| 5/1/1994 12:00:00 AM

Guía de Wall Street para forasteros

Hay que conocer el código de Wall Street para poder actuar. Infringir las reglas es la muerte segura. Ojo con los vestidos cruzados y las tirantas.

Wall Street, el corazón mecánico del cuerpo financiero de los Estados Unidos, el ojo del remolino que absorbe dinero. Codicia y engaño. El resplandor y el brillo de la opulencia. Tan sustancioso en drama y textura, que Oliver Stone hizo una película sobre el tema. En la mayoría de las películas de Stone, el director le otorga a sus temas la suficiente distancia en el tiempo como para poder manipularlos y construirlos, así como con frecuencia lo hacemos con nuestros recuerdos. No obstante, el caso de su película "Wall Street" puede ser el mejor ejemplo de la vida imitando al arte.

"Wall Street" es un clásico para admirar en el distrito financiero de Nueva York: una referencia de cultura popular para los que juegan con dinero. Todo el mundo quiere ser el "Gordon Gekko" de Michael Douglas, una ingeniosa deidad con bolsillos sin fondo y una larga limosina Mercedes Benz, con una cuenta bancaria en Suiza.

Pero no es necesario haber visto la película para conocer el tema. Wall Street se trata de una sola cosa:

El poder. No importa lo que se esté vendiendo: fondos mutuos, acciones, bonos corporativos o municipales, todos los protagonistas son corredores con músculo y poder, tratando de usurparlo de otros o de hacer sentir el propio. Y el poder se expresa a través de cada una de las facetas del mundo de los negocios.

EL UNIFORME REGLAMENTARIO

Las leyes que existen para la apariencia, tanto de hombres como de mujeres, nunca se cuestionan y raramente se infringen. Al estilo militar, la gente de Wall Street debe ganarse sus galones.

1. Los hombres de Wall Street a diferencia en el vestido entre un gerente de portafolio y el presidente ejecutivo (CEO) de Goldman Sachs puede ser imperceptible para un forastero, pero para el ojo de Wall Street puede significar una diferencia de millones de dólares en sueldos. Un aprendiz de corredor de bolsa, por ejemplo, no puede ponerse tirantas hasta no haber obtenido su licencia de vendedor. Sería más apropiado llevar sus pantalones alrededor de los tobillos que sostenerlos con tirantas. No se debe usar trajes cruzados hasta que no se aparente ser alguien con suficiente dinero para llevarlos, o sea un cheque de nómina, de por lo menos seis dígitos. Lo mismo ocurre con los peinados: para poder usar el "wet look" se debe ser dueño de por lo menos medio Wall Street. Con frecuencia circulan historias acerca del neófito que fue visto entrar a la oficina con tirantas, saco cruzado y su cabello tan lustroso que parecía el petróleo derramado del oleoducto. La histo-ria termina en que el tipo nunca más volvió a ser visto.

2. Las mujeres de Wall Street También ellas están sujetas a ciertas restricciones en el vestido, las cuales amplían las leyes del poder, hasta el punto de incluir la polémica de la guerra entre ambos sexos. Hay nuevas tendencias en la moda femenina en general, que han introducido los pantalones. No obstante, en un país donde la voz feminista ha sido fuerte y efectiva, Wall Street ha luchado por proteger su favorecida jerarquía masculina. La gente de Wall Street se refiere a ello simplemente como "conservatismo".

Las mujeres, por ejemplo, no pueden usar pantalones. El conservatismo significa mantener a la mujer como mujer. Esto naturalmente no es aplicable a mujeres con gran poder. Estas sí usan pantalones, pero para decir que las mujeres, si llegan a la cumbre del poder, es mejor que parezcan hombres.

El viaje diario a Wall Street

Aunque muchos se refieren a la ida diaria al trabajo como el "commute" (viaje diario en el metro), éste es más bien un éxodo a altas velocidades: un mar de trajes negros y grises, apeñuscados en los trenes subterráneos, tratando de conservar suficiente espacio para leer el "Wall Street Journal". Si los trajes fueron diseñados para promover la buena educación y la distinción en los hombres de negocios, el viaje diario en el metro es una antítesis, que contiene la más fiera ironía. Hombres y mujeres empujan y aprietan de parada en parada, para lograr acomodarse en los vagones.

Cuando los trenes llegan a las estaciones de Cortland Street o de Chambers Street, donde salen los especimenes de Wall Street, y las puertas se abren automáticamente, se tiene la imagen de los caballos alineados en la puerta de salida, como en las carreras. Hay sólo cuatro o cinco puertas giratorias por las cuales. la gente puede salir de los trenes directamente a Wall Street, y la lucha por hacerlo es el primer vistazo a la actitud degollados y despiadada de sus miembros. Las mujeres ancianas y los inválidos son arrojados a un lado, para que la gente de Wall Street pueda ahorrar el minuto de retraso que se forma en la congestión de tráfico de las salidas.

En realidad la carrera no termina sino hasta que los de Wall Street están instalados felizmente detrás de sus escritorios. Los empleados se mueven con tal velocidad, que en la hora pico del viaje en tren las puertas giratorias ruedan en forma tan violenta, que producen un efecto de vacío, que absorbe a los peatones y a los perros callejeros, y los introduce también a las torres de oficinas.

El estado físico en Wall Street no de los mayores activos con que cuenta el hombre o la mujer de Wall Street es simplemente el tamaño. Aunque la inteligencia también juega su parte, la fuerza bruta parece ayudar más a los corredores. Cara a cara, arrojando números, y agitando hojas de papel, es mejor mirar hacia abajo a su competidor que mirarlo al nivel de los ojos, o maltratarse el cuello mirando hacia arriba. El hacer negocios implica montañas de investigación y análisis pero, al final, parece que la intimidación, más que el conocimiento, tuviese más influencia. Con razón los mejores jugadores de Wall Street parecen recién salidos del escenario de "El Padrino IV".

La comunicación en Wall Street a autopista informativa consiste en que ya nadie escucha. Cada persona quiere simplemente la información más rápidamente que los demás. Hace apenas seis meses, varios investigadores universitarios lograron enviar por línea telefónica, de un computador a otro, toda una enciclopedia de 26 tomos en menos de tres segundos. Dentro de un año la gente no tendrá la paciencia para esperar tanto tiempo. Cuando mataron a Pablo Escobar -el criminal mas famoso del mundo en los últimos tiempos-, su nombre apareció en los periódicos norteamericanos durante cuatro días. Su historia permaneció en los noticieros los mismos cuatro días. Hoy en día nadie sabe quién era Pablo Escobar. Su nombre ha sido reemplazado por millones de otros nombres en la información que vomitan diariamente los televisores, computadores, líneas telefónicas, buscapersonas, y que se filtra por los mismos poros de Wall Street.

No pasará mucho tiempo antes de que los "rice crispiés" no solamente chasqueen, crujan y revienten, sino que también arrojen los precios diarios de la bolsa y la predicción del clima. Cuatro personas almorzarán juntas en un restaurante, cada una hablando desde su teléfono celular con otra persona sentada en otra mesa en otro restaurante, o incluso en el mismo.

Cuando alguien envía un fax en Wall Street, debe pedir que el destinatario le envíe otro fax, confirmando que lo recibió. Y también el fax de confirmación debe ser confirmado: "Estimado señor Fulano de tal: este fax confirma el fax que confirmó el fax que confirmó el fax... que le enviamos hace dos años y medio..." La autopista informativa está creando más paranoia y confusión que las bombas del World Trade Center en 1993.

El gran final

Después de las seis, la gente empieza a relajarse y a distensionarse; en las grandes torres, como las del World Trade Center, existen infinidad de bares ubicados en los sótanos de los edificios y, como si salieran de las páginas del Infierno de Dante, todos, tarde o temprano, terminan en las profundidades del reino de los demonios, bebiendo desaforadamente por una de dos razones: o para celebrar una acción que se dividió, y por lo tanto duplicó su precio, o para olvidarse del negocio de un millón de dólares que se fue al hoyo. El uno no puede existir sin el otro, porque los grandes ganadores del día necesitan invitar a beber a alguien, y los grandes perdedores necesitan que alguien los invite. Se sabe de ganadores en Wall Street que han comprado la corbata del vecino por doscientos o trescientos dólares y ¿qué mejor candidato para comprársela que el vecino que acaba de perder hasta la camisa?

Es quizás en estos momentos, cuando el mundo está despojado de los muros de las oficinas y de los títulos corporativos, cuando la iluminación convierte todos los trajes en un uniforme de tonos grisáceos, que el animal de Wall Street puede ser observado en su verdadera gloria: aullando a la luna, atormentado por la pérdida o fortalecido por la adquisición de poder y, con la misma velocidad que lleva la autopista informativa, al minuto siguiente el poder se trasladará de nuevo, y los cazados se convertirán en cazadores, aunque sea por un solo instante.
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