| 5/12/2006 12:00:00 AM

Operación triunfo

Una red de productores patrocinada por el gobierno de Holanda busca romper el círculo vicioso que les impide a las comunidades aprovechar los beneficios de comercializar productos orgánicos.

Cuando se lanzó el programa de sustitución de cultivos ilícitos en el Guaviare, los campesinos de la zona empezaron a cultivar frutos amazónicos como cocona y arazá. Las expectativas sobre los nuevos cultivos eran altas: se trataba de productos exóticos cultivados de forma amigable con el ambiente, lo que aseguraba que se pagara un precio más alto por ellos en el mercado. Sin embargo, cuando las cosechas empezaron a salir, se enfrentaron a un problema ¿a quién venderle? Así nació hace cuatro años la red Tulasi, nombre que tomaron de la diosa que hace realidad todos los sueños. Aunque empezó como una empresa familiar, hoy reúne a 30 productores y 40 familias guardabosques, explica Olga Patricia Gómez, líder del proyecto.

Consiguieron ayuda de Naciones Unidas y en diciembre pasado, lograron entrar a Carrefour con productos hechos a base de arazá, cocona, lulo amazónico, borojó y piña nativa, entre otros. Sin embargo, la difícil logística para atender los pedidos desde el Guaviare y la falta de recursos para poner impulsoras que den a conocer y enseñen a consumir el producto, le han mostrado a Tulasi que no basta con conseguir un comprador. "Traer menos de 500 kilos a Bogotá no es rentable para nosotros. Pero como la gente no sabe cómo consumir la cocona o el arazá, las ventas no son tan altas", señala Gómez.

Por su parte, Asarig, la Asociación de Artesanos Indígenas del Guaviare, nació de la necesidad de las familias indígenas de conseguir empleo y darles educación a sus hijos. "Hoy somos 60 familias. Todos trabajamos en artesanías y para no acabar nuestras materias primas, hemos estado reforestando con palma de cumare y guaruma", explica Clemente Gómez, presidente de Asarig. "El problema es que siempre hemos tenido nuestro comercio en el mercado local, para subsistencia, y no tenemos experiencia en comercializar nuestros canastos, bolsos, collares, manillas…", afirma.



A unir esfuerzos

Lo que les pasa a Tulasi y Asarig les sucede a cientos de comunidades que podrían obtener muy buenos ingresos de la venta de sus productos orgánicos y de comercio justo en los mercados internacionales, pero que no cuentan con la organización ni los recursos para hacerlo. "México, Perú y Ecuador tienen un buen avance en la venta de productos orgánicos, pero el potencial de Colombia es más alto que el de los demás, por el café", señala Joost Pierrot, consultor de CBI, la organización holandesa que promueve y fomenta las importaciones de países en desarrollo hacia Europa.

Una muestra de esto es que durante la feria Biofach, que se realizó en Nuremberg (Alemania) a mediados de febrero pasado, solo había una comercializadora internacional de orgánicos de Colombia, mientras había 5 expositores de Ecuador, 9 de Perú, 16 de Bolivia y 32 de Brasil.

"Hay mucha gente trabajando en el tema y produciendo, pero les falta un empujón, buscar un contacto, recursos para obtener las certificaciones, mercadear sus productos, acopiar mercancías para abastecer a las grandes superficies", explica Guillermo Rodríguez, director la Red Colombiana de Productores Comunitarios Ambientalmente Amigables, una iniciativa apoyada por la embajada de Holanda que busca mejorar el acceso de productos y servicios ambientalmente amigables del sector comunitario al mercado.

La red reúne a 70 comunidades de todo el país que tienen producciones que van desde plantas de uso medicinal y culinario, café y frutos amazónicos, hasta ecoturismo. "Este proyecto está enmarcado en las necesidades de la gente, en lo que les hace falta para salir del círculo vicioso de no poder vender. Vamos a ayudarles con empaque, certificación de orgánico, registro de Invima… las cosas puntuales que les garanticen la sostenibilidad", explica Rodríguez.

Ya se está avanzando en aprovechar economías de escala con un plan piloto. La red contrató una empresa de almacenamiento y transporte que disminuya los costos para los productores, así como una especializada en mercadeo, y se está implementando para todos los miembros una herramienta tecnológica que permita la recepción de órdenes de compra.

El gran proyecto es construir una marca sombrilla que agrupe determinadas líneas de producto, para así poder participar en ruedas de negocio con un amplio portafolio de productos, y hacer economías de escala. "La idea de la cooperación horizontal es entre todos salir a los mercados nacionales e internacionales. Y la única manera de posicionar los productos orgánicos y que tomen fuerza, es con una marca sombrilla", señala Rodríguez.
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