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| 2/20/2013 6:00:00 PM

Adolescencia Monetaria

Para Colombia, la adolescencia monetaria que ha regido y que se acentúa es y ha sido malísima noticia. Primero, porque infla nuestros activos, empezando por el peso, y segundo porque refleja una creciente tentación a ser partícipes plenos de la llamada guerra de las divisas.

por Alberto Carrasquilla

El tránsito de la infancia a la madurez es un proceso complejo, lleno de peligro. Los especialistas en el tema han demostrado, por ejemplo, que se trata de un período en que se tiende a asumir riesgos excesivos en áreas como la sexualidad y el uso de sustancias tóxicas. La mayoría de los adolescentes, felizmente, salen del jaleo exitosamente. Infortunadamente, para muchos las cosas no resultan tan amables.

En la historia monetaria reciente, digamos desde mediados de los años 80 hasta nuestros días, se observa una infancia feliz, cuando la economía global inicia una época signada por la estabilidad y el crecimiento a la que hoy día nos referimos, con el cariñoso apelativo de “la gran moderación”. La crisis de 2008 marca el inicio de una especie de adolescencia y, como tal, no fue un tramacazo hormonal súbito sino, más bien, el resultado final de una serie de procesos que se fueron gestando y desarrollando desde mucho antes. Similar a lo que uno observa cuando el niño, que al cabo ya no lo es tanto, cambia de voz.

En mi opinión, el período posterior a 2008, y en especial los últimos meses, serán recordados en términos de la política monetaria, como un caso paradigmático de adolescencia pura y llana. La ofensiva monetaria implementada a lo largo y ancho del mundo carece de precedentes, y podría estar amparando riesgos cuyos costos esperados rebasan ampliamente los presuntos (y hasta ahora raquíticos) resultados. Estos riesgos empiezan por la gestación de posibles burbujas en diversos activos financieros, descalces importantes en los balances financieros del Gobierno y el sector privado, presiones inflacionarias latentes y, quizás más importante, la generación de rigideces que harán difícil un desmonte eficaz del arsenal implementado. La naturaleza de los riesgos asumidos, en últimas por los contribuyentes, se parece mucho al que genera un padre adinerado cuando le regala automóvil y tarjeta de crédito a una muchacha adolescente para que la criatura levante sus ánimos. Es posible que tenga éxito, claro.

La niña podría salir de su tristeza y florecer, sin accidentes de tránsito ni descalabro crediticio. Pero salta a la vista que la estrategia tiene sus bemoles. La adolescencia monetaria se está expandiendo de manera preocupante. A mediados de enero, por ejemplo, el flamante primer Ministro Japonés, Shinzo Abe, dijo, palabras más, palabras menos, que le gustaría mucho que el Banco Central pensara en implementar una política monetaria de ilimitada expansión, no obstante el hecho de que, unos meses antes, parecía pensar que tal locuacidad no era apropiada para alguien en su posición. El Banco Central accedió. La Reserva Federal americana introdujo, en diciembre último, la novedosa idea de que su política hiper expansiva solo sería suspendida si el desempleo bajaba, de su actual nivel de casi 8%, a 6,5%.

El Gobernador electo del Banco de Inglaterra, de entrada, se comprometió con una política monetaria varios órdenes de magnitud más expansiva que la trazada por la administración actual, incluyendo la posibilidad de zafarse del mecanismo de “inflación objetivo”, la hija más querendona y fotogénica de la gran moderación, para pasarse a objetivos que incluyan de manera explícita la actividad económica. Y así va la cosa en varios países, incluyendo los emergentes.

Para Colombia, la adolescencia monetaria que ha regido y que se acentúa es y ha sido malísima noticia, por al menos dos razones. Primero, porque infla nuestros activos, empezando por el peso, cuya apreciación es en gran parte consecuencia del desmadre monetario internacional y pasando por las acciones, los bonos y las tierras. Como la tasa de interés de equilibrio no es el cero actual, el retorno a la cordura, la caída en precio de activos y el sinceramiento paralelo de los balances financieros, va a ser más doloroso entre más prolongada sea esta ya muy larga adolescencia.

Segundo, porque, tal y como sucedió en Brasil y se evidenció en la última Junta del Emisor, hay una creciente tentación, ya empezando a teñirse de inatajable, a ser partícipes plenos de la llamada guerra de las divisas, cosa que lejos de ayudar a mitigar nuestra evidente desaceleración, no haría sino exacerbar las vulnerabilidades de las que ya estamos repletos.
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