| 8/1/1993 12:00:00 AM

Un auge en apuros

El negocio de la floricultura sigue floreciendo. Sus empresarios buscan alternativas para mantener vigente el milagro exportador colombiano.

La floricultura colombiana está más viva que nunca: muchas cosas interesantes están pasando y los productores colombianos, con una tradición de 25 años de éxito continuado, están enfrentando con agresividad el futuro. Tal vez por su característico bajo perfil, los notables logros de estos empresarios no se han destacado suficientemente. Conquistaron el mercado norteamericano casi en su totalidad, en cultivos como los claveles, las rosas, los pompones y las alstroemerias. Y para mayores méritos, lo hicieron desplazando no solamente a otros productores extranjeros, sino especialmente a los propios productores norteamericanos.

Han montado una sofisticada estructura de mercadeo con base en Miami y han extendido sus centros de producción a Ecuador y Costa Rica. Últimamente están explorando posibilidades y alternativas en México.

Cabe hablar aquí de varias familias bogotanas, algunas ya desvinculadas del negocio y otras cuyo compromiso se extiende a la segunda generación, que hicieron posible tan excepcional desarrollo empresarial. Los pioneros de la floricultura de exportación fueron Miguel de Germán - Ribón y Edgard Wells. Posteriormente se vincularon Gabriel y Fernando Restrepo Suárez, Bernardo y Camilo Herrera, Ricardo Valenzuela, John y Richard Vaughn, Genaro y Tomás Payán, José María Dela Torre y Germán Torres. Junto a estos empresarios se deben mencionar a David Clieever y a los accionistas extranjeros de FlorAmérica, que se convirtió en una de las compañías exportadoras de llores más grandes del mundo.

Estos empresarios y otros como Juan Pablo Rodríguez, Samuel Finkelstein, Emilio Pizano, Leonardo Salviati, Alvaro McAllister, Hernando Caicedo, Antonio Puerto, Hernando Monroy, Mario Nanetti, Luis Eduardo y Enrique Gaitán y Rodolfo La Ilota, colocaron a la floricultura colombiana en el primer plano internacional, no obstante condiciones adversas de transporte, la continua oposición de los productores norteamericanos, los permanentes intentos de infiltración sin Bical de la guerrilla y las oscilaciones de la política económica colombiana.

De dónde provienen las quejas ¡,lea de los floricultores? Existe la idea de que la rentabilidad del negocio ha disminuido recientemente y hay quienes vaticinan que se presentará la salida forzada de algunos productores. Otros sostienen que hay exceso de oferta de flores colombianas.

Un análisis desprevenido lleva a la conclusión de que los problemas que enfrenta la floricultura colombiana, aunque difíciles, son superables. Ha hecho carrera en este sector la costumbre de subestimar ante terceros la rentabilidad del negocio y de agrandar los problemas que enfrentan. Según ellos y el gremio que los representa, Asocolflores, cada año es peor que el anterior y sin embargo, reinvierten y se expanden a un ritmo que es uno de los más elevados de la economía colombiana.

Para entender mejor la situación hay que decir algo evidente: dado que se trata de una actividad netamente exportadora, cada vez que se ha registrado una devaluación real del peso, inmediatamente después se ha presentado un aumento de las siembras y de las exportaciones. Así sucedió durante 1986-87 con la devaluación de 1985 y durante 1991-92 con la devaluación de 1990.

Aunque las cifras no son enteramente confiables, todas apuntan en la dirección de un inusitado dinamismo. Las exportaciones registradas en Colombia pasaron de US$ 141 millones en 1985 a US$ 349 millones en 1992, o sea un crecimiento promedio anual de 14.2% en dólares. El crecimiento promedio del número de hectáreas sembradas durante esos mismos años fue de 13.5%. Los productores registrados pasaron de 200 en 1985 a 478 al finalizar 1992.

Pero las cifras más sobresalientes son las del mercado norteamericano. La participación de los claveles colombianos en dicho mercado pasó del 80% en 1989 al 90% actualmente. En el caso de las rosas, el otro gran producto de exportación, la participación colombiana es hoy del 60%, porcentaje logrado en los últimos nueve años. En los demás productos la participación también ha sido creciente, siendo dominante en alstroemeria (99%), gérbera (92%), pompón (82%) y crisantemo (75%).

En el caso del mercado europeo las cifras también son reveladoras. Las exportaciones de flores a la Comunidad Económica Europea pasaron de US$ 18 millones en 1987 a US$ 59 millones en 1992, siendo especialmente notable el incremento de 52% en 1991 y de 44% el año pasado.



Antes que una situación crítica, lo que parece estar detrás de la preocupación gremial son expectativas de tendencias que de consolidarse afectarían el corazón mismo del negocio. Quizá la principal se refiere a la reevaluación del peso. La paridad real del peso frente a una canasta de monedas ha disminuido de 116 al finalizar 1990 a 103 actualmente, lo que ha constituido una reevaluación del 11%. Sin embargo, estos fríos indicadores no cuentan toda la historia.

Lo primero que debe señalarse es que los precios internacionales de las flores no han experimentado la caída que se ha observado en otros productos agropecuarios de exportación. La poca evidencia que se tiene al respecto muestra incluso que ha sucedido lo contrario en el caso de cultivos como las rosas.

Sin embargo, hay un aspecto sobre el cual existen motivos justificados para preocuparse. Como se sabe, la floricultura tiene un alto componente de mano de obra. Emplea directamente 90.000 trabajadores, siendo de especial importancia su contribución en la zona aledaña a Bogotá. Dependiendo del cultivo, la participación del costo laboral dentro del costo total de producción oscila entre el 40% y el 60%.

Pues bien, los salarios no hacen parte del índice de inflación (precios al productor) que se utiliza para el cálculo de la paridad real del peso. Por otro lado, los reajustes salariales en una economía indexada como la colombiana dependen de la inflación del año anterior y de señales tales como el porcentaje de incremento del salario mínimo y de los sueldos del sector público, ambos fijados por el gobierno a comienzos de cada año. Es muy difícil para un sector individualmente ir en contravía de esa indexación.

Durante 1991 y 1992 los salarios de la floricultura han aumentado en promedio 27% y 26%, en tanto que la devaluación ha sido 11% y 17%, respectivamente. Este encarecimiento en dólares de la mano de obra, si continúa, puede significar el final de los cultivos o productores menos competitivos. Es indudable que las futuras negociaciones laborales tendrán que hacerse sobre la base de lo que acontece con la devaluación.

Hasta ahora el encarecimiento en dólares de la mano de obra no ha sido traumático frente a otros competidores extranjeros debido a las ventajas en organización y mercadeo ya adquiridas por los colombianos y a la reforma en el régimen laboral que desmontó el costoso sistema de la retroactividad de cesantías.

Además la reciente política de apertura ha traído beneficios como, por ejemplo, una reducción importante en costos de transporte internacional debido a los cielos abiertos y al auge de las importaciones que ha permitido que el flujo de carga de

Estados Unidos a Colombia crezca considerablemente, abaratando los fletes ida y vuelta.

De otra parte, con la baja de los aranceles se ha presentado una disminución del costo de los insumos importados. Del mismo modo, el descenso de las tasas de interés, y el uso cada vez mayor de un crédito externo relativamente barato, ha compensado el desmonte de los subsidios que otorgara hasta hace unos años Proexpo.



Con todo los floricultores piensan que los altos márgenes que disfrutaron durante los años ochenta no se repetirán, ya sea por la reevaluación del peso o por la entrada de nuevos países productores. Ante una eventual reducción de la rentabilidad, el aspecto de volumen y de diversificación adquiere estratégica importancia.

Aunque es difícil aumentar la elevada productividad actual de los cultivos ahorrando mano de obra, las perspectivas por el lado de volumen siguen siendo interesantes. Por ejemplo, el mercado de Estados Unidos tiene un bajo consumo si se lo compara con el europeo. Mientras que en promedio cada norteamericano compra 11 flores al año, un alemán en condiciones socioeconómicas similares compra en promedio 53. Esto ha hecho pensar que el mercado norteamericano tiene un enorme potencial.

Una de las áreas donde los colombianos se están moviendo para hacer realidad dicho potencial es el de la venta de flores en los supermercados, ofreciéndole al práctico consumidor norteamericano bouquets (ramilletes envueltos en celofán) ya listos para poner en el florero. No solamente de esta manera se está llegando a un número mayor de clientes potenciales sino que se ha hecho más atractivo el-consumo. La introducción de los bouquets está produciendo cambios en los hábitos de consumo, acostumbrando al norteamericano a comprar regularmente y no exclusivamente en fechas específicas como San Valentín, Navidad o .el Día de la Madre.

También los colombianos están impulsando en el Congreso norteamericano la creación de Promoflor, que se financiaría con el 1% del valor de las ventas al por mayor, y cuya labor sería la de promocionar mediante campañas institucionales el consumo de flores.

En el caso del mercado europeo, el principal obstáculo es el transporte, puesto que los vuelos que van allá llevan casi siempre pasajeros y carga y regresan con escasa mercancía, lo que impone un flete de compensación. Como dice uno de los floricultores más grandes: "Si hubiera transporte a Europa, adiós Holanda". Lo mismo podría decirse del Japón. Por ahora los colombianos están aprovechando al máximo el Programa de Preferencias Europeas que eliminó los aranceles para la flor colombiana a partir de 1991 y hasta finales del próximo año.





Durante el boom de los años ochenta, cuando la devaluación real del peso hizo altamente atractivo el negocio, no solamente se triplicó el área cultivada, sino que surgieron varios nuevos productores. Los mayores cultivadores (FlorAmérica, Grupo Andes, Grupo Caico, Flores de la Sabana, Florex, jardines de los Andes, jardines Bacatá y Claveles Colombianos) cubrían a comienzos de los años ochenta la mitad del área cultivada, en tanto que actualmente sólo abarcan el 40%.

Es posible que en condiciones más exigentes, se revierta la tendencia hacia la desconcentración y se consoliden aquellos grupos empresariales más fuertes, no solamente en producción sino ante todo en comercialización o mercadeo. Algunos de los más grandes productores están pensando en cómo llegar lo más directamente posible al consumidor final acortando pasos en la cadena de intermediación. Por ejemplo, pasar del cultivo al supermercado directamente.

También los productores más organizados están pensando en cómo diversificar con nuevos productos y variedades. Empresas como FlorAmérica y el Grupo Andes vienen desarrollando desde tiempo atrás una intensa labor de investigación en este sentido. No está lejano el día de la rosa azul (para beneplácito de los partidos conservadores), así como el surgimiento de variedades completamente resistentes al fusarium, el cáncer que actualmente afecta a los claveles.

No cabe duda, entonces, del impulso de la floricultura colombiana. No hay razón para pensar que los exitosos empresarios colombianos no continuarán en una posición de vanguardia en el mercado mundial. Ni tampoco hay razón para creer que sus esfuerzos empresariales no continuarán siendo mantenidos en el mayor secreto, como si ello fuera la clave del éxito.
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