Opinión

  • | 2015/03/19 06:00

    Elitología

    ¿Las presuntas coimas en la Corte Constitucional implican la decadencia de las élites colombianas?

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Entre las reacciones interesantes que generó el escándalo de presuntas coimas en la Corte Constitucional, y del toma y dame circense que le siguió y le sigue, está la de la Dra. Cecilia López en una columna reciente, en la cual la autora plantea que el episodio aporta nueva evidencia a lo que podríamos llamar la decadencia de nuestras élites económicas. Contra este telón de fondo, López presenta tres tesis ordenadoras: las élites andan mal en Colombia porque fueron y en ocasiones siguen siendo muy permisivas con los criminales, porque le tienen un amor desmedido al dinero fácil –otra herencia del narco– y porque han construido un gueto educativo excluyente y pedantón donde se malforma la cumbre social colombiana.

Las tres hipótesis tienen su grado de razonabilidad. Todos hemos visto cómo en Colombia se han cuajado tolerancias inaceptables en otras latitudes, cómo se fanfarronean las lentejuelas altisonantes del billete largo y hasta dónde le llega la ceguera prepotente al niño de papi. Lo malo es que ninguna de ellas tiene una clara contrapartida empírica que permita un análisis cuidadoso de causas y de efectos, una reflexión comparativa con la historia o con el resto del mundo ni una discusión serena de las alternativas disponibles en materia de política pública.

Para empezar, lo cierto es que en todas partes se cuecen las habas de ciertos miembros de la élite que terminan enredados en dudosos procederes, que todo barril carga el yugo de sus cuantas manzanas podridas y que en ninguna parte ni en momento alguno hay imbécil más grande que el imbécil con abolengo.

A la discusión sobre la presunta decadencia ética de nuestras élites, le conviene separar dos temas diferentes, creo yo. El primero, la indiscutible presencia de personas privilegiadas, elegantes, viajadas y educadísimas en empresas delictivas de gran calado. El segundo, la enorme y espesa sombra que la rama judicial colombiana se ha autoinfligido a través de la reiteración de acciones y de omisiones a lo largo de muchos años. Lo primero es tan repugnante como usual en el mundo entero y no hay espacio en columna alguna para el recorderis más escueto de los miles de millones que en la historia universal se ha robado gente divinamente.

Lo segundo, el asunto de la justicia, sí es nuestro modesto aporte a la historia universal de la infamia. Ya llegarán las tesis doctorales que reconstruyan con rigor y con paciencia las rutas que trasegó la institucionalidad judicial colombiana hasta dar en este lodazal. Mientras tanto, cabe proponer algunas hipótesis. La primera es que muchos togados se salieron de madre porque lograron construir una barrera que los aisló, en la práctica, de la veeduría ciudadana en general. Este problema de información asimétrica está cimentado en el respeto inicial, casi instintivo, que les tenemos a la justicia y a los jueces, veneración que fácilmente enceguece al más avisado. En los incentivos políticos que alentaron la selección adversa de magistrados al menos desde 1991. En la sustitución de la justicia ordinaria por las diversas encarnaciones de la justicia express, empezando por la cancerización y posterior metástasis de la tutela. En la falta de carácter para afrontar una reforma de los pies del día a día del ciudadano común a la cabeza de los togados.

La segunda hipótesis es que los miembros de la cúpula judicial colombiana actual son una élite extremadamente frágil que poco tiene que ver con las élites más arraigadas. Es frágil porque carece de sostenibilidad financiera, más allá del presupuesto nacional que está sujeto a la discusión democrática cada año. Si esta élite emergente pierde su credibilidad en la sociedad, corre el riesgo de perder también sus aliados políticos y desaparecer por sustracción de materia. Eso la convierte en una élite con afán de toda índole, incluyendo el afán mediático, el afán politiquero y, desde luego, el afán monetario.

Una de las élites más interesantes para estudiar en la Colombia actual es la élite judicial y creo que el camino que la trajo a su actual encrucijada está lleno de temas tan dolorosos para un país apaleado como el nuestro, como fascinantes en lo académico.
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