Opinión

  • | 2015/08/19 19:00

    Un poquito de sal

    Antes de comerlos, hay que poner un granito de sal a los datos del Censo Nacional Agropecuario porque su divulgación coincide con el envión final del Gobierno para sellar el proceso de paz.

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La verdad es raramente pura y jamás sencilla. 

Oscar Wilde.


En octubre de 2013, cuando apenas se comenzaba a planear el Censo Nacional Agropecuario (CNA), cuya terminación acaba de ser anunciada por el Gobierno, renunció a su puesto Jorge Bustamante, entonces director del Dane. 

Muchos fueron los comentarios que aparecieron en la prensa en el sentido que el Dr. Bustamante –un tecnócrata liberal que ha liderado varias iniciativas a nivel internacional para que los institutos estadísticos sean independientes de los presidentes de turno– habría renunciado por considerar que la decisión del Gobierno de iniciar un censo agropecuario en ese preciso momento podía afectar la independencia del Dane.

Y, aunque las especulaciones periodísticas apuntaban a que él temía que ciertos políticos –ansiosos por ganar las elecciones de 2014– metieran las manos en el nombramiento de los 20.000 censistas que se necesitaban para hacer las encuestas, el propio Bustamante fue muy discreto y al final quedó sin respuesta la duda sobre si creía o no que la decisión de comenzar el CNA cuando el Gobierno se lo ordenó podía afectar la independencia del instituto que dirigía, y –de ser así– por qué. 

Luego el presidente Santos nombró como director del Dane a Mauricio Perfetti, quien acaba de presentar los primeros resultados del CNA –adobados con comentarios de altos funcionarios estatales– ante los periodistas siempre ansiosos de llenar páginas, este mismo mes de agosto en el que están pasando cosas tan decisivas para el proceso de paz.

La terminación del CNA fue anunciada en un evento organizado por el Dr. Perffetti, quien lanzó entre los asistentes unas pocas cifras bien escogidas y enseguida afirmó que en Colombia “ha habido concentración de la tierra”, con lo que al parecer quiso decir que la propiedad de la tierra colombiana estaría más concentrada hoy que en 1970, año del anterior censo. 

Al oír las cifras de Perffeti, el presidente Santos se declaró “sorprendido” y agregó que “vamos como el cangrejo”, y finalmente sentenció que la concentración encontrada demuestra que es necesaria “una reforma agraria integral”. 

Pero, antes de comerlos, hay que poner un granito de sal a los datos del CNA con los que el Gobierno alimentó a los periodistas, porque el momento en el que fueron divulgados coincide con el envión final de la administración Santos para sellar el proceso de paz. 

Y también hay que ponerles algo de aceite de cocina, porque un censo es apenas un registro de información cruda, pero antes de cocinarlos es bueno sacarles el ruido estadístico que puedan tener por la inclusión de las reservas para los indígenas y los afrodescendientes entre los predios censados, y sumergirlos en los numerosos estudios que ya se han hecho sobre la tenencia de la tierra en Colombia, que prueban que la concentración disminuyó de manera importante a favor de la mediana propiedad desde 1970 hasta 1986, año a partir del cual la tendencia se revirtió, al mismo tiempo que aumentaba la violencia paramilitar y guerrillera en el país, lo que sugiere que la explicación de la concentración actual no está en que los propietarios legales protagonizaran un súbito y entusiasta regreso al medievalismo a comienzos del siglo XXI –como podrían pensar quienes se traguen el CNA sin antes masticarlo– sino en que en esa época los actores armados despojaron de sus tierras a mucha gente, aprovechando que el Estado colombiano no podía cumplir su deber de conservar la paz y garantizar la seguridad en el campo.

¿Y por qué no ponerles un poco de picante? Alguien diría que es curioso que tanta gente siga en el campo, donde los índices de pobreza doblan los de las ciudades, a lo que otro –malintencionado– contestaría que la reforma que necesita Colombia no es la agraria sino la urbana, por cuanto el alto costo de las tierras que las rodean impide que muchos colombianos trabajen en puestos más productivos en las ciudades y así escapen del desempleo rural, pero que nadie le mete el dedo a ese ventilador porque los dueños de esas tierras son los grupos económicos, los especuladores y las buenas familias, y tú sabes. 

O mejor, mojarlos en un poco de vinagre redistributivo, recordando que el PIB agrario pesa apenas 6,1% del PIB total colombiano, lo que lleva a preguntarse si la verdadera solución para los campesinos pobres está en volver a darles pequeñas parcelas de tierra, o si más bien está en apoyarlos para que salgan de la pobreza rural con el producto de impuestos que graven a los cacaos, quienes –a pesar de ser inmensamente ricos– solo tienen en el campo sus fincas de recreo.

En la famosa novela El Gatopardo, Tancredi –un joven y ambicioso burgués– le explica a su tío el Príncipe Fabizio que “se vogliamo che tutto rimanga comé bisgonia che tutto cambi” (si queremos que todo siga como está, se necesita que todo cambie). ¿Se habrá acordado de esta frase Bustamante cuando renunció?.
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