| 9/1/1997 12:00:00 AM

Energía de exportación

Baterías Mac es una de las pocas empresas colombianas que puede considerarse una multinacional.

El mercado de baterías para automotores ha cambiado radicalmente en los últimos diez años en Colombia. Antes, las baterías importadas marcaban la pauta en ventas y dominaban casi todo el mercado. Hoy, la producción nacional no sólo cubre el consumo interno sino que Colombia lidera el mercado en países como Venezuela, Panamá, Perú, Ecuador, Chile y Argentina. Y gran parte de ese cambio se debe al Grupo Mac S.A., de Cali, empresa que, como cualquier multinacional, exporta buena parte de su producción a compañías filiales en diferentes países de la región.



El grupo, de propiedad del charaleño Ernesto Mejía Amaya, fabrica las baterías Mac, Magna, Coéxito, TH y Tudor, con las cuales controla un poco más de la tercera parte del mercado nacional. Sus factorías producen 100.000 baterías al mes, de las cuales 30.000 están destinadas a los mercados internacionales. En palabras de Mejía Amaya, "la apertura fue una bendición para la empresa. Nosotros nos preparamos para afrontar el reto, decidimos ir a otros países a buscar nuevos mercados y nos dimos cuenta de que en Colombia se hacen excelentes productos y a muy buen precio".



Con esa convicción, Mac se está proyectando hacia el futuro. No sólo piensa expandirse aún más en América Latina, sino que planea ingresar próximamente al mercado estadounidense. En efecto, en asocio con la prestigiosa compañía productora de baterías Johnson Controls -que ha asesorado tecnológicamente al grupo Mac desde hace más de 20 años-, planea ingresar al mercado de Estados Unidos, tal vez el más competido del mundo en esta materia. Sin descuidar, por supuesto, el mercado nacional.



Mac es en este momento la empresa líder en la venta de baterías en Colombia, con más del 35% del mercado. Willard tiene el 20% y Varta el 7%. Las demás baterías importadas no alcanzan el 5%. A pesar de la apertura y la renovación que se ha producido en el parque automotor del país, las llamadas "baterías reconstruidas" representan la otra tercera parte del total. El año pasado, las ventas de baterías Mac llegaron a $42.017 millones, las de Magna a $9.879 millones y las de Coéxito a $27.234 millones. Lo que quiere decir que, sumadas las baterías Tudor y TH, las ventas del grupo superaron ampliamente los $80.000 millones.



Ese liderazgo de Mac responde, según sus propietarios, a una mezcla de factores relacionados con la calidad, el servicio y el precio. Mac produce unas baterías de alta calidad, gracias a su permanente preocupación por la tecnología. El grupo ha hecho, por ejemplo, grandes inversiones para fabricar baterías que soporten las diferencias climáticas del país y eso ha convertido su producto en el favorito de empresas productoras de automóviles como Colmotores. Desde hace varios años, Mac es proveedor de baterías para la General Motors pues, según dicen ellos, además de los puntos anteriores, Mac tiene la red de servicios más grande y con mejor cubrimiento del país. Entre 1995 y 1997, sólo Colmotores vendió 103.995 vehículos en el país.



Camino al éxito



Ernesto Mejía Amaya es hijo de don Ricardo Mejía, cabeza de una familia campesina santandereana que decidió buscar fortuna en la sabana de Bogotá, a donde llegó con su esposa Ana Victoria y sus 11 hijos en los años cuarenta en busca de una casa que un familiar les había dejado como herencia.



Sin embargo, el "Bogotazo" de 1948 y la violencia que sacudía al país llevaron a la familia a emigrar hacia Argentina, donde encontraron la paz que buscaban.

El país austral era próspero, lleno de inmigrantes europeos que con ideas novedosas y visionarias promovían un desarrollo industrial que llevaría a ese país a ser considerado, a finales de los años cincuenta, como una economía próxima a los más altos niveles de desarrollo económico en el mundo. En ese ambiente, los Mejía progresaron poco a poco y lograron vivir cómodamente. Ernesto, en particular, se abrió camino como aprendiz en una fábrica de baterías de un inmigrante italiano llamado Miguel Sayas, mientras estudiaba electrotecnia en las horas de la noche.



Cuando llevaban nueve años fuera de Colombia, don Ricardo y su familia se llenaron de nostalgia y decidieron regresar a la patria natal. Vendieron todo y aunque el cambio de moneda no les favoreció, empacaron lo mínimo y emprendieron el tortuoso regreso. No les importó. El dinero que recogieron les alcanzó para los pasajes y la alimentación. Desembarcaron en el puerto de Buenaventura con la firme idea de llegar a Barranquilla. Pero los problemas económicos empezaron a mostrar su efecto y pararon a menos de la mitad del camino. Se establecieron en Cali.



La integración con la sociedad caleña no fue fácil, como tampoco ubicar a toda la familia laboralmente. Ernesto consiguió trabajo en la Distribuidora de Baterías de Gustavo Villegas. Como él conocía el negocio, su experiencia le decía que se desperdiciaba mucho material en la fabricación colombiana. Villegas le ofreció al poco tiempo un pequeño taller y comenzó a producir sus propias baterías. Su idea del desperdicio lo llevó a reciclar las baterías viejas y los materiales sobrantes de la producción. De allí nació baterías Mac.



En 1960 logró su primer contrato grande. La multinacional alemana Varta le encargó a Mejía ensamblar sus baterías con piezas importadas y comenzó a producir 25 diarias. El negocio fue creciendo y dio inicio a su propia producción, también con materiales importados. Y como ese crecimiento hizo indispensable una ayuda administrativa, acudió a su hermano José Antonio, quien tenía experiencia gracias a su trabajo en la Price Waterhouse. Después de esa unión la empresa se embarcó en grandes proyectos.



Ernesto Mejía fue el distribuidor estrella para el suroccidente del país de baterías Icollantas y en 1969 compró a esta compañía la maquinaria para producirlas. Mac ya era una marca reconocida y se fue apoderando del mercado. Al poco tiempo su ex jefe, Gustavo Villegas, lo llamó para ofrecerle su negocio de distribución de baterías Coéxito. Mejía aceptó y expandió más la empresa. El volumen de producción empezó a crecer y fue indispensable hacerse a una fábrica. En Buga, la empresa Torres Hermanos estaba mal económicamente y los Mejía decidieron comprarla. En el negocio se incluía la marca TH de baterías que allí producían y crearon otra que hoy es reconocida como Magna.



Según José Antonio Mejía, «la empresa creció mucho y creímos necesario dividirnos el mercado. Entonces, en 1985, yo me quedé con la fábrica de Buga y Ernesto con Mac». Pero vino la apertura y era necesario entrar en la competencia fuertes y con gran volumen de producción. Entonces, los Mejía Amaya tomaron la decisión de integrarse otra vez. Mac se encargó de la fabricación de las baterías y de la distribución de su marca, y José Antonio de la distribución de TH, Magna y Tudor. El nombre Tudor lo había comprado Ernesto en Medellín a la familia Uribe Echavarría, que representaba este nombre de una filial sueca de la casa Volvo.



El negocio se expandió, además, a otros campos. Aparte de la venta de baterías, llantas, lubricantes y repuestos para carros, el Grupo Mac distribuye vehículos Mazda, Mitsubishi, Renault y Volkswagen. También surte con sus productos a ensambladoras de Venezuela, Ecuador y Chile, y a todas las colombianas. Produce baterías especiales para los ingenios del Valle, para el Cerrejón -en donde Mac tiene 100 empleados directos brindando servicios de mantenimiento- y también para los transportadores de carga pesada, pasajeros y transporte marítimo.



Protección ambiental



Una de las cosas de las que más se enorgullece la compañía es el cuidado ambiental que pone en la fabricación de las baterías. Las materias primas como el plomo, el óxido de plomo o el polipropileno que se utilizan para la fabricación de las baterías, son altamente contaminantes. Por eso Mac instaló una planta de alta tecnología que sirve exclusivamente para reciclar el plomo y el polipropileno. Además de tener equipos importados para este proceso también ha integrado la creatividad criolla en el proceso. Con la ayuda de uno de sus hijos, Ernesto Mejía puso a funcionar las partes de un viejo tractor con energía eléctrica para convertir el plomo recuperado de las baterías viejas en lingotes. Luego este plomo se convierte en la esencia de las baterías nuevas.



Para la producción de baterías se necesita gran cantidad de agua que se contamina en el proceso. Sin embargo, también se le hace un tratamiento descontaminante para usarla de nuevo, es decir, el agua contaminada vuelve a ser útil cuando se le hace el saneamiento. También se reutilizan las corazas de las baterías viejas. Estas pasan por trituradores inmensos que las destruyen por completo. Las convierten en pequeñas canicas plásticas que son tinturadas según el color de la coraza que se desee. Pasan luego por el proceso de fundición en donde toman la forma que identifica a las baterías. Estas corazas tienen mercado en el exterior y se envían miles de ellas para la fabricación de baterías de una empresa en Brasil.

En general, los detalles no se descuidan en ésta que, por sus características, se ha ido convirtiendo en una de las pocas empresas colombianas que puede reclamar para sí el título de multinacional.



Una empresa que al llegar a sus 40 años, genera 1.500 empleos directos y más de 5.000 indirectos, tiene ventas anuales por un valor superior a los $40.000 millones y ostenta, como pocas en América Latina, el premio a la calidad otorgado por General Motors, la empresa más grande del mundo, a sus proveedores.



El ejemplo empresarial de Ernesto Mejía y su grupo es digno de ser imitado. Deja el sabor de que en Colombia se pueden hacer buenos productos y que una visión positiva del mercado mundial, en un momento de apertura como el actual, es fundamental para competir y crecer.
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