| 3/1/1994 12:00:00 AM

Un cincuentenario admirable

Cincuenta años atrás el mundo giraba al socialismo y únicamente Friedrich Hayek tuvo la visión del fracaso de las ideologías totalitarias.

Hace cincuenta años se publicó "El camino a la esclavitud", cuyo autor es el economista austriaco Friedrich Hayek. Este revolucionario libro lo dedicó a los "socialistas de todos los partidos", y por primera vez, en lo corrido del siglo XX, alguien sostuvo públicamente la tesis de que el socialismo necesariamente desemboca en el totalitarismo.

En el año 1944 los economistas socialistas de izquierda y derecha, al igual que los keynesianos de todas las tendencias, dominaban la opinión pública, con su visión de un Estado sabio que aseguraba el pleno empleo a través de su intervención, reemplazando y subsanando deficiencias del mercado. Hayek claramente marchaba a otro ritmo y estaba virtualmente solo en el clima intelectual de ese momento. Como lo señaló la revista "Forbes" en un artículo de fondo en enero de este año, celebrando el cincuentenario de la publicación de "El camino a la esclavitud", tres grandes casas editoriales norteamericanas rehusaron publicar el libro de Hayek a pesar de su gran impacto en Gran Bretaña y Europa-, debido a la presión interpuesta por los académicos e intelectuales norteamericanos, que albergaban escrúpulos morales contra un libro que amenazaba parar el reloj del progreso social del "New Deal".

El argumento principal de Hayek es que al abandonar la libertad en los asuntos económicos, se pierde además la libertad política y personal. A pesar de que algunos de los grandes pensadores del siglo XIX como De Toqueville y Lord Acton habían advertido que el socialismo es sinónimo de esclavitud, el mundo se movía en la dirección del socialismo. Según Hayek, lo que une a los socialistas de la izquierda y derecha (fascistas) es la hostilidad común a la competencia, a la iniciativa privada y al individualismo, y su deseo de reemplazarlos por una economía dirigida. El aspecto común de todos los sistemas colectivistas es la organización deliberada de todos los trabajos de la sociedad, para cumplir una meta social definida por el Estado.

Los proponentes del colectivismo, que se engloban en las tres vertientes fundamentales de estatismo: comunismo, socialismo y fascismo, difieren entre ellos en los medios que utilizan para encauzar los esfuerzos de la sociedad. Pero lo que los diferencia del liberalismo y del individualismo, y los identifica plenamente, es el querer organizar la sociedad con todos sus recursos hacia un fin unitario, y desconocer esferas autónomas en las cuales los deseos de los individuos son supremos.

El libor de Hayek no es una letanía de las ineficiencias socialistas, de sus corruptas burocracias, y de sus Estados represivos y policíacos. Por el contrario, ataca al socialismo en su propio campo, como un ideal intelectual y demuestra cómo las premisas que sustentan este ideal están erradas en teoría y son peligrosas en sus implicaciones prácticas, ya que en el corazón de la visión socialista está la noción de que una sociedad con compasión puede crear un estándar de vida más humano, a través de la planeación y el control del funcionamiento de la economía. El objetivo de todos los socialistas es llegar al poder para asignar los recursos productivos en una forma arbitraria, destruyendo de esa manera las libertades personales. El gran mérito del mercado es que impide a los individuos ejercer arbitraria y omnímodamente ese poder.

Se debe aclarar que Hayek no era un proponente de la desaparición del Estado. Por el contrario, consideraba que el Estado debía proveer un cuerpo general de leyes que llevasen al mejor funcionamiento del mercado. También debía proveer por fuera del mercado un conjunto de bienes y servicios, para algunas personas que no ganasen un nivel mínimo de salario en el mercado del trabajo. Pero esto no debería hacerse interfiriendo en el mercado. Las personas que no pudieran lograr un nivel de ingreso mínimo, deberían recibir una compensación uniforme del Estado. El gobierno debería utilizar su capacidad de recolectar fondos, a través del sistema de impuestos, para proveer bienes colectivos que no pudiesen ser ofrecidos por el mercado (defensa, administración de justicia, parques, cartografía) y para controlar externalidades negativas, tales como la contaminación ambiental.

Para Hayek, una vez que se acepta que el individuo no es más que uno de los medios para lograr los fines de una colectividad superior denominada sociedad o nación, varios, o todos, los elementos que nos horrorizan en los regímenes totalitarios necesariamente aparecen, ya que en aras de lograr los objetivos de las sociedades colectivistas es necesario acabar toda libertad individual. Una economía planificada centralmente lleva inevitablemente a la tiranía totalitaria.
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