| 1/23/2004 12:00:00 AM

Verdes atractivos

Con el inicio de las exportaciones, vienen buenas épocas para los productores de limones tahití. Podrían mejorar los precios para quienes se embarquen en cultivos tecnificados y adoptando normas estrictas de calidad.

A todo el mundo le gusta oír un buen negocio. Quizá por eso están escuchando con tanta atención a los cultivadores de limones tahití, una actividad que hasta hace poco parecía más una romántica tarea rural, que una opción de inversión con enorme retorno financiero.

Esta fruta tiene un mercado doméstico más o menos activo. Colombia produce cerca de 30.000 toneladas al año en lugares como Tolima -que según datos de la Corporación Colombia Internacional concentra el 68% de la producción nacional-, Santander, Valle y el piedemonte llanero.

Pero, además, ha sido incluida por años en las listas de productos con potencial exportador. Sin embargo, los cultivos de este cítrico, conocido en el mundo como lima persa o lima tahití, tenían problemas de calidad, como muchas otras frutas exportables, y sus productores desconocían los mercados internacionales. Estos fueron obstáculos para concretar las ventas afuera y en el pasado apenas se hicieron algunos negocios esporádicos.

A pesar de eso, las condiciones agrícolas transformadas en cálculos financieros mostraban una y otra vez una clara oportunidad de negocio para Colombia. El mercado mundial de limas y limones crece a una interesante tasa anual de 3,7%. Las limas tahití entran sin arancel a Estados Unidos y Europa, y no tienen los problemas de la uchuva, la toronja o la naranja dulce, productos que deben someterse a cuarentenas para ser aceptados en esos mercados. Además se recogen en épocas distintas a las de las principales cosechas del norte (México y Florida), y del sur (Brasil y Argentina).

El producto nacional cuenta con mejor calidad que el africano y se recolecta en épocas diferentes al español, de manera que puede proveer el mercado del Viejo Continente con cierta holgura competitiva.

Pero la ventaja crucial es el precio. Mientras un agricultor recibe por sus limas $550 por kilo en las centrales de abastos o cerca de $800 en los supermercados locales, en Europa el precio es cinco veces mayor y en Estados Unidos, con fluctuaciones estacionales muy agudas, es mayor entre una y cuatro veces.



Un primer ensayo

Convencidos por las cifras, y a pesar del gran riesgo natural de los negocios agrícolas, los socios de la empresa cartagenera Frutos del Campo, Frucamp, decidieron vender en Europa limas de sus cultivos de la zona del Canal del Dique (Bolívar), y organizaron un programa para completar su oferta con producción de fincas de Atlántico, Tolima, Santander, Valle y los Llanos. La empresa les ofreció a los cultivadores un mejor precio que los supermercados.

"El inicio de operaciones fue más amargo de lo que jamás previmos", dice Carlos Otero, su gerente. Los porcentajes de rechazo del producto fueron muy elevados hasta bien entrado el primer semestre del año pasado. Manchas, colores fuera de los estándares y otros defectos fueron comunes en sus embarques.

A pesar de todo, Frucamp insistió. Con ayuda de sus compradores españoles, descubrió que una gran cantidad de problemas de calidad se podía evitar modificando el proceso productivo en cosas que inicialmente percibían como detalles sin importancia.

La lista de líos era extensa. Las limas, por ejemplo, no se pueden recolectar cuando están mojadas, ni por lluvia ni por rocío. Deben estar completamente secas para que no se manchen luego. Tampoco se pueden recoger halándolas con la mano porque muchas veces pierden el cáliz -la parte que une las ramas con la fruta- y quedan expuestas a enfermedades. Después de recolectadas, se deben dejar reposar un día, para que se cierren los poros y se hagan más resistentes a la pérdida de humedad y a la entrada de bacterias. Solo entonces se las somete al encerado con fungicidas.

Con un mejor cuidado a esos y otra multitud de aspectos técnicos, Frucamp consiguió hace seis meses que sus primeros contenedores pasaran las pruebas de calidad de sus clientes europeos, las más exigentes del mundo. Por eso, ahora les parece sencillo llevar parte de sus ventas a Estados Unidos donde los estándares son menos estrictos.



Ventaja para todos

Aunque aún es muy temprano para cantar victoria, el acceso a mercados de precios más elevados hace que el cultivo en Colombia entre en una nueva dimensión. Frucamp les paga a los productores $1.000 por kilo, 25% más que la mayor cotización del mercado local, lo que les permite adoptar prácticas agrícolas más sofisticadas y eficientes. "Así sí es rentable", asegura Graco Solano, cultivador de Mariquita (Tolima). Con ese precio, además, un inversionista que quisiera iniciar una siembra hoy obtendría una rentabilidad de hasta 47% incluso si paga instalaciones de riego costosas.

Pero hay más. El cultivo de lima que produce solo cuatro años después de sembrados los árboles y que necesita un manejo complejo del producto promueve una cultura de gestión agrícola moderna.

Eso mejora la competitividad colombiana. Según el economista y profesor de Harvard Ricardo Hausmann, el país debe reinventarse para producir cosas que hoy no ofrece. Ya lo hizo un siglo atrás con el café y en los 70 con las flores, pero tendrá que hacerlo de nuevo. Establecer otras actividades generadoras de empleo y de cultura empresarial. La diferencia entre los latinoamericanos y los coreanos, dice Hausmann, "es que una idea de esas se nos ocurre cada cien años, a los coreanos cada cinco".

Colombia seguirá siendo un desconocido en el mercado mundial de la lima tahití. Las 30.000 toneladas desaparecen dentro de la producción mundial de limas y limones que se estima en 10 millones de toneladas, y palidecen frente a la de los principales productores: México cosecha cerca de 1,8 millones de toneladas; India, Argentina y España con más de un millón cada uno. Sin embargo, la incursión de los agricultores a este mercado es un riesgo que, al parecer, vale la pena tomar.
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