Opinión

  • | 2013/10/16 18:00

    Estrategias anti-riesgo

    Han aumentado los riesgos por inseguridad y desastres naturales.

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La capacidad para enfrentar los riesgos es más importante para el bienestar de los individuos que su nivel de ingresos o el valor de sus activos. La vida está llena de riesgos, sea enfermedad, pérdida del empleo, crimen, desastres naturales, crisis financieras y tantos otros.

Puesto que el hombre es un animal de costumbres, las mejoras permanentes en su vida aumentan muy poco su bienestar, mientras las pérdidas sí le generan grandes sufrimientos. La magnitud del daño que puede causarle a alguien un riesgo cualquiera depende de qué tan severo sea el shock que lo origina: por ejemplo, qué tan contagioso y mortal es un virus durante una epidemia. Pero además depende del entorno, por ejemplo la densidad de población y las condiciones de salud del sitio donde uno vive. Y, por supuesto, depende de factores personales, como la capacidad inmunológica, y las medidas que tome el individuo para evitar contagiarse. Y si, en últimas, uno se enferma, el daño dependerá de los cuidados que reciba de otros y de la disciplina con que siga las indicaciones médicas hasta recuperarse plenamente.

Como el impacto de los riesgos depende de tantas cosas que es difícil entender y aprender, y depende también de cómo se organicen la familia, la comunidad y los gobiernos para responder a las perturbaciones y para recuperarse de los infortunios, la capacidad de manejar riesgos es un indicador muy completo del desarrollo de los países.

Al igual que la mayoría de países latinoamericanos, Colombia ocupa una posición media en el grado de preparación frente a los riesgos, según el informe que acaba de publicar el Banco Mundial con el título Riesgo y Oportunidad: La Administración del Riesgo como Instrumento de Desarrollo. Chile y Uruguay son los dos únicos países latinoamericanos que tienen un nivel de preparación sustancialmente por encima del promedio mundial, mientras que Bolivia, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Paraguay están muy por debajo del promedio.

América Latina ha aprendido a manejar los riesgos de origen macroeconómico, que hace unas décadas eran fuente continua de sufrimiento porque la inflación, el desempleo y las crisis fiscales y bancarias arrasaban con los ingresos y los ahorros de la gente. La región también ha tenido grandes avances en reducir los riesgos de salud por enfermedades contagiosas, insalubridad y falta de servicios básicos de salud. Sin embargo, se han recrudecido otras fuentes de riesgo. La incidencia de desastres naturales, que ha aumentado en las dos últimas décadas en todas las regiones del mundo como consecuencia del cambio climático, en América Latina prácticamente se duplicó. Y la tasa de homicidios, que ha tendido a moderarse en casi todas las regiones, en América Latina aumentó ligeramente en promedio en la década de 2000 y es, por mucho, la mayor del mundo.

Por fortuna, gracias al Sistema Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres que estableció la Ley 1523 de 2012, Colombia ha aprendido a manejar los riesgos de los desastres naturales, como lo destaca el Banco Mundial. Este Sistema implica un cambio de paradigma pues reconoce que el manejo de desastres es parte de la estrategia de desarrollo, y porque crea incentivos para que los gobiernos locales hagan esfuerzos en mitigar los riesgos y reconozcan las contingencias fiscales que implican los riesgos de desastres naturales.

Pero Colombia no queda bien parada en el manejo de riesgos de crimen: con una tasa de homicidios de 33,4 por cada 100.000 habitantes, queda peor que el promedio de América Latina y solo está mejor en seguridad que ocho de los 124 países con información.

Como ocurre con cualquier riesgo, la inacción en estas áreas probablemente es la peor opción. Como enfatiza el Banco Mundial, en vez de responder en forma no planificada e improvisada cuando se produce una crisis, es esencial tener una estrategia proactiva, sistemática e integrada para hacerle frente a los riesgos crecientes de los desastres naturales y de la inseguridad. No basta con detectar los riesgos, es preciso además saber dónde están los obstáculos que impiden tomar las acciones públicas y privadas que se requieren. Puesto que los individuos solos no pueden encarar los riesgos que implican las inundaciones o el crimen, debe haber una acción compartida por los distintos niveles de la sociedad, desde los hogares hasta la comunidad internacional. Y el liderazgo para que esto ocurra debe surgir de los gobiernos nacionales, pues de ellos depende que se genere el entorno propicio para que cada parte asuma su responsabilidad y se pueda brindar apoyo a los individuos y familias más vulnerables.

El valioso informe del Banco Mundial debe ser una fuente de consulta para todos los estamentos del país que aspiran a que los colombianos podamos tener una vida próspera y tranquila, de la cual aún estamos muy lejos.
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