| 7/1/1997 12:00:00 AM

Presos en el vagón

Esta no es la historia de un vagón para presos sino la de unos socios del Jockey que quedaron presos en un vagón.

Al "vagón" del Jockey Club de Bogotá acuden todavía aquellos socios sin plan especial de al- muerzo. El nombre del vagón surgió porque es un cuarto en el segundo piso del club con unas mesas colocadas en forma continua, donde se pueden sentar hasta quince comensales. El cuarto tiene la forma de un vagón.



El socio que acude a almorzar al vagón tiene la seguridad de encontrarse con varios de sus amigos. Con el tiempo el vagón se convirtió en un 'tertuliadero' de primer orden y fuente de chismes bogotanos sobre el acontecer político y económico. Para validar la seriedad de un chisme bastaba decir, "me lo contaron en el vagón".



La verdad es que el vagón en su buena época alcanzó a congregar destacados personajes de la sociedad bogotana. De ahí su realce. Y fue allí donde Rodrigo Vásquez, por muchos años representante de Suramericana en Bogotá y posteriormente presidente de Reaseguradora de Colombia, adquirió fama de conocedor del mercado de capitales. Sus consejos informales sobre cuándo invertir en tal o cual acción y en general sus acertados pronósticos sobre el futuro desenvolvimiento del mercado, lo hicieron merecedor de una especial reputación. A tal punto que cuando Vásquez se retiró de la Reaseguradora, a comienzos de 1994, sus amigos del vagón le sugirieron que creara un fondo para invertir en acciones, y así aprovechar su conocimiento en ese difícil arte de ganar especulando.



No hay que olvidar que a comienzos de 1994 el ambiente económico del país era de euforia y optimismo y las acciones estaban al alza. La idea de crear un fondo manejado por el mayor experto del país en la materia parecía realmente muy atractiva. Vásquez inmediatamente acogió la iniciativa de sus amigos y la convirtió en realidad. Creó una sociedad anónima llamada precisamente Inversiones El Vagón S.A. En la carta de invitación a participar en el fondo, en mayo de 1994, decía que "un grupo de amigos me ha sugerido muy amablemente que organice un fondo, en la forma que resulte más práctico y conveniente, con el fin de que puedan hacerse inversiones en papeles de renta variable y renta fija".



La carta de invitación hacía referencia ante todo a la situación favorable que se estaba presentando en el mercado accionario. Y concluía que "las personas que han invertido en acciones bien seleccionadas de empresas colombianas han ganado muchísimo dinero en los últimos años". Sin embargo, reconocía que "la inversión en acciones implica riesgos que se eliminan en gran parte cuando se hace una inteligente escogencia y distribución de los valores, evitando altas concentraciones. Es recomendable que se invierta una parte razonable de los fondos en títulos de interés fijo para contar siempre con una buena liquidez..."



Arranca El Vagón



La voz se propagó con rapidez dentro de la sociedad bogotana de que se iba a poner en marcha El Vagón. Los comensales del Jockey se encargaron de contarle a sus amigos y éstos a sus otros amigos. La calidad de la clientela atrajo más clientela. En un momento dado se consideró un verdadero privilegio social ingresar a El Vagón.



Y así fue como se llegó a reunir a cerca de 160 accionistas entre personas naturales y jurídicas, la mayoría pequeños ahorradores, quienes a diciembre de 1994 habían suscrito acciones por la nada despreciable suma de $6.644 millones, cifra esta que siguió aumentando hasta alcanzar $8.104 millones a finales de 1996.



A El Vagón ingresaron incluso varias fundaciones de caridad, reconocidas por sus buenas obras, que invirtieron allí sus escasos excedentes, la gran mayoría asesoradas desde tiempo atrás por el propio Vásquez en manejo de sus tesorerías. También se vincularon varias empresas pertenecientes al sector asegurador como Seguros La Equidad, Seguros La Andina, Seguros Alfa, Seguros Colmena y otras. Después de todo esta era otra actividad donde Vásquez es ampliamente conocido. Pero contra la idea generalizada entre varios inversionistas de El Vagón, ninguna empresa del Sindicato Antioqueño, el antiguo empleador de Vásquez, puso un solo peso en el fondo.



Obstáculos en la carrilera



Apenas arrancó El Vagón empe- zó el desánimo en el mercado accionario. Ya en el informe a la asamblea correspondiente a 1994 se hablaba de una fuerte baja en el precio de las acciones durante el último trimestre de ese año que produjo una desvalorización en el portafolio de $273 millones. Y en 1995 el portafolio de acciones registró una desvalorización adicional de $599 millones.



Pero aunque era cierto que el mercado accionario se deprimió debido a la situación general del país, también lo era que la escogencia del portafolio de acciones no había sido del todo afortunada. Por ejemplo, de manera inexplicable se compraron acciones de Mineros de Antioquia, Eternit, Cadenalco y Banco de Colombia, las dos primeras consideradas como "huesos" en el mercado y las otras dos como poco atractivas (Vásquez pertenece a la junta directiva de Mineros).



De hecho, desde sus inicios el fondo tomó un rumbo al que se anunció en el prospecto de su constitución. Ahí se sostenía que el portafolio ideal debía ser 65% en acciones, 25% en papeles de renta fija y 10% en propiedad raíz. Por otro lado, los socios iniciales siempre pensaron que de lo que se trataba era de invertir en acciones principalmente. Después de todo era en ese campo donde se requería la asesoría de Vásquez, puesto que no era necesario pagar una costosa intermediación para suscribir títulos de interés fijo. Sin embargo, ya en diciembre de 1994 y debido a la situación del mercado accionario los papeles de renta fija constituían el 66,5% de las inversiones totales de El Vagón y las acciones sólo el 26,6%. Desde ese entonces El Vagón ha sido ante todo un fondo donde la participación de la renta fija ha oscilado alrededor del 60%.



A medida que se liquidaban a pérdida las acciones inicialmente adquiridas y se mantenía una alta proporción de inversiones en renta fija, el fondo optó por diversificar su portafolio con la compra de cerca de 600 metros cuadrados en un proyecto de oficinas llamado 100 Street (calle 100 con carrera 9A en Bogotá) que posteriormente se quebró. Las dificultades financieras por los que ha atravesado este proyecto ha constituido un golpe adicional a las finanzas de El Vagón.



A diciembre 31 de 1996 las inversiones en propiedad raíz sumaban más de $2.000 millones, o sea un 19% del portafolio total. Pero dentro de ellas el piso del edificio 100 Street está valorado en $1.500 millones, lo cual puede ser excesivo dada las demoras en la terminación del proyecto y la abundante oferta de oficinas de este tipo en Bogotá.



De lo simple a lo complejo



En enero de 1995 la acción de Inversiones El Vagón fue inscrita en la Bolsa de Bogotá para darle una mayor liquidez, objetivo que no se ha logrado debido a las pérdidas que ha sufrido durante sus tres años de vida.



En 1995 también se creó Inversiones El Vagón Panamá para invertir en acciones de la Bolsa de Nueva York, un campo en el cual Rodrigo Vásquez es también reconocido como un experto. De hecho estas acciones han tenido una valorización que puede ser considerada como satisfactoria. Por ejemplo, durante 1996 las acciones que se adquirieron en Nueva York tuvieron una valorización de 18,5% en dólares. Sin embargo, dado que la devaluación en ese año fue sólo de 1,3%, el rendimiento total en pesos ni siquiera compensó la inflación. Varios accionistas se preguntan si vale la pena todo este andamiaje para obtener rendimientos inferiores a la inflación. Además, existe la preocupación de que el mercado de acciones en Nueva York ya se encuentra en niveles muy altos y puede sufrir una "corrección" que reduzca sustancialmente el precio de estas acciones.



Como si fuera poco, también en 1995 se constituyó la Promotora El Vagón con el ambiguo encargo de estudiar, gerenciar, promover y vender proyectos. Se designó como su presidente a Néstor González, ex presidente de Indega y experto en la actividad de la construcción. Inversiones El Vagón participa con el 60% del de la promotora. La verdad es que la mayoría de los accionistas no tenían en sus presupuestos iniciales crear promotoras de ninguna especie, con encargos completamente divorciados del objetivo inicial.



A bajarse del vagón



¿Pero cuándo? Este último es el angustioso interrogante que se plantean la mayoría de los inversionistas iniciales de El Vagón. Incluso algunos de ellos resolvieron darse la pela y arrojarse de un tren en movimiento. Vendieron sus acciones muy por debajo del valor patrimonial de la acción ($137) e inclusive por debajo del valor nominal ($100). Se habla de un desesperado inversionista que vendió a $85 la acción, o sea un 15% por debajo del valor nominal.



La verdad es que los inversionistas iniciales, que durante los casi tres años de existencia del fondo habían recibido algunas pocas acciones adicionales en lugar de dividendos, asumieron ya como pérdida el costo de oportunidad de su dinero durante todo ese tiempo. Pesos más pesos menos, por cada $100 invertidos obtendrían, tres años después, los mismos $100. Es decir, dejaron de percibir los rendimientos que hubieran producido esos $100 durante 36 meses.



Pero el problema para los pasajeros de El Vagón es más dramático todavía. Si todos salen a vender en la bolsa el precio puede desplomarse a una cifra muy por debajo del valor nominal. Si no lo hacen las perspectivas no son halagüeñas. El Vagón sencillamente no está estructurado para producir utilidades. A menos que se dedique a apostar lotería y se la gane. Y la razón es muy simple. El Vagón tiene unos costos altísimos de administración, que incluyen no solamente los costos normales para este tipo de fondos (gerente, asesor jurídico, contador, secretarias, piso, etc.), sino que el 10% de los rendimientos nominales se los lleva la sociedad administradora, nada menos que Vásquez Asesores en Inversiones Compañía Ltda.



En 1996, en el tercer año de funcionamiento de El Vagón, los gastos de administración representaron el 34% de los ingresos operacionales, porcentaje absurdamente elevado para este tipo de fondos, ya sea aquí en Colombia o en Cafarnaún. Para que estos costos empiecen a ser de verdad competitivos se requeriría por lo menos triplicar el portafolio del fondo. De todas maneras, será muy difícil que con los rendimientos de un portafolio compuesto ante todo de papeles de renta fija y malas inversiones en finca raíz, los inversionistas iniciales logren recuperar las pérdidas reales en las que ya incurrieron después de tres años de vida del fondo.



Todo queda en familia



Según estatutos, la duración de El Vagón está hasta el 24 de junio del año 2044. Para ese entonces ya habrán desaparecido los inversionistas iniciales y el fondo sería manejado por los bisnietos de Rodrigo Vásquez. Hoy en día su hijo Daniel Vásquez es el gerente, el asesor jurídico Diego Muñoz es su yerno y Felipe Urrutia, su otro yerno, es miembro principal de la junta.



Claro está que para antes de esa fecha ya se habrá esfumado por completo el ahorro de muchos pequeños inversionistas socios del Jockey, al igual que el dinero de fundaciones que atienden a ancianos, indigentes y personas necesitadas en general. Uno de los socios del club comentaba que si El Vagón no se detiene no sería de extrañar que dentro de pocos años los inversionistas iniciales se verían forzados a acogerse a los servicios de esas fundaciones de caridad, pero el problema va a ser que por ese entonces esas fundaciones habrán cerrado sus puertas porque ellas también están en El Vagón.



Quedan dos alternativas. Una es la de darle a algunos socios, los pequeños no institucionales, un porcentaje significativo de su inversión inicial. Pero esta solución no resulta práctica por la conocidísima máxima de que en circunstancias como la de El Vagón "o todos en la cama o todos en el piso". La verdad es que si se descapitaliza el fondo las pérdidas aumentarían.



La otra alternativa sería la de frenar en seco a El Vagón, cueste lo que cueste. Desde el punto de vista de los achaques de salud de los socios, esta es la mejor alternativa. Pero para que ello suceda se necesita que los socios institucionales se pellizquen y apoyen la drástica medida. Infortunadamente ello no parece tan fácil debido a que la mayoría son aseguradoras, que tradicionalmente actúan sin ningún afán y con un confuso criterio de rentabilidad.
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