| 8/1/1994 12:00:00 AM

Futuro que está llegando

Colombia ha tenido problemas para montarse en el tren de las joint ventures. Fibrit Ltda. y Vargas Rubiano S.A.. han sido la excepción.

La globalización de la economía o la integración de sistemas y redes interempresariales a través de las fronteras es el rasgo dominante del desarrollo industrial reciente. La cooperación industrial internacional surge como parte fundamental de la nueva estrategia de gestión empresarial, por oposición a la confrontación industrial internacional que prevaleció en el pasado. Las joint ventures o empresas conjuntas son una de las formas más comunes de cooperación industrial en el mundo, pero que se han desarrollado muy lentamente en América Latina.

La empresa conjunta consiste en un contrato de cooperación en el cual la empresa del país beneficiario posee al menos el 50% del capital social. Según el director general de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, Mauricio de María y Campos,. "comparada con otras regiones en desarrollo como el sureste asiático, los países de América Latina deben recorrer aún un largo camino para alcanzar niveles que les permitan incrementar su capacidad de negociación en el contexto global industrial internacional, donde la mayor cooperación industrial se ha dado entre empresas extranjeras. Si bien

es cierto que algunas modalidades de cooperación se están volviendo comunes, como la subcontratación, existen otras que apenas si están siendo consideradas en los planes estratégicos de la industria, tal como es el caso de las joint ventures".

Para Consuelo Dávila, coordinadora en Colombia del Programa Bolívar, los problemas que enfrentan las joint ventures en Latinoamérica son de dos órdenes. De un lado, está la caracterizada desconfianza de los empresarios latinoamericanos para hacer sociedades con extranjeros. "Es casi que una marca cultural que se ha ido desarrollando al amparo de economías protegidas orientadas hacia adentro", dice Dávila. De otro lado, además de esta raíz cultural, la desconfianza tiene un soporte muy concreto en la falta de información sobre los posibles socios extranjeros que enfrentan la pequeña y la mediana empresa en estos países.

El Programa Bolívar, que cuenta con aportes no reembolsables del BID, la Corporación Andina de Fomento (CAF), la UNESCO y de sectores privados de América Latina, entre otros, busca desde 1990 fortalecer la cooperación empresarial en la región actuando, en buena medida, sobre estos dos problemas.

Dirigido a la pequeña y mediana empresa, el programa consiste, básicamente, en una red de enlace entre empresarios e inversionistas en los distintos países de la región. La forma de operación del programa pone a disposición de las empresas la oferta regional e internacional de financiamiento para proyectos específicos para operaciones a través de las fronteras. De la liga de bancos que hace parte del entramado de acuerdos con instituciones financieras que conforma esta parte del programa, hacen parte instituciones como el IFI, la Corporación Financiera de Desarrollo y Cerfindes (Francia). En adición a ello, el programa subcontrata estudios de factibilidad, visita a los socios potenciales, analiza las empresas y da los vistos buenos a la cooperación empresarial. La idea, explica Dávila, es ofrecer a la mediana y pequeña empresa una red inteligente que facilite su internacionalización.

José Manuel Restrepo, presidente de Fibrit Ltda., una firma que ha concluido con éxito acuerdos de joint ventures con empresarios latinoamericanos, va más allá de este análisis y menciona entre los problemas que enfrenta la cooperación industrial internacional, por lo menos en Colombia, la ausencia de una legislación que proteja adecuadamente la propiedad intelectual del desarrollo tecnológico.

"Fibrit surgió de un invento", explica Restrepo. Un invento que se remonta a comienzos de los años ochenta cuando Restrepo dio con un material, el fibrocemento plástico, con enormes posibilidades en la industria de la construcción. "El mayor atractivo del fibrocemento plástico", prosigue su inventor, "es que se trata de un material sin asbesto. Constituye una respuesta interesante a las inquietudes que se planteaban alrededor de materiales sustitutos, éstos sí con asbesto, y por lo tanto con un polémico potencial cancerígeno".

El momento era propicio y había que actuar con rapidez, antes que algún otro inventor afortunado en el mundo diera con un sustituto sano del asbesto, a lo cual seguramente se dedicaban varios cerebros en otros países. Se trataba, pues, de exportar tecnología y para ello el camino que encontró Restrepo fue el de buscar socios en países en los que su producto tuviera un mercado interesante.

El viacrucis de los inventores colombianos es largo y ancho y Cefiplast, que es como se bautizó el invento de Restrepo, no fue una excepción a la regla. Antes de salir al mercado, el invento debe patentarse, lo cual, según recuerda Restrepo,

fue más rápido y más fácil en Estados Unidos que en Colombia. En 1983 se le garantizó en Estados Unidos la patente a Cefiplast. La misma le sería otorgada en Colombia 10 años después. "La falta de agilidad en el sistema de patentes frena la transferencia tecnológica hacia el país y disuade a los inversionistas extranjeros de arriesgar capital en Colombia". Según Restrepo, hay, además, una gran ignorancia de parte de los inventores colombianos sobre los mecanismos de patentes que, mal gestionadas, terminan, tras mucho papeleo y pérdida de tiempo y dinero, por no ofrecer protección alguna.

Pero el industrial también enfrentó problema para establecer contactos con inversionistas extranjeros. Superado el escollo de la patente, Restrepo se dio a la tarea de conseguir socios. Otra labor de espartanos para las empresas medianas en Colombia, pues el país no cuenta aún con canales adecuados para la realización de negocios más allá de sus fronteras. El esfuerzo-de una institución como el Programa Bolívar viene, en este sentido, a colmar un vacío importante siempre y cuando, y en esto es enfático Restrepo, sus ejecutores tengan claro que lo que se necesita son agentes vendedores y no tanto promotores.

Cefiplast, en efecto, para salir al mercado internacional tuvo que contar con el concurso de un agente argentino especializado en la venta de tecnología. Una especie de vendedor común en otros países y totalmente desconocida en el

nuestro. Y quizás una razón más que contribuye a explicar el porqué la tecnología internacional parece fluir con más rapidez hacia otros destinos que hacia Colombia. La falta de información y las dificultades de comunicación entre los empresarios medianos colombianos y sus homólogos internacionales es impresionante.

Desde Argentina, entonces, comenzó a girar el andamiaje que, en 1991, culminó con un acuerdo entre Fibrit de Colombia y un socio brasilero para la fundación de una fábrica productora de Cefiplast en las cercanías de Sao Paulo. La fábrica, hecha en Colombia y exportada metro a metro hasta el Brasil, produce hoy 8 mil metros cuadrados de pared por mes cuya demanda se concentra en los constructores brasileros de vivienda popular.

Vargas Rubiano e Hijos S.A., una de las firmas constructoras de más tradición en el país -fue fundada en 1948- es otro ejemplo del potencial de las joint ventures como estrategia de gestión empresarial y como vehículo de transferencia tecnológica entre países. Esta vez para importar y no para exportar tecnología, Vargas Rubiano contó con la cooperación de la ingeniería ecuatoriana gracias a lo cual el país entró en la era de la construcción de edificios metálicos.

Los contactos con ingenieros y fabricantes ecuatorianos de estructuras metálicas para edificios urbanos se iniciaron a comienzos de los 90. Hernando Vargas Caicedo, gerente de la firma que cuenta entre sus glorias con la construcción del

Edificio Ugi, explica: "El contacto tuvo lugar de un modo muy informal". Como casi todas las joint ventures en el país. Un conocido le contó a Vargas que los ecuatorianos estaban empleando con éxito una tecnología ya vieja en el mundo pero desconocida en Colombia. O mejor, olvidada pues aquí ya se habían construido, en los años 40 y en los 50, edificios con estructuras metálicas: el del Banco de Bogotá (hoy funcionan en él Impuestos Nacionales y juzgados del circuito) en la esquina de la calle 14 con carrera 10a; el de la Caja Agraria, en la Jiménez con carrera 8a. (1948); el de Residencias Colón, frente al Tequendama. En esa época, todos importados de Estados Unidos.

La tecnología se olvidó con el cierre de importaciones y Bogotá creció a punta de edificios de concreto, más pesados que los metálicos y menos resistentes a los sismos.

Vargas Rubiano volvió, entonces, a este negocio con el concurso de ingenieros ecuatorianos y el primer resultado de esta joint venture fue el Edificio Lugano, en la calle 70A entre carreras 7a. y 9a. La firma importó de Ecuador tanto la ingeniería como la estructura. Cinco proyectos más tarde, Vargas Rubiano está utilizando estructuras producidas en su totalidad en Colombia con la cooperación ecuatoriana que se mantiene en la parte de ingeniería. Pero Paz del Río está produciendo las planchas de acero con las especificaciones adecuadas y los fabricantes de estructuras que antes se habían limitado al ámbito de las obras públicas (puentes, termoeléctricas, etc.) están incursionando con éxito en la producción de estructuras para edificios urbanos.

¿Cuáles acciones facilitarían el despegue de las joint ventures en Colombia con todas sus posibilidades en materia de desarrollo industrial y avance tecnológico? Para Vargas Caicedo la respuesta es clara: contribuir a superar el desconocimiento mutuo entre los países latinoamericanos en donde se encuentran tecnologías muy interesantes, adaptadas a la disponibilidad de recursos de la región.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?