Opinión

  • | 2016/05/12 00:00

    Aquí no hay toches

    Muchos de los esperpentos que permean nuestras políticas públicas son soluciones prácticas a problemas de incertidumbre. ¿Cómo zafarnos?

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Uno de los pasatiempos de los analistas económicos y sociales con cercanía académica se podría denominar “encuentre el toche”. El juego consiste en examinar esta o aquella política pública y proceder a enumerar con elocuencia y cierta elegancia –unos más que otros– el cúmulo de errores, limitaciones y francas pendejadas que la subyacen. El que encuentre, digamos, seis pendejadas, le gana al que encuentre cinco.

El estatuto tributario colombiano es un ejemplo clásico. Se trata de un armatroste unánimemente cuestionado por su ineficacia en lograr los resultados que, también unánimemente, se le encomiendan a la política impositiva que distorsione lo menos posible las decisiones de hogares y empresas, que redistribuya con progresividad, que trate igual a todos y así sucesivamente. Pero, no obstante su ineficacia y unánime cuestionamiento, ahí sigue divinamente perverso. De ser un personaje en carne y hueso, no logro imaginarlo distinto a un rufián tan antipático como muerto de la risa.

Podría seguir con la justicia, la educación o la salud, pero agotaría el espacio disponible sin llegar al punto. Y el punto que quiero hacer es bien sencillo: no creo que las costosísimas pendejadas que podría mencionar ad infinitum sean el fruto de uno u otro error conceptual o técnico, sino que se trata de equilibrios tan buenos como es posible en una democracia inmensamente imperfecta. Aquí no hay toches. Lo que hay son inconsistencias entre el bien común y el bienestar de quienes opinan, ejecutan y votan. Digamos que quienes opinan, ejecutan y votan se llaman Pedro, o el votante mediano. Mi punto: Pedro es el fondo del problema y la mala política pública es apenas la costosísima superficie en la que se expresan sus preferencias.

Nuestro país ha ido cambiando su Pedro específico. Hace cien años éramos un país rural cuyo Pedro esencial tenía tierras, siervos, convicciones de caverna y costumbres arraigadas. Hace cincuenta, atravesábamos varias migraciones sísmicas, incluyendo aquella del campo a la ciudad y esa otra de la sierva a la mujer ciudadana. El Pedro respectivo tenía menos arraigo afincado y más ganas de futuro. Hace veinticinco, el Pedro de aquel entonces redactó toda una extensísima constitución –entre las más largas del planeta– fiel a ese estilo aspiracional y cheverón que el mundo estrenó en alguna de sus múltiples postcrisis.

Hoy día, Pedro está en la clase media urbana y no es ningún toche. Por el lado malo, tiene convicciones y certezas que son inconsistentes con el progreso económico y con la equidad social. Por el lado bueno, las convicciones de Pedro, y por ende los esperpentos que esas convicciones causan, son pragmáticas y son flexibles.

La mayor angustia de Pedro, creo yo, es la incertidumbre financiera. Sabe en carne propia que en cualquier momento puede migrar a la pobreza. La solución que se ingenió para aliviar la incertidumbre es el aseguramiento estatal. En sus cuentas, el Estado debe asegurar su salud, la educación de sus hijos, sus servicios públicos y hasta su vejez y bastante poco le importan sus compatriotas verdaderamente pobres. Pedro tiene mucha razón: el mercado, que de lejos es el mejor proveedor de los bienes privados, y el aseguramiento es uno de ellos, no le ha ofrecido ninguna alternativa distinta al estatismo cada vez más extremo.

Pedro se siente representado en la estabilidad laboral exigida por los maestros y los jueces. En el salario mínimo por decreto. En la universidad gratis. En la idea de que la salud no es un negocio. En pensiones dignas y prácticamente eternas. Y, obvio, en la idea de que para pagar todo eso hay que ponerle impuestos altos a las empresas, que para eso son ricas.

Esos puntos de vista, aun cuando costosos por el equilibrio social que implican, tienen que ser respetados porque tienen justificación práctica y plena expresión política. Para que el país progrese, es necesario construir alternativas de mercado para los diversos problemas de aseguramiento que angustian a Pedro. Sin esas alternativas, no nos vamos a zafar de los esperpentos que a diario maldecimos, ni siquiera con la enésima reiteración de algún comité de expertos.

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