Opinión

  • | 2013/10/06 17:22

    Cultura Económica

    Desde 1991 el ADN económico ha ido evolucionando en Colombia, a veces para bien, a veces no tanto. Tres mutaciones serán claves en la construcción del futuro.

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Tratando de abstraer las mil especificidades que han ido sucediendo en la economía de Colombia estos últimos veinte años, unas para bien y otras no tanto, uno llega a la conclusión de que lo principal es un cambio importante en nuestra cultura económica, en nuestra manera de asimilar y de responder de cara a los sucesos que afectan nuestro trajín diario: las alzas y las bajas de precios, los vaivenes de cada sector particular. Esta pareja de maneras, la de asimilar y la de reaccionar, son el eje que cimienta un futuro particular y que, al mismo tiempo, descarta otros futuros posibles.

El Estado liberal moderno, por ejemplo, emana de la llamada revolución gloriosa en Inglaterra durante 1688 y 1689 y del “Bill of Rights” que limita la Soberanía del Monarca en asuntos como la tributación y la jurisprudencia: el rey ni puede clavar impuestos sin aprobación parlamentaria, ni puede revertir leyes aprobadas por esta institución. El ámbito cultural que se gesta está basado en valores como la libertad y la responsabilidad individual, el derecho de propiedad, la ética del trabajo y la valoración del éxito. De ese entorno cultural surge la revolución industrial en el Siglo XVIII y se logra estrenar el crecimiento económico, a cuyo amparo la esperanza de vida al nacer pasa de los mismos 35 años observados por mil años, a 60 años en apenas dos generaciones.

Guardadas las obvias proporciones, yo creo que la Constitución de 1991 es una pieza fundamental para entender diversas mutaciones que ha experimentado, lentamente, nuestro ADN económico. Quiero resaltar tres.

La primera, cambiamos de manera radical nuestra forma de concebir y ejecutar la política monetaria. Entre comienzos de los años setenta y finales de los años noventa, Colombia exhibió dos particularidades, inéditas en América Latina. Era enormemente estable en lo macroeconómico, aislado por completo de los vaivenes inmensos de los vecinos. Segundo, exhibía una inflación moderada, de entre 20% y 30% anual. La estabilidad macro, aunada a la prohibición explícita a la circulación del dólar, daba tranquilidad y evitaba que la demanda por pesos fluctuara de manera fuerte. De otra parte, la inflación permitía extraer de esos mismos tenedores de pesos, por la vía del llamado impuesto inflacionario, recursos muy importantes. Estos recursos se asignaban sin discusión legislativa alguna en el seno de la llamada junta monetaria. Cuando la inflación baja a finales de los años noventa en parte importante por factores ajenos a la política monetaria, es cierto, Colombia ya había creado la institucionalidad necesaria para asegurar que no volviera a subir. Nuestro ADN económico contiene un cromosoma que rechaza la noción de que la política monetaria puede emitir a su antojo más industria y más agricultura.

La segunda mutación se refiere a nuestra actitud hacia el ánimo de lucro. Para poner un ejemplo, cuando el Presidente declara que “la salud no es un negocio”, recoge los frutos de una lectura parcial y sesgada de aquello de la “función social” de la propiedad. Esta función social es entendida como una patente de corso prácticamente ilimitada que ya ampara la entretenida actividad de satanizar la minería formal, la agroindustria, el aseguramiento en salud y la actividad bancaria.

Por último, la tercera mutación es la presunción de gratuidad. Al amparo, también, de un concepto abstracto como el del “derecho fundamental” hemos venido creando y fortaleciendo a punta de subsidios a un colectivo urbano, egocéntrico e improductivo, ubicado en la parte más aventajada de nuestra distribución del ingreso. Hoy día, este colectivo se embolsilla 50% de todo el gasto social colombiano, y esa cifra está aumentando, en claro detrimento de la población más pobre.

El futuro que hemos venido construyendo al son de estas tres mutaciones es problemático e injusto. La animadversión al ánimo de lucro seguirá hundiéndoles proyectos al empresariado y desapareciendo puestos de trabajo productivo. Mientras tanto, la presunción de gratuidad en el contexto demográfico que llega hará imposible una salida razonable a nuestros desafíos más sustanciales: salud, educación y pensiones. La buena noticia es que será imposible apostar a que la emisión de dinero es un sustituto para la falta de seriedad.
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