Opinión

  • | 2016/03/31 00:00

    A abrir las ventanas

    Imagine there’s no countries. It isn’t hard to do. Nothing to kill or die for...(Imagina que no hay países, no es difícil hacerlo, nada por lo cual matar o morir….) John Lennon- Imagine.

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Para mí no hay duda de que el Amor a la Patria –así, con mayúscula– es el más inventado de todos los amores. Hasta hace relativamente poco tiempo no había Estados –y por lo mismo nadie podía amar al Japón o a Nicaragua o a Colombia–, y en un futuro no tan lejano los Estados desaparecerán, con sus símbolos, sus pompas, sus desfiles y sus invocaciones, junto con el amor –y la verborrea– que todo esto inspira en los patriotas.

Pero, paradójicamente, es fácil que yo –como tantos otros– me sienta personalmente vencedor o derrotado, cuando juega el equipo de fútbol de Colombia, y por eso –aunque no esté jugando sino solo viendo jugar– grito jubiloso los goles “propios” y me duelen los del “enemigo”. En esto no soy distinto a la mayoría de la gente de los países donde el fútbol es popular. Todos exigimos a nuestro equipo nacional que gane para disfrutar del primitivo placer de vencer a la tribu contraria, así sea en cuerpo ajeno. Y si el director técnico “no gana” lo hacemos reemplazar, aunque las derrotas no sean culpa suya.

De la misma manera como en el fútbol, también puede pasar que la gente viva las disputas internacionales como si fueran enfrentamientos –casi personales– contra otra tribu, a la que hay que ganar a toda costa. Y este fenómeno se presenta más fácilmente en las controversias fronterizas, como la que tenemos con Nicaragua, si los ciudadanos de los países involucrados no tienen ni idea de lo que se está discutiendo, porque así la disputa tendrá todo en común con el fútbol: al otro lado estaría el enemigo y en la mitad el árbitro vestido de negro (en el caso del archipiélago de San Andrés sería el grupo de magistrados de la Corte Internacional de Justicia –CIJ–). El director técnico sería el Presidente de la República, nuestros jugadores los abogados que litigan en nombre del país, y por supuesto, los goles a favor o en contra de La Patria serían las decisiones de la Corte.

La disputa fronteriza sobre el archipiélago de San Andrés comenzó en los años 60 del siglo pasado bajo la forma de una discusión más bien técnica, pero se politizó tras el triunfo de la Revolución Sandinista cuando, en 1980, Nicaragua –país que hoy presume de cumplir rigurosamente con el derecho internacional– declaró unilateralmente la nulidad del tratado Esguerra–Bárcenas que había firmado con Colombia en 1923. En ese entonces Nicaragua publicó un Libro Blanco sobre el diferendo que Colombia contestó con otro Libro Blanco refutando las razones nicas.

Pero desde el Libro Blanco de 1980, todos nuestros gobiernos han conducido el diferendo bajo un estricto secreto que –con la fácil excusa de no informar nuestras estrategias al enemigo– solo han matizado con breves comunicados de prensa, como el que divulgó el Palacio de Nariño hace pocos días para convocar a los colombianos a formar un frente unido en respaldo de la decisión del Presidente de no comparecer más ante la CIJ en dos procesos nuevos que interpuso Nicaragua, sobre los que esa Corte decidió asumir competencia a pesar de nuestras objeciones.

Es posible que el presidente Santos tenga razón y que la CIJ no esté siendo justa con Colombia, pero ¿cómo saberlo? Los documentos que Colombia ha entregado a la CIJ no los publica el Gobierno y, aunque pueden encontrarse en la pagina web de esa entidad, solo se consiguen en inglés o en francés y no en nuestro idioma. Además, ningún estudio divulgó el Gobierno para sustentar la nueva posición jurídica colombiana y nada concreto nos dice sobre el potencial del suelo submarino en disputa, ni sobre los demás aspectos relevantes del conflicto.

Salvo situaciones excepcionales que deben justificarse caso a caso, el secreto bajo el cual Colombia maneja su política exterior es anacrónico. En el mundo contemporáneo, el Estado tiene que ofrecer acceso libre a la información sobre sus políticas y gobernar de forma transparente. Mientras eso no ocurra, en materia de política exterior los colombianos seguiremos siendo hinchas en lugar de ciudadanos.

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