Opinión

  • | 2016/04/14 00:00

    Equilibrio Múltiple

    La economía ni está al borde de un abismo, ni está libre de amenazas serias. Podemos terminar bien o mal dependiendo de la política pública. Urge su diseño y discusión.

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En una estupenda columna reciente, Carlos Caballero pone varios puntos sobre las íes del pesimismo excesivo del cual él mismo confiesa haber adolecido. Recuerda que en las últimas semanas Colombia logró colocar bonos externos por una cuantía notable (1.350 millones de euros), y vio bajar tanto las primas de riesgo aplicables a sus emisiones internacionales como las tasas de interés aplicables localmente.

Esta realidad respalda la idea de que el país no está, ni mucho menos, en las vísperas irreversibles de algún abismo insondable. Es razonable pensar que la tasa de crecimiento supere el 2% anual, que la inflación no supere el 6% al terminar el año en curso, que el déficit fiscal convencionalmente definido llegue al anhelado 3,6% del PIB y que la cuenta corriente de la balanza de pagos haya tocado fondo y siga mostrando un proceso de ajuste ordenado.

A favor del ojalá implícito en esta predicción, hay argumentos que no se pueden considerar descabellados. Los mercados de commodities, para empezar, lucen mejor de lo que anticipaban los vaticinios promedio hace apenas unos meses. Sin haber salido del bosque, ni mucho menos, los mercados financieros han ido despejando en algo las brumas más espesas que los cobijaban, de la mano de una mayor tranquilidad en el Norte, una reducción –parcial– del pánico en Oriente y el tímido inicio de un giro político esperanzador en la región.

Todo lo anterior, por supuesto, juega a favor de que en los meses que vienen podríamos observar un proceso de ajuste ordenado, lo que podríamos llamar el equilibrio “bueno”. Lo importante en esta coyuntura, empero, es reconocer que no se trata de una certeza, sino apenas de una posibilidad entre otras poco halagüeñas y provistas con igual grado de razonabilidad. Lo que podríamos denominar –en línea con lo anterior– los equilibrios “malos”.

La amplia literatura económica sobre esta noción de equilibrio múltiple sugiere que la trayectoria que, al final del día, termina por seguir una economía, depende en gran medida de la credibilidad que logren generar, entre la ciudadanía y en los mercados financieros, las autoridades que toman las decisiones relevantes. La ocurrencia del equilibrio bueno que sugiere Caballero va a depender, en otras palabras, de la calidad, suficiencia y sostenibilidad del programa de ajuste que, finalmente, diseñe, presente y empiece a implementar el Gobierno.

De otra parte, los mercados no exigen, creo yo, ajustes drásticos con efecto inmediato. Los mercados piden una estrategia fiscal bien concebida, políticamente implementable y financieramente sostenible. Infortunadamente, en Colombia esta estrategia no existe con la claridad requerida, ni conceptualmente ni en materia de iniciativas legislativas, cosa que día tras día aumenta la probabilidad de un bajonazo en credibilidad, un ajuste de expectativas y la transición hacia un equilibrio malo.

Es cierto que hasta el momento los mercados financieros han estado relativamente tranquilos, demostrando una paciencia que habla bien del país y su tradicional seriedad para encarar problemas. Pero el palo tampoco está para cucharas. A nivel global se sigue respirando por la vía del estímulo artificial proveniente de todo un revolcón en la manera de concebir y ejecutar la política monetaria. A las diversas sombras que cobijan las perspectivas en países del Norte, se suma, cada día con más énfasis, la desaceleración china y la compleja situación que en consecuencia exhibe su gigantesco sistema financiero. Regionalmente, Brasil continuará sufriendo la mezcla de complejidades y en el plano interno, ya los consumidores llevan meses tocando campanas de alerta.

Para que Caballero termine teniendo la razón y los pesimistas que reiteran estos y otros desafíos resulten equivocados, conviene que el Gobierno ponga de su parte, empezando por la radicación pronta de una propuesta tributaria seria y ambiciosa, seguida de un plan de ajuste del gasto a largo plazo. Cada día que pasa se le resta una minucia probabilística a la eventualidad deseable del equilibrio bueno y, como todos sabemos, la suma de muchas minucias se puede convertir en un problema tan grande como innecesario.

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