencia futura”, cuya naturaleza recuerda el cuento del pato. Tras escuchar pacientemente una enjundiosa disquisición filosófica sobre la apropiada designación de una variante desconocida del ave de marras, ponencia tan generosa en verborrea como estéril en utilidad, un zoólogo concluye que la mejor regla se deriva de un principio elemental: si el bicho camina como un pato, grazna como un pato y traga como un pato, pues se trata de un pato.

Las vigencias futuras son compromisos que adquiere el gobierno para desembolsar –a favor de quien las posea– unos dineros en unas fechas determinadas. En ese sentido se parecen mucho a un TES, que son, también, el compromiso de cancelar unos dineros en unas fechas determinadas. Esta unidad conceptual entre lo que es una vigencia futura y lo que es un TES es, desde luego, el sustantivo de cualquier párrafo que las discuta.

El problema son los adjetivos. Las dos obligaciones financieras, idénticas hijas de los mismos padres, fueron separadas desde el nacimiento por razones dignas de una novela de aventuras y ahora llevan vidas que en poco se parecen. Los TES son la hija presentable en sociedad. Habla varios idiomas, pues se transa de manera transparente en mercados importantes y, en parte nada despreciable, lo hace en moneda fuerte. Es una hija apadrinada por el Congreso de la República, que conoce bien sus ires y venires y puede aprobar o negar solicitudes de emisiones nuevas cada año al estudiar el presupuesto nacional. Los TES son contrapartida clara del déficit fiscal y uno puede entender el saldo vigente como una función directa de la suma acumulada de estos flujos. Las emisiones de TES, sus saldos vigentes, sus precios de mercado minuto a minuto y todas las arandelas subsecuentes son absolutamente transparentes para el que las quiera conocer.

Si el saldo de los TES de un año a otro pasa de $100 a $150, por decir algo, uno sabe que el déficit fiscal fue $50. Si, en el mismo lapso, las VIFU –para ponerles su sigla maluca– pasan de $200 a $300 el déficit contabilizado sigue siendo $50, sin importar el hecho de que el Estado adquirió una obligación muy superior a $50 y sin importar el hecho de que si hubiera optado por emitir un TES en lugar de la VIFU con exactamente los mismos fines, el déficit contabilizado no sería $50 sino $150.

Las VIFU son una hija de la que nadie habla por una sencilla razón. Cuando un país se fija una meta de déficit fiscal, podría ver comprometidos ambiciosos planes de inversión. La emisión de una VIFU es, idealmente, la contrapartida de una inversión tan rentable que, dentro del largo plazo que la define, logra generar los recursos nuevos necesarios para honrar la obligación estatal. Como en toda inversión, puede que sí, pero puede que no y la prueba definitiva se verá en la realidad del entonces y no en el excel del ahora.

Todo lo anterior sería bastante irrelevante si las cifras y las tendencias no fueran tan sustanciales. Si uno se limita a analizar la información que sobre el tema incluye, anualmente, el Marco Fiscal de Mediano Plazo, concluye que el palo no está para cucharas. Mientras que en abril 30 de 2014 el saldo vigente de las VIFU ascendía a algo más de $62 billones, en abril 30 de 2015 llegan a $89,7 billones, subiendo la bobadita de $27,7 billones. Para ponerlo en otros términos, si le diéramos el mismo tratamiento contable a las VIFU que a la demás deuda pública bruta, el saldo total que estaríamos observando no es del 43% del PIB sino del 54% del PIB y el déficit de 2015 no habría sido 3% del PIB, sino algo más de 6,4% del PIB.

El argumento de que eso no importa porque estos recursos se están invirtiendo de manera rentable y, por ende, son deudas que se pagan solas es, desde luego, un argumento razonable y debe ser parte de cualquier debate fiscal serio. Lo que no es razonable es la ausencia de una discusión serena y de fondo acerca de un hecho: por su tamaño y por su tendencia, las VIFU cambian de manera importante las premisas que sustentan diversas convicciones y hasta una que otra complacencia.

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