| 7/2/1999 12:00:00 AM

Lloreda al final del túnel

Le llegó el momento de la verdad al grupo Lloreda. Los acreedores pronto decidirán qué va a pasar con la deuda.

A comienzos de junio, el grupo Lloreda entró en cesación de pagos sobre su deuda con el sector financiero, que se acerca a los $300.000 millones e involucra cerca de 60 entidades. Con la decisión, que la administración evitó mientras pudo, se abre el capítulo de la solución final para la firma. Si los acreedores son capaces de llegar a un acuerdo, Lloreda Grasas podrá seguir existiendo como una de las empresas de más avanzada tecnología en su sector el Grupo Andino. De lo contrario, una pelea entre los bancos por salvar lo que más pueda cada uno en la crisis podría traer no sólo el fin del grupo, sino que también implicaría un golpe duro a los estados financieros de muchos bancos que no tienen garantías adecuadas.



El manejo que se le dé a esta situación será el precedente que todo el mundo va a considerar en el futuro próximo, en esta época cuando las altas tasas de interés y el bajo crecimiento económico son el reflejo del deterioro creciente de la cartera de las entidades financieras y de las relaciones entre ellas y sus clientes.



Lloreda se equivocó en su evaluación del mercado, pero los bancos se equivocaron fuertemente en la evaluación del riesgo.



¿Cómo pudo pasar?



La historia detrás de los problemas de Lloreda Grasas es la de un empresario visionario y soñador, que tomó decisiones arriesgadas en un momento inoportuno. Armando Lloreda estaba empeñado en crear un grupo industrial a la altura de los primeros del país alrededor de Lloreda Grasas. Para lograrlo, desde comienzos de los años 90 emprendió una completa renovación tecnológica en la empresa, que financió con una agresiva estrategia de apalancamiento.



Los grandes riesgos traen grandes ganancias o grandes problemas y, en este caso, ocurrió lo segundo. Las condiciones del entorno cambiaron a medida que avanzó la década. La apertura trajo una fuerte competencia para el mercado local y, si bien Lloreda estaba bien preparado tecnológicamente, la invasión de marcas borró las diferencias y convirtió a los aceites y grasas en commodities. En la época más reciente, el alza de las tasas de interés ha tenido un impacto devastador sobre la empresa. Las refinanciaciones se han hecho con intereses cada vez más altos, de modo que sólo han servido para dilatar la llegada de una solución y agravar la situación.



Pero si Lloreda hizo apuestas que no pagaron, el sistema financiero también se equivocó muy seriamente al prestarle tanta plata. No era imposible adivinar la eventual incapacidad de pago de Lloreda. Los intereses de una deuda de $300.000 millones, por barata que sea, superan los $100.000 millones al año. Entre 1995 y 1997, las ventas de Lloreda Grasas se han acercado a $200.000 millones al año. Ningún prestamista debería esperar seriamente que una empresa le dedique la mitad de sus ingresos al pago de intereses. Incluso si se tienen en cuenta los dividendos que le corresponderían en la Corporación Financiera del Valle (una suma que no superaría los $7.000 millones en 1997), Lloreda Grasas estaría lejos de poder servir la deuda. Cómo pudo endeudarse Lloreda hasta estos niveles y cómo fue posible que hasta hace pocas semanas muchos bancos tuvieran clasificada a esta empresa como un deudor de primera categoría son dos preguntas que llevan a grandes dudas sobre la seriedad del análisis de crédito en las entidades financieras y sobre la calidad de la supervisión bancaria.



A negociar

Lloreda Grasas decidió finalmente enfrentar la realidad financiera de su negocio y acaba de presentar una propuesta de solución a sus acreedores. Pagaría una parte de la deuda con activos de la empresa que no están directamente relacionados con la actividad central del negocio y que podrían valer entre $20.000 millones y $30.000 millones.



Armando Lloreda, presidente de Lloreda Grasas.*



Otra parte la pagaría con las acciones que poseen siete empresas holding del grupo Lloreda en la Corporación Financiera del Valle (CFV), con las que controlan el 50,1% de la Corporación. Aspira a que el paquete de acciones sea recibido en bloque, para que el nuevo tenedor tenga control de la corporación, lo que ayudaría a elevar la valoración de las acciones. El resto correspondería a una reestructuración de deuda.



Sobra decir que la negociación con los acreedores será muy difícil. El valor de los dos activos más importantes en la mesa es, en realidad, una pregunta abierta.



¿Cuánto vale la CFV? El valor del patrimonio en libros en marzo de este año era de $484.000 millones. No hay ninguna regla preestablecida que permita fijar un precio de mercado como múltiplo del valor patrimonial. En el caso de una corporación financiera como ésta, en el cual el portafolio es fundamental en la valoración, habría que entrar a establecer las perspectivas de cada una de las empresas que lo componen. Es reconocido en general, sin embargo, que este portafolio es de excelente calidad, en especial por las inversiones en el sector eléctrico y en cementos. Las valoraciones informales de las que se habla fluctúan entre US$300 millones y US$700 millones, de modo que, dada la participación de Lloreda en la CFV, estas acciones podrían aportar al pago de su deuda entre US$150 millones y US$350 millones.



¿Qué tanta deuda podría asumir Lloreda Grasas después de una reestructuración? Una empresa en este sector no debería comprometer más del 5% de sus ventas anuales en el pago de intereses, de modo que el flujo anual no debería superar los $10.000 millones a $12.000 millones y la deuda total debería ser del orden de $30.000 millones a $35.000 millones. Se debe tener en cuenta, además, que Lloreda Grasas se está desempeñando en un entorno difícil. En 1997 la devaluación encareció sus materias primas, mientras que la aguda competencia limitó drásticamente la posibilidad de aumentar los precios de sus productos. Lloreda Grasas se está desplazando hacia productos en los que la marca tiene mayor importancia y arrojan mayor valor agregado. Desde el punto de vista tecnológico, está bien parada para lograr este objetivo: ha ganado el Premio Nacional de la Calidad y está a punto de lograr una certificación ISO 9002. Pero ésta es una estrategia que toma tiempo para traducirse en flujos estables de caja.



Es posible, entonces, que Lloreda Grasas no tenga la capacidad de asumir la deuda que quede después de disponer de los activos de la Corporación. En ese caso, las entidades financieras tendrían que quedarse con la propia empresa. El valor de Lloreda Grasas se estima entre US$60 y US$150 millones.



La situación de Armando Lloreda, entonces, depende de las valoraciones que los acreedores hagan de sus activos. Si la CFV y Lloreda Grasas se valoran en los límites más altos estimados, Armando Lloreda podría salir de la situación manteniéndose como la cabeza de un importante grupo industrial. En el límite inferior, podría tener apenas el dinero necesario para pensionarse.



Acreedores enredados

Pero para complicar las cosas, aparte del tema de la valoración de estas acciones hay otro, incluso más difícil de resolver, que tiene que ver con la forma en que las garantías de la deuda están distribuidas entre los diferentes bancos.



Luis Carlos Valenzuela, presidente de la Corporación Financiera del Valle.*



Mientras que cerca de la mitad de la deuda está respaldada por acciones de la CFV, el resto tiene como garantías activos de Lloreda Grasas, de muy diversa liquidez, y pagarés cuyo respaldo es sencillamente la firma del deudor.



Esta heterogénea distribución de las garantías hace que sea muy difícil llegar a un acuerdo entre los acreedores. Quienes tienen su deuda respaldada en acciones de CFV quieren que se las entreguen para terminar su participación en el problema. No les interesa que se distribuyan entre todos, incluyendo a los que cometieron los mayores errores en la evaluación de los riesgos.



Y, a su vez, los demás harán lo posible por impedir que los mejores activos de pago queden en unas pocas manos. Los tenedores de las garantías menos buenas tienden a ser los acreedores más pequeños y menos poderosos en una negociación. Sin embargo, tienen en sus manos un arma de gran alcance: pueden solicitar formalmente a la Superintendencia de Sociedades que se inicie un concordato. Si esto ocurre, todos los bancos implicados en el problema tendrían que provisionar la deuda. Si se tiene en cuenta que las utilidades del sistema financiero en el primer trimestre fueron de $80.000 millones, que los resultados a junio muy probablemente serán aún más débiles y que las entidades financieras tendrían que provisionar la mitad de la deuda en los seis meses posteriores a la entrada en concordato, es claro que el impacto de esta decisión sobre los resultados del sistema sería muy significativo.



Los acreedores deberían ponerse de acuerdo para permitir que Corfivalle opere en las mejores condiciones. Sólo así se preservarán los intereses de todos los involucrados.



¿Qué va a pasar?



Esta etapa final de las negociaciones apenas comienza, pero sólo son posibles dos resultados: o bien los acreedores cooperan para encontrar una salida rápida y se permite que alguien se quede con participación mayoritaria en la Corporación Financiera del Valle, o hay un conflicto general en el que todos los acreedores entran a pelear por unos bienes que pierden valor una vez se fragmentan.



Un elemento crítico en la solución debería ser mantener en las mejores condiciones a la Corporación Financiera del Valle. La Corporación es la joya de la corona para los acreedores, pero sólo puede mantener su valor si la dejan trabajar. Una competencia entre acreedores por fracciones de la CFV sólo introduciría un ruido innecesario en su operación cotidiana.



Para que haya cooperación debería triunfar la racionalidad, que hasta ahora ha brillado por su ausencia. En el pasado, el deseo de Armando Lloreda de construir un gran conglomerado industrial se conjugó con el deseo de los bancos grandes y pequeños de entregarle plata sin ponerles mucha atención a las cifras básicas de la empresa. En este momento, se necesitaría que todos aceptaran su parte del error y aportaran a una solución común. El caso de Lloreda Grasas, además, probablemente no será el único de una gran empresa devorada por las deudas este año y el que viene. Más vale que todos los implicados decidan usar su imaginación y su buena voluntad para llegar a un arreglo, porque pronto podrían tener que aplicar en otras partes las lecciones aprendidas en esta situación.



Y hay otra lección que debería quedar de aquí. La falta de agilidad de Lloreda en la venta de las acciones de Corfivalle y la baja capacidad para comunicar al público lo que estaba sucediendo han contribuido a enrarecer el ambiente y a dificultar más allá de lo necesario la operación tanto de Lloreda Grasas como de la CFV. En el medio financiero colombiano, en el cual la información sólida es menos abundante de lo que muchos quisieran reconocer, los rumores son una moneda con un valor demasiado alto. Cuando llega el inevitable momento de reconocer la verdad, se paga un precio que se podría haber evitado si hubiera habido voluntad de todas las partes para mantener un canal de información claro desde un principio.
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