¿Resurge el agro?

| 10/27/2000 12:00:00 AM

¿Resurge el agro?

Las productividades alcanzadas en maíz en Córdoba, los Llanos y el Cesar, gracias a la modernización y las alianzas con la industria, demuestran que el agro es rentable.

Un experimento privado, que aisladamente buscaba probar si era posible unirse con los agricultores para mejorar la productividad de los cultivos de maíz, se convirtió en el mayor dinamizador del cambio entre la industria y el sector agrícola, y aceleró un proceso de interacción entre los dos sectores que hoy en día está impulsando la reactivación económica en Córdoba y se ha convertido en una esperanza para aprovechar la zona de altillanura en los Llanos Orientales.

El año pasado, Avidesa Mac Pollo, una de las principales compañías avícolas del país, decidió montar una sociedad con agricultores de la convulsionada zona de Aguachica, en el Cesar, para sembrar 280 hectáreas de maíz. En su aventura la acompañó Novartis.



A pesar de que no fue un proceso fácil porque Avidesa no tenía ninguna experiencia en el área agrícola, los resultados fueron envidiables. Se produjeron 5,5 toneladas por hectárea (el promedio nacional es 3,12), a un costo de $800.000 por hectárea, y se obtuvo una rentabilidad del 63%.



Era la primera vez en el sector que tres actores de la cadena (agricultor, industrial y productor de semillas) se unían en un experimento de este tipo, en el que todos pusieron y todos ganaron.



"Nos dimos cuenta de que el proyecto tenía una proyección nacional, y empezamos a trabajar con los ministerios de Hacienda y de Agricultura, con Fenavi, la Andi y el gremio porcicultor", explica Víctor Alberto Rojas, de Avidesa.



En el 2000, Avidesa y Novartis replicaron el modelo en los Llanos Orientales, donde ubicaron dos sitios de desarrollo, uno en las Vegas y otro en la altillanura. Allí sembraron 170 hectáreas, que produjeron 5,7 toneladas por hectárea en el máximo y 4,7 en el mínimo.



El proyecto, que era experimental, se convirtió en el mejor ejemplo del potencial que tiene el sector agrícola si se maneja con tecnología, gerencia y con apoyo de la industria. Además, evidencia un cambio de mentalidad en los industriales, que después del boom de las importaciones de materia prima están decididos a impulsar la producción nacional para asegurar el abastecimiento local y, en un futuro, obtener reducciones importantes en los precios, gracias a un mejoramiento en la productividad y en el control de costos.



Este interés no es gratuito, ya que el maíz amarillo representa el 65% del costo de producción de una tonelada de alimento balanceado para aves, mientras que el alimento balanceado representa entre el 75 y el 80% del costo de levante de un pollo.



Esta dependencia de la materia prima en el sector avícola, que es muy similar en la porcicultura, hace que la supervivencia de la industria esté ligada a la agricultura. Si esta estructura de costos es típica, ¿por qué solo hasta ahora se ha producido un acercamiento con los agricultores?



La razón obedece a tres factores fundamentales: condiciones macro, repunte del sector avícola y competencia de pollo importado y de contrabando, que ha alertado a los avicultores sobre la necesidad de mejorar estructuras de costo para sobrevivir cuando se eliminen las barreras a las importaciones. Con la revaluación y las altas tasas de interés de hace dos años, la materia prima importada era muy rentable, pero ante el cambio en las condiciones macro, se vio la necesidad de impulsar la producción local. Con la devaluación, los industriales vieron que tenían que reducir costos, si querían ser competitivos.



Actualmente, la industria consume 2 millones de toneladas, de las cuales 1.650.000 son importadas. Pero el objetivo es que en cinco años, haya un balance entre importaciones y producción local.



La revolución



Las alianzas entre Avidesa, Novartis y los agricultores de Aguachica y los Llanos Orientales son solo un ejemplo del cambio que se está dando en las relaciones entre el sector industrial y el agrario, y de la revolución silenciosa que se está gestando en el campo. "Se ha ganado transparencia en las reglas de juego entre los diferentes actores, y eso es muy positivo porque venían de una separación muy grande", señala Absalón Machado, del Cega.



Pero tal vez lo más importante de esta revolución es que se rompió el mito de que en Colombia no se podía producir con eficiencia. Las productividades obtenidas por Avidesa y compañía se han replicado fuera de la sociedad, y en departamentos como Córdoba hay fincas que han alcanzado hasta 9 toneladas por hectárea.



Esto ha sido posible porque a la par que los industriales estaban cambiando su mentalidad importadora, los agricultores se dieron cuenta de que necesitaban modernizarse, y empezaron a utilizar nuevas tecnologías de producción como la siembra directa y la labranza de conservación, que no solo ayudan a reducir los costos, sino que permiten un mejor aprovechamiento de los suelos. Además, el uso cada vez mayor de híbridos adaptados a las condiciones de cada terreno les ha permitido mejorar la cosecha.



La zona donde mejor se evidencia la revolución de la nueva cultura del maíz es Córdoba, donde se pasó de 32.000 hectáreas de maíz amarillo en 1998, a 55.000 hectáreas este año, de las cuales casi la mitad son tecnificadas.



La rápida respuesta de los agricultores a la política de estímulos a la siembra del maíz amarillo tiene mucho qué ver con factores geográficos y culturales de la zona. En primer lugar, el Valle del Sinú es uno de los más fértiles, y en segundo lugar, la cultura algodonera de los cordobeses, que se caracteriza por tener unas agremiaciones muy fuertes, les ha permitido aprovechar mejor los estímulos del gobierno en materia de créditos y de garantías.



Ante el veto a que están sometidos la mayoría de agricultores de Córdoba y del país por parte de las entidades financieras, el Ministerio de Agricultura diseñó una figura de créditos asociativos, que son diligenciados por las agremiaciones e irrigados a todos los socios.



"La Federación presta con la cédula y la credibilidad del agricultor. Le da la semilla y los insumos para que lleve a buen término la cosecha y con esos recursos le cancele a la Federación, que se responsabiliza ante Finagro", explica Napoleón Viveros, de Comercampo, en Córdoba. En otros casos, las productoras de semillas están financiando al agricultor, no solo con el suministro de insumos, sino con recursos que son prestados con el respaldo de la cosecha, como en los Llanos, afirma Guillermo Reina.



Contratos a futuro



Pero, sin duda, lo que ha permitido dinamizar la financiación es que los industriales están asegurando la compra de la cosecha mediante operaciones forward o a futuro, que se legalizan ante la Bolsa Nacional Agropecuaria.



Si bien esta figura no es nueva y hace dos años empezó a funcionar para algodón, solo en junio se amplió a otros cultivos. La ventaja es que con el contrato firmado, y previamente contratadas las pólizas de cumplimiento, el Fondo Agropecuario de Garantías da un aval, que permite al agricultor gestionar financiación.



Para esta figura, las agremiaciones también son claves, porque facilitan el esquema al poder negociar volúmenes significativos de producción. De hecho, entre el 50% y el 60% de las 24.000 toneladas que la Andi ha comprado mediante forwards, se adquirió en Córdoba y se están cerrando operaciones en el departamento por 12.000 toneladas más.



¿La Andi negociando cosechas? Sí. La Cámara de Alimentos Balanceados está jugando un papel protagónico. En total, entre compra directa y forwards, ha negociado 65.000 toneladas de maíz y sorgo, y tiene mandato para comprar 500.000 toneladas de maíz. "La Cámara actúa como coordinadora de compra, le asigna a cada compañía cuánto debe comprar en cada zona de sorgo, maíz amarillo y fríjol soya", explica su director, Carlos Leaño.



Los forwards permiten pactar las condiciones de la compra al momento de la siembra y, de esa manera, el agricultor puede sembrar sobre seguro y el industrial garantiza sus suministros. Además, mejora las condiciones de pago, porque es casi de contado, y no a dos o seis meses como acostumbran los intermediarios.



Sin embargo, el agricultor está acostumbrado a que el precio siempre se mejora y, por eso, se resiste al forward. Como tampoco tiene la costumbre de firmar pólizas de cumplimiento, esto ha dificultado el mecanismo cuando no existen agremiaciones o cooperativas para negociar.



A pesar de esto, compañías como Finca no solo están usando forwards para cosechas de corta duración, sino que los han extendido a cultivos de largo plazo. Finca acaba de firmar forwards para 1.500 toneladas de yuca que deben ser entregadas entre enero y marzo del 2001, un esquema novedoso porque por primera vez agricultores tradicionales de minifundio se asociaron para vender más profesionalmente su cosecha.



¿Precio o rentabilidad?



En medio de todo el cambio que se está dando con la cadena productiva del maíz y también de otros cultivos como algodón, hay dos grandes intereses. En primer lugar, estimular la producción local de materia prima que en el caso del maíz es importada casi en su totalidad y, en segundo lugar, que las mejores condiciones de compra se traduzcan, en un futuro, en beneficios económicos para industriales y agricultores. Con la política actual, los precios de las cosechas se pactan con base en el precio de importación más los costos de internación, por lo que en la práctica al industrial le cuesta lo mismo importarla que comprarla a productores locales. Inclusive, los convenios de absorción siguen vigentes.



Pero lo que se busca a largo plazo es que la mayor productividad que se está obteniendo en los cultivos gracias al cambio tecnológico, las alianzas y la garantía de compra de cosecha, permita un cambio de cultura y deje atrás el tema del precio para concentrarse en el de la rentabilidad, sobre todo cuando en cinco años deben terminarse los convenios de absorción, de acuerdo con los compromisos ante la Organización Mundial del Comercio.



Como dice Gonzalo Restrepo, gerente de Finca, "en principio no hay ventaja económica porque es el mismo precio internacional, pero es la forma de darle confianza al agricultor para que vuelva al campo y vea que es rentable, y que los costos deben bajar tanto para ellos como para nosotros".



Hasta el momento, no hay duda de que los estímulos a la siembra han tenido éxito. El dúo industrial-agricultor, con el gobierno como facilitador, ha demostrado ser efectivo. No obstante, queda mucho camino por recorrer.



La modernización del agro todavía es incipiente y los incentivos a la producción no se han complementado con políticas de comercialización que hagan rentable invertir en infraestructura de almacenamiento, lo que podría ocasionar problemas si se generan excedentes de producción, dando señales equivocadas a los agricultores y desinflando el proceso.



De lo que no cabe duda es que ya hay pruebas concretas de que la agricultura puede ser rentable en el país, y de que trabajando juntos, el campo puede salir adelante.



El cambio

Los industriales están decididos a impulsar la producción local de materias primas como el maíz, después del boom importador de los 90, mientras los agricultores se están empezando a modernizar.



La cadena



Las nuevas relaciones agro-industria se traducen en alianzas para la producción, compra anticipada de cosechas y mayor transparencia entre los distintos actores de la cadena.



El resultado



La productividad del maíz se ha disparado, para llegar inclusive a 9 toneladas por hectárea.



El incremento en las rentabilidades de los cultivos ha demostrado que el campo puede ser rentable.
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