| 2/20/2004 12:00:00 AM

Habilidad comercial, pura formacion

Habilidad comercial, pura formacion
El profesor titular de la Universidad de los Andes da su interpretación de por qué sus paisanos, los santuarianos, son tan buenos comerciantes.



Desde que tuvimos uso de razón, nos dijeron que no debíamos avergonzarnos del trabajo honrado. Mi papá era uno de los comerciantes del pueblo. Muy temprano nos rebuscábamos los centavos para llevar a la escuela vendiendo empanadas o buñuelos, ¡los más ricos del mundo!, decíamos. Nuestro ascenso era vender lotería. El próximo paso era tener un toldo en el mercado, para vender "cacharro". Pasábamos domingos enteros mercadeando con los campesinos que bajaban. Terminábamos rendidos de gritar y gritar. El lunes competíamos en la escuela por quién había vendido más. Ganábamos entre $2 y $3, pero ahorrábamos para comprar la bicicleta que era nuestro gran sueño. La mía me costó $15 y me la gané trabajando. La llegada a los 15 era la alargada del pantalón, pues solo hasta esa edad podíamos usarlo largo. Teníamos dos sueños: marchar a Armenia o a Medellín. El primero, el camino de la aventura. Las opciones eran abrir una cacharrería, montar un café o una cantina. Para allá se iba la mayoría, llenos de ilusiones y hoy grandes líderes políticos y sociales; gestores empresariales de la región y del país, como Iván Botero Gómez y sus hermanos. Otros nos fuimos para Medellín. Mi papá montó un almacén en la Calle Colombia, donde trabajé sin descanso. Siempre me decía "mijito, hay que ganarse la vida con su propio sudor y no con el del frente que soy yo". Esta lección la aprendí y bien aprendida. Un día, él y yo nos imaginamos un negocio, comprar y vender las camisas medio sucias en el comercio y las corbatas ya pasadas de moda. Fue cuando organicé mi propio puesto de ventas; pero sentí temor y le dije: "Papá, a mí me da pena vender en la calle, recuerde que yo estudio en San José, uno de los colegios más importantes de Medellín". Entonces, enojado, él me dijo: "Sinvergüenza, a uno no le debe dar pena ganarse la vida honradamente". Y así empujado por ese gran hombre pasé diciembres enteros en la Calle Carabobo vendiendo la camisa, la corbata, barata.
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