| 5/1/1993 12:00:00 AM

¿Los banqueros de Dios?

Fundación Social y su grupo de empresas dan de qué hablar al triplicar en tres años sus utilidades. ¿Cuál es la clave?

La Fundación Social es una obra llevada bajo los designios de la comunidad jesuita en Colombia, pero administrada por laicos, muchos de ellos ejecutivos de gran pedigrí en el mundillo financiero y político del país. Una fundación conocida comúnmente como el Grupo Social, un híbrido un poco difícil de comprender que une lo social, lo eclesial y lo empresarial y que según sus estatutos busca "la construcción de una sociedad más justa y más próspera".

¿Cuál es el origen del Grupo Social?

El 30 de agosto de 1910 llegó a Bogotá el padre José María Campoamor, un jesuita español que venía impregnado de una conciencia de ayuda asociativa. El 14 de enero de 1911 fundó un Círculo de Obreros y su Caja de Ahorros, entidades sin ánimo de lucro. Los excedentes de su actividad no se reparten a nadie en particular sino que se dedican a obras de bien común.

José María Campoamor, nacido en Galicia el 13 de agosto de 1872, decidió alistarse a los 16 años en la Compañía de Jesús y un año después de ser ordenado sacerdote recorrió Alemania, Francia, los Países Bajos y Austria, en donde conoció en forma directa las organizaciones obreras católicas y su funcionamiento. A su llegada a Bogotá, Campoamor, aplicó la misma fórmula que hacía furor en Europa de formas asociativas. Damas de la sociedad bogotana le dieron los primeros dineros para sus obras de ayuda a indigentes y la sociedad San Vicente de Paúl le entregó un inmueble, que de inmediato fue acondicionado como comedor para niños de la calle.

Después surgió así el Círculo de Obreros, con una estructura jerárquica peculiar. Un grupo de personas llamadas protectores, subdividido a la vez en un grupo de señores y un grupo de señoras, orientaba la administración general. De otro lado estaban los llamados beneficiarios, subdivididos en grupos de obreros y grupos de obreras.

El dinero de los ahorradores era recibido por las llamadas marías, campesinas recolectadas por el padre Campoamor en las plazas de mercado de Boyacá y Cundinamarca. Se trataba de señoritas solteronas que no pertenecían a la vida religiosa pero que llevaban una vida monacal. Con las marías, en lugar de en cajas fuertes, el dinero recibido era depositado en cajas de galletas saltinas.

Los delegados de protectores y beneficiarios conformaban el Consejo de Administración. Bajo esa estructura jerárquica muy democratizada, la obra tomó gran fuerza a finales de esa década. Después de1946, con la desaparición del padre Campoamor, un cura duro, recio, experto en conducir a los obreros y manejar a sus líderes, la obra tuvo al frente a varios sustitutos, no todos con el mismo carisma y por eso hubo altibajos en la labor social. La obra se mantuvo pero no siguió con el mismo dinamismo, hasta comienzos del decenio del 70.

Entonces llegó a la obra el padre Adán Londoño Rodas, con el carisma suficiente para reanimarla y quien se alió con otros ejecutivos laicos, con Ignacio de Guzmán a la cabeza, para que le ayudaran en los campos económico y financiero. La primera idea fue liquidar la Caja de Ahorros, pues se trataba de una institución caduca, sin cajeros profesionales, que se encargaba de sostener unas escuelitas elementales. Sus oficinas parecían un cuadro costumbrista perdido en la historia, sus escritorios llenos de telarañas y atendidas por unas mujeres que no disimulaban para nada sus alpargatas y su vestimenta de domingo en feria de pueblo.

Además, en 1972 se cernió una gran amenaza sobre la Caja Social de Ahorros, al anunciarse la implantación del llamado sistema Upac. En forma tradicional la caja de ahorros ofrecía intereses del 40% anual sobre saldo mínimo trimestral. La Upac llegó reconociendo inflación más ocho puntos. Se trataba de una competencia demoledora. El presidente Pastrana ofreció a los jesuitas un cupo para una corporación y de ahí nació la Corporación Social Colmena. El objetivo inicial de su primer presidente, Mario Alberto Rubio, era permitir el desmonte de la Caja de Ahorros, la que hasta esos momentos era la única generadora de recursos para el Círculo de Obreros.

Para dar una idea de lo que era la Caja en esa época, manejaba apenas unos $150 millones en depósitos (hoy se acercan a los $170 mil millones). La sorpresa fue mayúscula cuando la Caja no sólo se fortaleció y creció en forma impresionante desde allí, de la mano de Ismael Cabrera, sino que Colmena también tuvo éxito y tomó gran tajada del mercado. El éxito mayor de las dos entidades fue el de abrir oficinas en los barrios populares, a donde precisamente no iban los grandes bancos por ese entonces.

La novedad fue absoluta. "Nos llevaban los billetes en costales. Generalmente recién sacados de debajo del colchón, donde era costumbre ahorrarlos en la época. Eran billetes deteriorados y malolientes", recuerda Ismael Cabrera, expresidente de la Caja. Sin embargo el primer gran escollo interno surgió cuando se trató de modernizar la entidad y profesionalizar a las marías. El primer encargo que recibieron los nuevos administradores fue revestirlas. El segundo paso, reclasificarlas, pues algunas conocían el negocio pero otras eran simples aficionadas. A muchas de ellas, mujeres de edad, se les permitió pensionarse, e incluso fueron llevadas a ancianatos del Grupo. Las más jóvenes fueron capacitadas y muchas de ellas son hoy gerentes de oficinas de las entidades financieras del conglomerado.

Con el tiempo se agregaron otros negocios necesarios al desarrollo de la obra general. Así nació en 1974 la Promotora, hoy Constructora Colmena, que comenzó con planes de vivienda popular. La lista fue ampliada con Cenpro (1975), en televisión, Servir (1976) dedicada a la recreación, Projuventud (1977) que se dedicó a la formación de líderes obreros. Surgieron después los Centros de Capacitación Popular, Cencaps, para encauzar microempresarios. En 1978 se fundó la caja de compensación familiar Compensar. Ya en la década del ochenta se complementó el negocio financiero con Seguros Colmena. Siguieron la fiduciaria, una compañía de leasing, la inversora y la capitalizadora y más recientemente entró en el mundo de la salud prepagada y conformó una sociedad administradora de pensiones y cesantías.

Hasta aquí la historia es rosa. En diciembre de 1980, por el número cada vez más creciente de nuevas compañías complementarias, se decidió crear la Fundación Grupo Social, coordinadora de todas las vinculadas. Al mismo tiempo se le asignó al Círculo de Obreros la función de constituirse en la conciencia moral del Grupo. El Consejo Directivo era el máximo organismo que nombraba al director social y al presidente (ya no el provincial de la Compañía de Jesús).

No bien comenzaron a funcionar los cambios, también se iniciaron los conflictos. Desde 1976 venían dándose algunas discrepancias entre miembros del Consejo Social y el director general del Círculo de Obreros, padre Adán Londoño, en cuanto a las obras sociales y hacia qué compañías debían dirigirse los recursos económicos. Finalmente se armó el esquema alrededor de la Fundación Social, tal como funciona actualmente.

Fue restablecido el Consejo Social como órgano rector del manejo de obras sociales. Hubo relevos en todos los frentes porque la Compañía de Jesús quería intervenir un poco más. En el preámbulo de los estatutos, a partir de esa crisis

se advierte que la Fundación Social "es orientada en los aspectos social, moral y apostólico por la Compañía de Jesús, quien ni deriva beneficios ni tiene responsabilidad alguna en la gestión económica, la cual corresponde a los órganos rectores."

Para los directivos de la Fundación, entre ellos Alvaro Dávila, gerente general, y el padre Hernán Umaña, actual director social, el problema más complejo ha sido hallar el justo medio de todo el negocio. ¿Hasta dónde debe ir lo empresarial y hasta dónde lo social? Consideran que el fin de la obra, aunque amplio y complejo, es contundente y preciso, pero la enseñanza de la crisis de 1984 ha dejado sus lecciones.

Sin duda se trata de una respuesta difícil cuando la utilidad antes de impuestos de las empresas de la Fundación Social llegó a los $21.000 millones el 31 de diciembre de 1992, nivel que apenas era cercano a los $6.000 millones a finales de 1989. La Caja Social entregó utilidades por unos $25.000 millones durante los últimos dos años.

El caso de la Caja Social sirve para desmontar algunas de las teorías repetidas sobre el manejo de las grandes empresas del país. La Caja es la entidad financiera con la propiedad más monopolizada que existe en el país, pues tiene un único dueño que es la Fundación Social. Sin embargo, es la entidad con el crédito más democratizado de que se tiene noticia. Al analizar los rangos de préstamos colocados entre octubre de 1992 y febrero de 1993, el 75% equivale a créditos inferiores a dos millones de pesos y únicamente el 4,4% corresponde a más de cinco millones de pesos. El 61% de los créditos está colocado entre personas con ingresos mensuales inferiores a cinco salarios mínimos y el 94% en personas con ingresos mensuales inferiores a 14 salarios mínimos.

Esta democratización del crédito, que puede traducirse en mayores riesgos de cartera, implica que los recursos deben ser baratos. Mientras a septiembre de 1992 todo el sector bancario colombiano reconocía en promedio 25% de interés anual a los depósitos de sus ahorradores, la Caja lo hacía al 23%. Y mientras los restantes bancos prestaban al 34%, la Caja lo hizo al 39%. En promedio los bancos tenían un margen de intermediación del 9% y la Caja del 17%, es decir, casi el doble de los demás.

A las utilidades también ha contribuido un "mico" de la reforma tributaria de 1986. Mientras que la norma general ordenó gravar a las entidades de utilidad común del sector financiero con una tarifa del 20% (contra el 30% general), un artículo de la reforma creó una comisión que puede exonerar el pago de impuestos a esas entidades si justifican su labor social. Hasta el momento la Caja no ha tributado.

En últimas, controvertido o no, el modelo económico de cooperación social y político ha probado ser de éxito.
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