| 9/18/2009 12:00:00 AM

Innovación, el corazón de una revolución verde

Las innovaciones -no los subsidios- les permitirán a los agricultores defenderse de la volatilidad de los precios y de la revaluación que, sin duda, rondará la economía colombiana. ¿Qué se está haciendo al respecto?

Rusia es el mejor mercado del mundo para las flores colombianas. Mientras en Estados Unidos le pagan al productor US$0,25 por una rosa, en Rusia recibe el doble, US$0,50, por cada tallo. Entonces, ¿por qué no vender en Moscú toda la producción nacional? No es posible, porque las flores que se demandan en ese lugar son sustancialmente distintas a las que se comercializan en Estados Unidos, el país en el que Colombia concentra sus ventas desde el inicio de esta industria en los años setenta.

"Los rusos quieren tallos y botones más grandes", explica el presidente de la junta de Wayúu Flowers, Juan Manuel Gutiérrez. Ese tipo de flores solo se puede conseguir si se modifica el proceso de producción en varios sentidos. Se deben usar plásticos más luminosos en los invernaderos, emplear hormonas -que son un riesgo porque, mal utilizadas, pueden deformar las plantas-. Además, las rosas deben ser cortadas en un momento diferente al usual en el mercado estadounidense.

Esto, sin embargo, no ha sido obstáculo para que en los últimos cinco años una docena de productores nacionales desarrollaran la tecnología para producir dichas rosas grandes. Cada quien ha encontrado su receta y guarda los resultados con gran sigilo. "Cada empresa lo hace individualmente, porque es un secreto industrial. Se conocen los hechos generales pero no la formulación exacta, que requiere muchísima precisión", señala Juan Manuel Gutiérrez. "Toda variedad de rosa se comporta diferente". La dosis es lo que la finca estudia y adapta para conseguir esa ventaja tremenda que le significa duplicar su precio de venta.

Este es apenas uno de los muchos ejemplos de avances técnicos que aparecen con más frecuencia en el campo colombiano y que ahora se requieren para que los negocios rurales subsistan.

La amenaza para el campo está en la revaluación, que no va a desaparecer pronto (ver Revaluación: una realidad en Dinero No. 333). El ciclo de precios de los bienes agrícolas va al alza pero, en general, en Colombia pesa mucho el comportamiento del dólar sobre los ingresos de los productores. Por eso, a menos que haya un crecimiento sensacional en las cotizaciones internacionales, parecen venir tiempos de precios moderados.

Por ello, las mejoras en la productividad o la transformación de los productos se volverán la diferencia entre seguir y desaparecer del mercado.

Los subsidios ahora son más difíciles de obtener. Hace tres años, el Gobierno les dio a los floricultores y bananeros más de $1 billón para compensarlos por las pérdidas cambiarias, con el fin de evitar una reducción de empleos. En ese momento se argumentó que el fenómeno había sido inesperado. Es bien difícil argumentar lo mismo hoy. Además, con la reducción en los recaudos de impuestos, el margen fiscal para los subsidios parece más bien estrecho.

La vía de la innovación

Pero no se necesita que los subsidios desaparezcan para que los productores agrarios decidan cambiar de estrategia. Lo que se requiere, para que se dejen de andar detrás de los subsidios y se decidan a innovar, es que hagan sumas y restas o, para ponerlo en otros términos, que sean empresarios. Como en el caso de las rosas, muchas de las tecnologías disponibles mejoran dramáticamente la rentabilidad de los emprendimientos rurales.

En arroz, por ejemplo, hay un sistema colombiano que está en funcionamiento en algunas fincas del Tolima, en el que se cuidan las plantas los primeros 20 días en un vivero en el que se les aplican a las pequeñas plantas elementos que hacen crecer la raíz tres veces más que el promedio y luego se siembran en lotes que se mantienen inundados.

Con este método, la producción por hectárea aumenta por lo menos en 25%, los costos se reducen en cerca de 20% y la rentabilidad alcanza el 40%, sostiene Mauricio Uribe, de Servitrasplantes.

Pero hay más técnicas que ahorran costos. Los biofertilizantes desarrollados por Corpoica usan bacterias que fijan el nitrógeno atmosférico en las raíces de las plantas. Con eso, se reduce en un 50% el uso de abonos químicos, como la úrea, que vale $43.000 bulto. Inicialmente, estos fertilizantes se diseñaron para algodón, pero se podrán usar pronto en ají y lechugas.

El riego por goteo es otra de ellas. En los viveros para las palmas de aceite se pierde normalmente el 15% de las plántulas cuando se riegan con aspersores, dice Yizhar Eilat, de Metafilm. Cuando se usa riego por goteo, se pierden entre 0% y 5%. Además, se reduce a la mitad el uso del agua, al igual que se rebaja la cantidad de fertilizante empleado en las siembras. La inversión de US$10.000 por hectárea se recupera en un año.

Hay otros métodos para reducir costos. En general, los organismos genéticamente modificados usados en Colombia bajan los costos porque son resistentes a plagas y con ello ahorran las labores para controlarlas. Sin embargo, en esto hay riesgos. En Colombia se siembran algodón y maíz transgénico que son resistentes a insectos y en la pasada cosecha de algodón transgénico en la Costa, los rendimientos estuvieron 300 kilos por hectárea bajo lo esperado.

El antídoto contra la revaluación

Otras innovaciones mejoran la productividad de las siembras. Este proceso es más lento, pero tiene retornos igualmente importantes.

En cacao, Corpoica y la Universidad Nacional desarrollaron clones precoces y mucho más productivos. Mientras que hace diez años el promedio de producción estaba por los 400 kilos por hectárea al año, hoy está en 2.000 kilos, afirma el director de desarrollo tecnológico del Ministerio de Agricultura, José Leonidas Tobón. Este es un resultado interesante porque en el país hay 900.000 hectáreas óptimas para siembra de cacao y solo hay 120.000 plantadas.

Fedecaucho, Corpoica y la Universidad Nacional desarrollaron especies de caucho que producen en cinco años, en lugar de los ocho requeridos hace diez años. La producción también pasó de 1.000 kilos a 2.000 kilos por hectárea por año en ese lapso.

El mejoramiento genético en yuca industrial, en los últimos 15 años, permitió que los rendimientos aumentaran de diez toneladas por hectárea año a 25, en promedio, pero hay casos de variedades adaptadas a regiones específicas en las que se consiguen 60 toneladas, asegura Tobón.

Todos estos datos muestran que la producción puede crecer entre 17% y 50% al año. Con esto, los cultivadores podrían enfrentar revaluaciones de esas magnitudes similares sin menoscabo de sus ingresos.

Visión distinta

La densidad de siembra es otra de las claves de la mejora en la productividad. Pero casi siempre la densidad se debe acompañar de nuevas prácticas agrícolas, bien conocidas. En tomate de mesa de larga vida, la Corporación Colombia Internacional (CCI) aumentó la producción por mata de 3,5 kilos a 5 kilos por cosecha. Lo consiguió al incrementar la densidad de siembra de 1.800 a 2.000 matas por mil metros cuadrados, con sistemas de riego y un control biológico de plagas que reduce el costo de plaguicidas químicos más caros.

También se puede aumentar la densidad en invernaderos. Mientras en fresas a libre exposición se pueden sembrar 50.000 por hectárea, en invernadero se plantan entre 200.000 y 400.000 por hectárea, dice la presidenta de la CCI, Adriana Senior.

Pero también se puede innovar de otra forma. Una de ellas es la de inventar sitios nuevos para producir, como ocurre en La Guajira, cerca del distrito de riego del Río Ranchería, un lugar perfecto para desarrollar siembras de frutas de exportación. Allí, según lo señalan los expertos de la CCI, se podrían cosechar melones, papayas, piñas, cítricos y mangos.

Las tareas para exportar desde la nueva zona ya empezaron y, en este momento, la CCI está convirtiendo pastores de cabras en cultivadores de melón, una labor no necesariamente sencilla.

En otras ocasiones, se trata de pensar completamente distinto. La facultad de Ingeniería Textil de la Universidad Bolivariana de Medellín desarrolló, con la fundación bananera Corbanacol, materiales compuestos plásticos reforzados con fibras de plátano. Algunos de estos compuestos se usan en asientos.

Lo interesante de este desarrollo es que, según lo indica Valdimir Martínez, de la Bolivariana, de la planta de banano, solo el 22% es fruta y el 88% restante se desperdicia. La fibra aprovecha el tallo, las hojas y el vástago del banano y reemplaza un derivado del petróleo con un material natural que de otra forma sería basura.

Pero hay que aclarar que estas mejoras en producción no son una historia de batas blancas y laboratorios de genética. El escenario lo comparte también gente de corbata, que mejora procesos y sistemas de producción, y gente de botas que optimiza las prácticas agrícolas.

"Es un paquete tecnológico", afirma Adriana Senior. Le atribuye la mitad del aumento de producción a la calidad de las matas y la otra mitad a la calidad de la gestión agrícola. Por eso es tan importante hacer equipo entre científicos, agrónomos y administradores, grupos de personas que con frecuencia desconfían unos de otros.

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