Opinión

  • | 2014/05/04 17:00

    Los sueños del faraón

    Atención. No se deje confundir por el título. Esta columna no se refiere a la muerte de García Márquez sino a la sequía en el Casanare.

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Dijo José al faraón: “He aquí que vienen siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto, pero después de ellos vendrán siete años de hambre… Haga esto el faraón: ponga funcionarios a cargo del país que recauden la quinta parte del producto de la tierra de Egipto durante los siete años de abundancia… Sean guardados los alimentos como reserva para el país, durante los siete años de hambre que vendrán sobre la tierra de Egipto. Así el país no será arruinado por el hambre”.

Se calcula que el Génesis se escribió unos 600 años antes del nacimiento de Cristo. En él aparece uno de los primeros testimonios humanos de un fenómeno que ha existido en el mundo desde siempre: el cambio climático.

Desde el descubrimiento de la agricultura, el ser humano viene intentando adaptarse al cambio climático. Pero si José viviese hoy, fuese colombiano y le hubiese dicho al faraón que mandara a hacer un embalse para guardar las aguas del río Casanare con el fin de usarlas en tiempos de escasez –en otras palabras, si le hubiese aconsejado al faraón que construyera infraestructura para adaptar nuestro país al cambio climático– habría tenido que enfrentar la oposición de los iluminados, y probablemente habría sido derrotado por ellos.

¿Quiénes son los iluminados? Este término lo inventó John Briscoe, un profesor de Harvard que ganó este año el prestigioso premio de agua de Estocolmo (conocido informalmente como el premio Nobel del agua) para referirse a ciertos californianos que disfrutan de los 9.000 m3 de reserva de agua disponibles para cada habitante en ese estado, pero se oponen a que en Pakistán, donde hay 30 m3 de reservas por habitante, se construyan más embalses. Los iluminados son, en palabras de Briscoe, personas que le dicen a los demás (generalmente a los nacionales de los países subdesarrollados) que vivan como ellos no viven ni podrían vivir, y que les exigen que no hagan lo que ellos sí hicieron para enriquecerse.

La forma como nuestros iluminados abordaron el reciente debate sobre la sequía en el Casanare, y en general los planteamientos que hacen los iluminados nacionales y extranjeros sobre el problema ambiental colombiano, deja ver lo cerca que están ellos del discurso vacío y lo lejos que estamos todos de las soluciones reales.

Según las muchísimas notas publicadas en la prensa sobre la sequía en el Casanare, las lluvias no aparecieron cuando se las esperaba por culpa de la ganadería extensiva y de la exploración petrolera. Así mismo, según el reciente informe de la OCDE sobre Colombia, nuestro actual modelo de crecimiento económico no es sostenible en lo ambiental –entre otras razones– por la supuesta contribución que hace nuestra agricultura y nuestra ganadería a las emisiones de gas con efecto invernadero.

Pero difícilmente puede atribuirse la fuerte sequía de 2013 en el Casanare a la ganadería, porque hay ganadería en esa zona desde hace como 400 años, y durante esos 400 años se ha visto allá el mismo ciclo de inundaciones, climas moderados y sequías. Como tampoco puede atribuirse esta sequía a la exploración petrolera, porque desde hace rato vienen haciendo exploración petrolera con los mismos métodos en el Casanare, donde descubrieron Cusiana (1989) y Cupiagua (1993), sin que hasta ahora haya cambiado el patrón de inundaciones y sequías en la zona.

Igualmente –pasando al informe de la OCDE– no deja de producir una cierta sonrisa que precisamente la organización que agrupa a los países más desarrollados, donde pagan sus impuestos las grandes multinacionales de la energía mundial y funcionan las grandes industrias que desde el siglo XIX vienen arrojando a la atmósfera gas efecto invernadero, exija que Colombia desmonte su ganadería y ataque tributariamente su agricultura para disminuir el calentamiento global en el mundo.

El calentamiento global es un hecho que agrava los ya serios problemas ambientales y sociales que padece nuestro país. Para enfrentar estos problemas los colombianos necesitamos políticas públicas serias y no retórica facilista. Da grima que los ambientalistas y los mamertos hayan aprovechado la ocasión de la reciente sequía en el Casanare para atacar, con evidente intención política y populista, a los ganaderos y a los petroleros que laboran en la zona, pero que nadie pregunte por qué, en una tierra donde a las sequías les siguen periódicamente inundaciones, aún no se han construido –con los abundantes recursos de las regalías petroleras que recibe ese departamento– los embalses y las demás obras de ingeniería que permitan controlar las inundaciones y guardar agua para cuando haga falta.

De acuerdo con Mr. Briscoe, quien recibió el “Nobel del agua” por sus propuestas creativas sobre cómo distribuir mejor el recurso hídrico entre sus distintos usuarios, estas soluciones no se pueden construir atacando a nadie sino hablando con todos y teniendo en cuenta los intereses de todos. De igual forma deberíamos abordar los demás problemas ambientales; unidos y sin dogmatismos.

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