Opinión

  • | 2014/06/28 09:15

    Triste alegría

    Las grandes alegrías nacionales desatan en nuestro país una ferocidad suicida que no tiene paralelo en el mundo.

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En fútbol los colombianos somos víctimas del fuego amigo. Las grandes alegrías nacionales desatan en nuestro país una ferocidad suicida que no tiene paralelo en el mundo. Matamos a los de nuestro propio equipo. En las celebraciones de los dos partidos que hasta ahora (al cierre de esta edición) ganó la Selección de Fútbol colombiana en el Mundial de Brasil murieron más de 10 personas, y en 1993, en la celebración del famoso 5-0 contra la selección de Argentina, murieron 82. ¿Qué nos pasa?
 
Para tratar de contestar esta pregunta, la BBC Mundo publicó un artículo titulado Por qué las celebraciones en Colombia terminan con muertos. Según los expertos entrevistados por la BBC, estas muertes ocurren mayormente en Bogotá y no en toda Colombia, y la razón de la especial agresividad de los bogotanos estaría en que en esta ciudad hay un “déficit de cultura ciudadana”. Posteriormente, la revista Semana agregó algunas consideraciones propias a este diagnóstico, según las cuales la explicación estaría en que en Bogotá hay gente de diversas regiones cuyas distintas culturas no combinan bien y, además, en que a todos los colombianos nos gusta de manera superlativa el fútbol y el alcohol. Pero como estas elucubraciones –un poco abstractas– no ofrecen soluciones, los invito a revisar los hechos para buscarlas.

Para comenzar, recordemos que solo han ocurrido 2 matanzas. La primera (la del 5 a 0) fue en septiembre de 1993, cuando Jaime Castro era acalde de Bogotá, y la segunda (la del Mundial de Brasil) en junio de 2014, siendo alcalde Gustavo Petro. Justo antes de ambas matanzas se formaron muchedumbres a partir de los grupos de hombres muy jóvenes que estaban juntos viendo los partidos por televisión en algún local o ante una pantalla gigante o en alguna vivienda.

Al finalizar los partidos estas personas tuvieron acceso inmediato a bebidas alcohólicas, sea porque ya las habían comprado o porque las compraron enseguida terminó cada partido, al igual que la harina y la espuma, en las tiendas y los supermercados cercanos. Después, con las botellas de licor en un brazo y las cajas de harina en el otro, los grupos de hinchas se aglomeraron y salieron a las calles a vitorear por Colombia mientras golpeaban las latas de los buses, los carros y las motos que por mala suerte pasaban por su camino, y rociaban de agua y harina a quienes encontraron enfrente. De ahí a las riñas había solo un paso. Y de las riñas a las muertes, otro más.

Afortunadamente en Bogotá las muchedumbres tienden a dispersarse al caer la tarde porque –al ser la ciudad tan fría– es difícil que alguien pase la noche recorriendo sus calles en camiseta y mojado de espuma. Pero en las fiestas que siguieron bajo techo en los bares o en las casas de familia los hinchas continuaron matándose entre sí.

¿Por qué esta cadena de eventos resulta tan letal en Bogotá? La explicación parece estar en una mala combinación de distintos factores. En primer lugar, se diría que los propios bogotanos no dimensionaron bien el peligro que enfrentaban cuando salieron a celebrar los triunfos de la Selección Nacional, y por eso no se prepararon para evitarlo. Al fin y al cabo, como se trataba de celebrar la victoria del equipo de todos los colombianos, era difícil que la gente previera que entre sus conciudadanos encontraría enemigos mortales.

En segundo lugar, es claro que las autoridades locales no planearon con anticipación el manejo de las muchedumbres de hinchas que podrían formarse al triunfar el equipo –lo que puede ser comprensible por el carácter súbito e imprevisible de los resultados– y, además, que no tienen planes de acción rápida para contener los abusos que pueda cometer cualquier multitud que aparezca en las calles de un momento a otro, lo que es mucho menos comprensible porque gobernar es prever.

En tercer lugar, se hizo tristemente evidente que –a pesar de los mares de retórica sobre responsabilidad empresarial con la que nos ahogan las propagandas corporativas– a los mercaderes que venden bebidas alcohólicas y harina en Bogotá les importa un carajo lo que pueda pasar una vez los compradores salen de sus establecimientos.

Y, en cuarto lugar, es poco probable que los asesinos sean juzgados y menos aún que sean condenados.

¿Cómo hacen en los demás países para prevenir estas tragedias? Siendo colombiano no pude evitar una amarga sonrisa cuando supe de las precauciones que tomaron los distintos cantones suizos para evitar desmanes en las posibles celebraciones por las victorias que pudiera obtener el seleccionado de ese país, donde nunca matan a nadie, en el Mundial de Brasil. En efecto, antes de los partidos de su selección, las autoridades cantonales suizas advirtieron de manera muy clara a los hinchas que no tolerarían celebraciones con pitos sino hasta determinada hora, y que pondrían barreras y policías en las carreteras de ser necesario. Mucho es lo que tenemos que aprender de fútbol los colombianos de los suizos.
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