| 12/16/2005 12:00:00 AM

El tesoro inexplotado

La industria colombiana de biotecnología está despegando, pero necesita afinar su estrategia para aprovechar mercados y mejorar el trabajo entre la comunidad científica y el sector privado.

Inbiotech es una empresa de la incubadora de Manizales que ha desarrollado un proceso biotecnológico e industrial, mediante el cual microorganismos transforman desechos industriales en insumos para la misma industria y otras. El proceso ya ha sido desarrollado para el tratamiento del lactosuero, un desecho de la producción de queso, para producir alcohol y emulsificante necesario para la elaboración de queso. Jorge Giraldo, de Inbiotech, afirma que el alcohol casi puro, se produce entre $450 y $600 el litro cuando las licoreras colombianas lo cotizan a $1.200. Por su parte, el emulsificante se importa.

Empresas como esta y cerca de 135 grupos de investigación conforman la industria colombiana de biotecnología, que está regada por todo el país. Es una de las más promisorias para departamentos como el Chocó y Amazonas, cuya biodiversidad es inigualada en el mundo. Otros departamentos, como el Valle del Cauca, le apuestan a Biorregión, un esfuerzo que pone la biotecnología al servicio de 10 cadenas productivas que utilizan insumos de la biodiversidad. Las iniciativas varían en grados de sofisticación, pero tienen algo en común: apuntan a mercados grandes y crecientes.

La elaboración de productos biológicos para el agro, como biofertilizantes y biocontroladores de pestes hasta semillas, es la más concentrada de la industria colombiana. Un estudio de la OEA y el Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología estima el mercado mundial de productos para el agro en US$661.000 millones (ver cuadro). El optimismo se cifra en que la agricultura mundial cada vez debe utilizar más insumos biológicos y menos químicos. Para 2006, la Unión Europea prohibirá el uso de 400 químicos en productos agrarios. En Colombia, la tendencia no quiere decir que se reemplace en su totalidad el mercado de agroquímicos, por sí solo valorado en US$300 millones anuales, pero sí se puede morder un buen pedazo.

Varias compañías colombianas están aprovechando la tendencia. Orius es una empresa del Meta que produce soluciones de biotecnología para controlar pestes y que empezó a exportar a Chile y pronto venderá en Argentina, dos países agroexportadores y cuyas industrias de biotecnología superan a la colombiana. Sus productos están presentes en cerca del 22% de las hectáreas sembradas de flores colombianas, que por su vocación exportadora buscan soluciones biotecnológicas. Por su parte, Laverlam, empresa valluna de biotecnología, en 2004 compró Mycotech, empresa estadounidense fabricante de biopesticidas para fortalecer su portafolio de productos y crecer en Europa y Estados Unidos. Incluso, Vecol, empresa colombiana fabricante de vacunas, busca ampliar su portafolio de productos para el agro mediante alianzas con Corpoica y la Corporación para Investigaciones Biológicas de Medellín.

Aprovechando que el mundo exige cada vez más producción limpia, otro mercado de grandes oportunidades es el de productos y servicios biotecnológicos para eliminar el daño ambiental de los procesos industriales, valorado en US$1.800 millones en el mercado mundial. Como Inbiotech, Sisvita ha desarrollado un proceso para tratar la vinasa, desecho altamente contaminante de la producción de alcohol carburante a partir de la caña de azúcar. La biomiel que se produce irá a alimentar ganado y les ahorrará a los ingenios un gran problema ambiental. Esta solución será desarrollada junto con Dicsa, comercializadora de los ingenios del Valle.

Quizás uno de los mercados más atractivos para Colombia, por los bajos niveles de inversión requeridos y alta disponibilidad de plantas, es el de extractos de plantas para usos medicinales, nutricionales y cosméticos. Este mercado mundial se valora en más de US$200.000 millones y crece en la medida que la conciencia por lo saludable se acentúa. Un proyecto agroindustrial de plantas aromáticas y medicinales tropicales, con sede en la Universidad Industrial de Santander, reúne cinco universidades del país, una empresa de cosmética francesa y la colombiana Morenos, destiladora de aceites esenciales. Con una inversión de $200 millones de la UIS, el proyecto extraerá aceites esenciales para la industria de cosméticos y en el futuro principios biológicos activos para la industria farmacéutica. Al proyecto posiblemente se aliará Ecoflora, empresa de Medellín líder en la extracción de sustancias biológicas que en 2002, construyó una planta de 20.000 litros al mes para atender el creciente mercado nacional e internacional que incluye Costa Rica, Francia y próximamente Ecuador y Perú.

Cuál es la capacidad Los ánimos y los proyectos brotan, pero la cuestión es qué tan preparada está la industria colombiana de biotecnología para aprovechar las oportunidades. Los principales mercados para estos productos están por fuera y en los países ricos; sin embargo, es poco lo que exporta. Según el estudio de la OEA y el Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología, las exportaciones de la industria suman algo más de US$1 millón, mientras que las importaciones de insumos US$43 millones. Casos ejemplares como Laverlam, que exporta a 15 países, Ecoflora, Orius y otros no son comunes.

En materia de investigación no hay recursos, aduce la industria; recursivos laboratorios e investigaciones hechas con las uñas parecen ser la norma. Corpoica cuenta con un banco de germoplasma con 23.000 entradas que necesitan ser estudiadas para ser aprovechadas, pero los $1.500 millones con que cuenta para administrarlo no son suficientes para investigar, dice Víctor Núñez, de Corpoica. Y lo que dificulta aún más la investigación es la burocracia que encuentran empresas y grupos de investigación colombianos para obtener permisos estatales para recolectar material de la biodiversidad. Elena Stachenco, de la Universidad Industrial de Santander, cree que por esto "la mayor colección de material colombiano está en Estados Unidos".

Igualmente, hace falta capital de inversión para llevar proyectos desde el laboratorio a escala industrial. Inbiotech ha escalado la producción de microorganismos hasta un nivel piloto para procesar 300 litros de lactosuero, pero busca conformar un consorcio entre una licorera y un fabricante de productos lácteos para escalar hasta nivel industrial. Actualmente, conversa con Panelas de Caldas para tratar sus desechos. Por su parte, Andrea Villa y Olga González, cuyo proyecto de producción de avispas para la protección de cultivos bajo techo contra la mosca blanca ganó el reciente concurso de biotecnología del Ministerio de Agricultura, ha logrado una producción también piloto. Pero según algunos, el mayor problema de la industria de biotecnología colombiana es que no es competitiva tecnológicamente. El mismo estudio de la OEA señala que el nivel tecnológico de la industria en el país es bajo, lo que le dificulta mantener su competitividad. De hecho, dentro del abanico de tecnologías que utiliza la industria colombiana, la mayoría es de baja y mediana sofisticación. Muchas de estas han pasado a dominio general y son ampliamente utilizadas por empresas de biotecnología en América Latina, resume otro estudio de CambioTec, una iniciativa con capital canadiense y latinoamericano en biotecnología. Esto no tiene por qué ser un problema, creen los empresarios del sector. "La competitividad no la da la tecnología, sino el hecho de ofrecer lo que el mercado necesita", dice Mario Delgado, gerente de Orius. Con él concuerda Francisco Ramírez, de Sisvita, quien dice que a la industria también le ha faltado pragmatismo, lo que se evidencia precisamente en el uso de tecnología. "El bioempresario utiliza tecnologías blandas, compra equipos de producción y no de laboratorio", agrega. Las tecnologías blandas son más baratas y fáciles de dominar y llevan productos al mercado con mayor rapidez. En este sentido, la industria colombiana de biotecnología debe preocuparse menos por sofisticados proyectos de investigación y trabajar para resolver problemas propios del aparato productivo, ambientales y de salud, y atender mercados con potencial. "Colombia ahorraría millones si sencillamente importara lo que necesita para los cultivos estratégicos", dice Carlos Delgado, de Laverlam. El planteamiento pisa callos entre la comunidad científica colombiana, pero ha ganado adeptos. Colciencias hace preguntas cada vez más "incómodas" sobre para qué será útil una investigación que se le pide financiar. Incluso, quiere infundirles un espíritu más emprendedor a los grupos de investigación colombianos, dice Miguel Tobar, director del programa de Biotecnología de Colciencias. Por su parte, el Ministerio de Agricultura busca premiar proyectos más prácticos. "Había mucha investigación básica, pero nuestro proyecto ganó porque tenía más enfoque comercial", dicen Andrea Villa y Olga González. En todo caso, el punto lo resume Miriam Sánchez, gerente de la Corporación Biotec: "Solo porque somos pobres no quiere decir que debemos utilizar tecnologías pobres, pero tampoco se trata de utilizar sofisticadas tecnologías y luego preguntarse para qué sirven". El objetivo de la industria colombiana debería ser utilizar las tecnologías necesarias para alcanzar las metas que son importantes para Colombia y de paso quitarse del camino de las grandes multinacionales. Así, Corpogen se alió con Roche Colombia para desarrollar un identificador de bacterias para atender problemas de salud que será introducido en un principio en Panamá. "Roche desarrolla para sida, pero no para cólera", dice Patricia del Portillo, de Corpogen. También hay varias iniciativas, como las de Orius y Sisvita, que buscan desarrollar procesos biotecnológicos para solucionar los problemas ambientales de la industria azucarera colombiana. Por esto, algunos cuestionan que Colombia quiera desarrollar cultivos genéticamente mejorados de maíz o algodón, que es donde más han avanzado las grandes multinacionales, pero no se esfuerce más en frutas y hortalizas donde se cree que el país tiene potencial exportador.

Alianza ganadora: academia - empresa Un aspecto crucial de la ecuación está en la comunidad académica y su capacidad de interesar y poder trabajar con el sector privado. Tender este puente es urgente. La academia comprende más del 60% de la investigación en biotecnología en Colombia, utiliza tecnología más sofisticada que brindaría una mayor ventaja competitiva y en sus laboratorios se esconden proyectos con gran potencial comercial desde superpapas, hasta hongos anticancerígenos. La academia también necesita nuevas fuentes de financiación y la capacidad de llevar sus hallazgos desde el laboratorio a escalas piloto y ojalá industrial. Por su parte, las empresas necesitan el conocimiento e infraestructura de la academia. La idea es animar a nuevas empresas en Colombia a beneficiarse de la biotecnología y no solo las tradicionales como Sucromiles, Cartón de Colombia, Levapan, Coltabaco y los ingenios, entre otras. El problema es que los científicos son malos empresarios y los empresarios, malos científicos. Las universidades exigen largos tiempos de investigación, son burocráticas, tienen una débil orientación a resultados y son novatas en campos como la negociación de derechos de propiedad intelectual. También hay desconfianza. "Los investigadores colombianos no están acostumbrados a que las empresas se les acerquen. Muy distinto al exterior", dice Esperanza Morales, gerente de LST, fabricante de biocontroladores para el campo. El sector estatal de investigación también es difícil de convencer. Vecol con esfuerzo forjó su alianza con Corpoica, porque "el potencial de sus desarrollos es inmenso", dice Guillermo Restrepo, gerente de producción de Vecol. Entre ellos se encuentran fijadores de nitrógeno, una de las más anheladas tecnologías verdes, y microorganismos que en el estómago de animales mejoran el aprovechamiento de comida hasta 14%, dice Restrepo. Sin embargo, la falta de agresividad comercial y la lentitud de la comunidad científica ahuyentan a la empresa privada. "Las empresas se hartan y se retiran porque las universidades patinamos en bobadas y reuniones inútiles", dice Lucía Atehortúa, coordinadora del programa de biotecnología de la Universidad de Antioquia. Por su parte, las empresas son demasiado afanadas. "Quieren poner un peso hoy y cosechar ayer", dice Atehortúa, "no quieren entender que en biotecnología un corto plazo razonable es de cinco años". Sin embargo, varias universidades y empresas han superado estos contratiempos. Las universidades han empezado a cambiar su estrategia para convencer al empresario y ahora desarrollan proyectos "al revés". Esto es, dejando de lado veleidades científicas y buscando qué necesita la empresa. Después de años de golpear puertas sin respuesta con el Grupo Empresarial Antioqueño, la Universidad de Antioquia ahora explora posibles desarrollos de interés para el conglomerado paisa en cementos, alimentos y textiles. Por su parte, después de dos experiencias desagradables con alianzas empresariales donde hubo discordia sobre los derechos de los desarrollos, el Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional aprendió que "tiempos, entregas, derechos, todo tiene que estar claro desde el principio", dice Claudia Parra, del IBUN. Hoy el Instituto y Procaps de Barranquilla han construido una planta piloto para la fabricación de un biopolímero que puede ser utilizado en las industrias de alimentos y fármacos. Con la ayuda de Alpina y Andercol, elabora su ficha técnica para entender bien sus usos. Y aunque han sido más las dificultades que los éxitos en atraer el interés de las empresas colombianas, Bavaria utilizará los servicios de Corpogen para mejorar las cepas de su proceso cervecero. Uno de los mejores ejemplos de cooperación es Biorregión, en el Valle del Cauca. Para la industria de biotecnología valluna este plan de desarrollo significa acelerar el paso entre el laboratorio y el mercado, dice Sánchez, de Biotec. Gracias a este espíritu, Biotec se alió con Profrutales para comercializar y producir a escala industrial plántulas de guanábana "limpiadas y mejoradas", mediante una tecnología desarrollada con Sucromiles. Otras iniciativas harían bien en emular el ejemplo, como Bioprogreso, un gremio de cinco empresas de biotecnología bogotanas, que trabajará con la Cámara de Comercio de Bogotá para mejorar las frutas y hortalizas del megaproyecto agroindustrial de la sabana cundiboyacense. Pues será en proyectos como estos donde se definirá la capacidad de la industria colombiana de biotecnología de aprovechar la inmensa biodiversidad de Colombia, un tesoro en el cual está sentada.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?