| 11/1/1993 12:00:00 AM

Vamos al club

Bogotá, Cali y Bucaramanga tienen fiebre de club. Se están desarrollando proyectos dentro de conceptos verdaderamente novedosos. La fiebre puede extenderse a otras regiones del país.

Erase una vez cuando existían el Country, Los Lagartos, el Rincón, el Jockey y el Gun en Bogotá. El Campestre, el Rodeo y el Unión en Medellín. El Campestre y el Colombia en Cali, el Country en Barranquilla y el Unión y el Campestre en Bucaramanga. Era la época de los clubes tradicionales, en los que se jugaban los torneos más importantes de golf y de tenis, en los que se hacían las grandes fiestas de año nuevo.

Colombia creció y se diversificó. Los clubes tradicionales se quedaron pequeños en tamaño y en concepto. Lo que sucedió en países como Estados Unidos en los años setenta, está pasando en Colombia en los años noventa. Nuevos clubes que compiten con los tradicionales y otros con enfoques desconocidos hasta hace poco en Colombia.

La fiebre de los nuevos clubes empezó hace cinco años cuando un grupo de inversionistas encabezados por Juan Antonio Brando y Bernardo Samper construyó el Bogotá Tennis Club. especializado, como su nombre

lo indica, en el deporte blanco. Su éxito fue inmediato. El mismo grupo se lanzó a construir en tierra caliente el Anapoima Club Campestre, aprovechando que esta población cundinamarquesa se había convertido en uno de los principales centros de veraneo de la capital.

Casi simultáneamente comenzó la construcción del Guaymaral, al lado del Bogotá Tennis, a cargo de Promotora Andina de Recreación, de la cual hacen parte un grupo de inversionistas encabezado por Rudolf Kling, Rafael Montejo, Germán Vargas, Santiago Arango y Jorge Ramírez Ocampo. Igualmente la construcción del Chicalá, en Anapoima, promovido por Julio César Sánchez y la firma de arquitectos Arias, Serna & Saravia Ltda.

El éxito de todas estas iniciativas generó interés en nuevos clubes y en nuevos conceptos. En la Sabana de Bogotá y sus alrededores surgió el Serrezuela Country Club, cerca de Mosquera, de Hernando Caicedo y Hernando Casas Asociados, que contiene un club con todas sus facilidades y al lado un desarrollo urbanístico con varias casas modelo. Dentro del mismo concepto de club y urbanización, Hernando Casas Asociados, Proplanes Ltda. y Obregón & Bueno, están desarrollando Villas de Sachamate, cerca de Jamundí al sur de Cali. Y también en Cali, Constructora Alpes y otros inversionistas locales están promoviendo al Club Campestre Chipichape, dentro de la urbanización que lleva el mismo nombre, con la característica adicional de tener al lado un hotel de primera categoría, el Howard Johnson Plaza.

Del mismo modo, Boris Spiwak (Hoteles Dann) inició el proyecto Hato Grande Tenis Country Club en Sopó, al norte de Bogotá; la Estancia Tenis Country Club antes de Mosquera; y el Hatogrande Yacht Country Club cerca del aeropuerto de Cartagena hacia el norte, con la posibilidad de venta de suites y apartamentos.

A su vez, el mismo grupo promotor del Guaymaral, empezó el Club Puerto Pañalisa cerca de Girardot, una urbanización con casas veraniegas alrededor de una cancha de golf y con las demás facilidades propias de un club campestre. Un tiempo después, hace unos meses, el grupo Selecta, conformado por Cuéllar Serrano Gómez, Fedecafé, Pizano, Chaid Neme, Ladrillera Santafé y varios otros, lanzó al mercado Mesa de Yeguas, entre Anapoima y Apulo, un desarrollo dentro del mismo concepto de Peñalisa, pero más exclusivo en términos de precio y densidad.

También un grupo de socios del Country y de Los Lagartos liderado por Mario Gutiérrez, Alfonso Rozo y Emilio Pizano, están promoviendo Payandé en La Vega, Cundinamarca.

En Cali, además de Villas de Sachamate y Chipichape se está construyendo Los Andes Golf Club, cuyos promotores son Alberto Grajales en unión con La Nacional de Seguros. Y Medellín tampoco se ha quedado atrás: después de varios años en los cuales no se hacía un nuevo club de alta categoría, Urbanal, del Sindicato Antioqueño, está iniciando el Poblado Country Club, situado en la variante de Las Palmas, algunos metros arriba del Hotel Intercontinental.

En Bucaramanga, por su parte, una ciudad de clubes, hay también nuevos proyectos en marcha. Ruitoque Country Club es promovido por Urbanas, comienza construcción en diciembre, está situado en la mesa de Ruitoque, vía a Piedecuesta e incluye 700 lotes para construir casas de mínimo 600 m2. Lomas del Viento Club entrará en servicio en junio de 1994 y entre sus gestores están Alberto Montoya Puyana, Virgilio Galvis Ramírez y Carlos Virviescas. El Sport Country Club, promovido por Alberto, Ramón y Efraín Serrano Navas, es un club campestre localizado en el área metropolitana de la ciudad.

Vale la pena profundizar en algunos aspectos de los desarrollos no tradicionales. Considérese, por ejemplo, el caso de Serrezuela e Bogotá, Villas de Sachamate y Chipichape, ambos en Cali y Ruitoque en Bucaramanga. Se trata de condominios campestres situados en la periferia de las más importantes ciudades y cuyas viviendas, con lotes de 700 m2, se encuentran diseminadas en medio de un campo de golf y vecinas a un completo club. Dado los problemas de congestión y seguridad que afectan a las grandes urbes, el estilo de vida implícito en estos condominios ofrece muchos atractivos. Además, con la telefonía celular, el fax y los servicios de oficina que se ofrecen como parte esencial del servicio que presta el club del condominio, se obvian algunos de los problemas que puedan derivarse de su lejanía a los centros de negocios de la ciudad.

De la misma manera se puede hablar del caso de Peñalisa en Girardot. La posesión de una casa propia para veranear, con lote de 1.000 o 1.800 m2, en medio de un campo de golf, con club completo al lado, con disponibilidad de servicio doméstico y condiciones óptimas de seguridad, es a toda luces una idea seductora, inclusive para quienes tienen finca y no quieren incurrir en el costo de habilitarla para fines recreacionales.

Se trata de un concepto integral en el cual todos los componentes del proyecto están coordinados para lograr la completa satisfacción del comprador , afirma Maria Isabel de Guzmán, gerente de Promotora Andina.

Esta mezcla de club completo y viviendas en medio de canchas de golf es la misma de Mesa de Yeguas en Anapoima. En este caso el proyecto solamente entrega lotes de 3.000 m2, a diferencia de Peñalisa, Serrezuela, Villas de Sachamate y Chipichape que venden la casa ya hecha, dentro de una gama de modelos preestablecidos. Existe el riesgo de no lograr un desarrollo urbanístico armónico cuando el condominio no vende las casas ya terminadas. Eso fue lo que sucedió en uno de los primeros desarrollos de este tipo, el del Peñón en Girardot. Sin embargo, en el caso de Mesa de Yeguas el condominio se asigna el derecho de aprobar cualquier desarrollo urbanístico, el cual deberá ajustarse a unas pautas mínimas definidas con anterioridad. Nos interesa que haya muchos arquitectos y poder lograr una libertad en armonía , sostiene Santiago Alberto Botero, uno de los encargados de este proyecto.

Tal como se puede apreciar, la actividad de construcción de nuevos clubes está a la orden del día, lo que ha llevado a la idea que el mercado se está saturando. Pero esta es una opinión apresurada, por decir lo menos. Un cálculo preliminar indica que en el país hay por lo menos 200.000 jefes de familia con un ingreso mensual suficiente para sostener la acción de un club con servicios completos. Esta cifra se coteja con la existencia de solamente unos 35 clubes con cancha de golf en todo el país.

La mayoría de los clubes completos está en Bogotá y su zona de influencia. El tamaño y clima de la capital, su carencia de lugares de recreación pública, su ambiente inhóspito, contribuyen a una mayor demanda de clubes. También, por razones diferentes, se registra un dinámico desarrollo de proyectos en Cali. En Cali y Bucaramanga, por sus climas, siempre ha habido cultura de clubes. Es de esperar que a Medellín llegue eventualmente la fiebre. Y sin lugar a dudas sucederá lo mismo en ciudades como Barranquilla. Ni qué decir de las inmejorables posibilidades a todo lo largo de la Costa Atlántica, donde el componente internacional del negocio todavía no ha sido cabalmente aprovechado.

Las posibilidades de inversión no están agotadas. Pero eso no quiere decir que la construcción y promoción de proyectos como los aquí referidos sea un negocio fácil y rentable. En primer lugar, requiere una alta inversión de capital. Tanto el terreno como las instalaciones son costosas y más aún si hay cancha de golf de por medio. En segundo lugar, las obras, como todo proyecto de construcción, deben desarrollarse estrictamente de acuerdo con el cronograma previsto, o de lo contrario el presupuesto inicial sufre desviaciones que alteran sustancialmente la rentabilidad.

Ahora bien, todos los proyectos con clubes sociales de por medio arrancan con un grupo de socios promotores y con un precio de la acción muy inferior al que eventualmente tendrá una vez que el club se termine y empiece a funcionar. Si hay una suficiente credibilidad o confianza en el proyecto y en sus promotores, la valorización de la acción puede llegar a ser considerable, tanto para beneficio de los primeros socios como para el proyecto en sí mismo. Para que esto se dé se necesita que el promotor entregue más de lo que recibe; que todos los detalles queden bien , según Hernando Casas, quien dirige Serrezuela y Villas de Sachamate.

Hay que resolver problemas prácticos que son variados y complejos. Por ejemplo, el componente jurídico del proyecto, o sea las reglas de juego, deben de estar lo suficientemente claras y anticipar los conflictos que inevitablemente se presentan en lugares donde conviven varías personas. El acceso al agua, especialmente en el caso de proyectos en tierra caliente, es otro factor crítico. La calidad de la cancha de golf, tan difícil siempre de diseñar y de levantar, es también clave para darle categoría al club.

Ahora, si las cosas marchan bien, quienes entran al comienzo pueden hacer un excelente negocio. Por ejemplo, en el caso del Club Campestre Guaymaral, la acción pasó de $3 millones al inicio del proyecto a $18 millones antes de concluir la construcción, año y medio después. Además, quien se vuelva socio mientras el proyecto está en proceso, no tiene que pagar derecho de traspaso, que en la mayoría de los clubes se acerca al 50% del precio que finalmente alcanza la acción.

Pertenecer a un club, o vivir en un condominio con club, ya no es cuestión de esnobismo social. Es una necesidad que cada vez está más a su alcance gracias al gran número de proyectos que se están desarrollando. Antes los pocos clubes que existían ni siquiera se preocupaban por atraer socios. Ahora hay una cacería de socios por parte de los diferentes promotores utilizando modernas técnicas de mercadeo. Como en otros negocios, por fin el consumidor se está convirtiendo en el rey.

Si usted es un inversionista y no sabe qué hacer con su dinero, convertirse en socio promotor es actualmente una alternativa interesante. Y si usted es un simple mortal que desea para su familia y para sí mismo mejores condiciones de vida no dude en analizar las diferentes opciones en cuanto a clubes se refiere. Además, sin querer queriendo, puede que usted también realice un buen negocio dadas las posibilidades de valorización de la acción, de la vivienda, de la suite o del lote que está pensando adquirir.
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