| 11/1/1995 12:00:00 AM

El remate de la corona

Remate Christie's The Crown of the Andes New York, Monday, November, 1995 447 esmeraldas y más de dos kilos de oro repujado Est. US$3.000.000 to US$5.000.000

Erase una vez una corona. La ostentaba la Santísima Virgen de la Inmaculada Concepción en la Catedral de Popayán. Ya no está. En la caja de un cubilete la trasladaron a Nueva York hace más de sesenta años. Zarpó en uno de los Santas (el Santa Lucía) y fue a dar a las bóvedas del Hanover Trust Co. mientras la negociaban. En Popayán, los fieles devotos de la Cofradía de la inmaculada Concepción extrañaban no verla sobre la frente de la preciosa estatua de la Virgen, tallada a mediados del siglo XVIII por el célebre imaginero quiteño Bemardo Lagarta, con el modelo de la "bailarina", patrona de su tierra natal. La corona se reservaba para las grandes ocasiones: la procesión de Corpus o el 8 de diciembre, día de La inmaculada, fecha instituida por el Papa Sixto IV en el siglo XV. Fue justamente el día de las velitas en 1933 que el virtuoso dean de la catedral, Emiliano López Terreros, notó su ausencia.

El señor arzobispo de Popayán, su Señoría Ilustrísima Maximiliano Crespo, también se inquietaba. Con decreto del primero de junio de 1934, impone la obligación de vigilar con el mayor cuidado los bienes de la Iglesia que se hallaban en poder de particulares. Decía el prelado que desde "tiempos remotos, la autoridad eclesiástica permitió que los bienes de ciertas cofradías permaneciesen al cuidado de familias piadosas que los guardaban en sus casas particulares... lo que dio origen a que muchos de esos bienes se perdieran, porque los tenedores de ellos, probablemente de buena fe, llegaron insensiblemente a considerarse como dueños..." La inquietud desemboca en un pleito que sacude hasta lo más íntimo la orgullosa epidermis de los patricios payaneses.

Los antecedentes de la Cofradía de la Limpia Concepción de la Iglesia Catedral se remontan nada menos que al Adelantado Sebastián de Belalcázar, denodado fundador de la ciudad de Popayán. Al testar manda a sus herederos que constituyan una capéllanía en que se diga cada semana (los miércoles) perpetuamente una misa "frezada a honor de nuestra señora concepción". Su hijo Francisco es el primer patrono de esa capellanía. Para fines del siglo XVI ya la Cofradía tenía sus propias rentas y la gobernaba un mayordomo (hoy síndico), nombrado por el Sr. Obispo, generalmente de por vida. Era con frecuencia mediante disposiciones testamentarias que los devotos dejaban donaciones para el culto de La Inmaculada, cuya veneración caló muy hondo en España y en América, a pesar de que ese misterio no fue elevado a Dogma de Fe hasta 1854.

Docenas de legados píos -incluyendo esmeraldas- enriquecieron durante casi más de tres siglos el patrimonio de la Cofradía. Históricamente importante es el de Doña Catalina de Oñate en 1605, porque hace referencia a "la santa imagen de La Concepción, con su riquísima corona". De la generosidad del Popayán de ayer quedan vestigios en las preciosas joyas que engalanan los 50 pasos de su Semana Mayor, joyas que el resto del año permanecen, desde cuando se iniciaron las procesiones circa 1588, en los hogares de los síndicos de las cofradías.

La corona es obra de anónimos orfebres, de esos que trabajaron ininterrumpidamente durante toda la Colonia para los ricos comerciantes y señores de cuadrillas (esclavos) de la próspera Popayán. Oro por toda su provincia hasta las costas del Pacífico primero y luego el más abundante aún del Chocó aseguraron su esplendor. En una sociedad aislada donde pocos tenían contacto con las lejanías de Quite, Santa Fe o Cartagena, la magnificencia poseía escasos canales de expresión. La vida tendía a ser simple. De ahí que una profunda fe católica empujara a ostentar la riqueza en el culto de Cristo y de su Iglesia. Se erigieron catedrales y ermitas, se construyeron conventos y se dotó la fabulosa corona de la Virgen de la Inmaculada Concepción. Quizá no fue al principio sino una simple diadema con esmeraldas de Muzo. Más tarde se añadieron los dientes repujados de la corona y se le adicionaron esas esmeraldas que habían sido broches en los trajes de gala de las damas de alcurnia. Luego, quizá en el churrigueresco siglo XVIII, se moldearon los arcos im

periales que remata un orbe tachonado de esmeraldas y un finísimo cristo que alguna vez había lucido en cuello noble. Y, por último, se colgaron las 17 esmeraldas periformes, aguacates de color verde azulado que dan un toque de santa dignidad.

Casi en su estado actual debió llegar la corona de oro y esmeraldas a manos del más benemérito de sus muchos e ilustres mayordomos. El 20 de abril de 1763, jerónimo Antonio Obregón y Mena, Obispo de Popayán, nombra para dirigir la Cofradía de la Purísima Concepción a los doctores Lorenzo de Mosquera y Manuel Ventura Hurtado, este último canónigo prebendado de la catedral. Asimismo, entrega por inventario ante Notario Mayor todas las "alaxas" y muebles pertenecientes a ella. Al poco tiempo renuncia el Dr. Mosquera. A través de su prolongada mayordomía, que dura hasta 1807, colma de donaciones a su Virgen y a muchas otras manifestaciones del culto en Popayán.

Rico, pío y generoso, debe de todas maneras cumplir la Real Voluntad que veía en el desmesurado crecimiento de los bienes eclesiásticos, muchos de ellos como joyas, elementos litúrgicos y efectivo, en

manos de particulares, un germen de desorden. Deseaba una vigilancia más estricta de los mayordomos, que como nuestro buen don Manuel Ventura no desaprovechaban la ocasión para auto prestarse, con permiso del Ordinario y las debidas garantías, los excedentes de caja de las cofradías. El rey exige que se lleven cuentas e inventarios anuales. Esa minucia es esencial para esta historia porque de ella irrefutablemente se desprende que tanto el presbítero Hurtado como sus descendientes eran meros tenedores y no dueños de los objetos a su cargo.

A la muerte del benemérito Manuel Ventura Hurtado, el Obispo designa, 1807, a su sobrino Nicolás Hurtado como mayordomo y síndico-patrono de las tantas veces nombrada Cofradía de la Purísima Concepción. Igual que su tío el cura, procuró con el mayor celo cuidar de joyas y muebles y dar esplendor a la fiesta y octavario de la Virgen. Sacó adelante su propósito a pesar de las convulsiones independentistas que a veces significaron engorrosas visitas de uniformados para tomar alhajas su pretexto de las campañas. Lo sucede su hijo Vicente Hurtado, quien, sin embargo, renuncia al poco tiempo para radicarse en París (1858). El obispo nombra entonces, 1860, síndico-patrono (ya no mayordomo) a su cuñado Antonino Olano y clave, casado con Liboria Hurtado. La corona llega a manos de una orgullosa familia payanesa, de vástagos apuestos, cuya alcurnia no tiene nada que envidiarle a Mosqueras, Arboledas y Valencias. No es la época más próspera de la Cofradía. La desamortización de los bienes de manos muertas decretada en 1860 le impide administrar libremente sus rentas, por tratarse de bienes eclesiásticos. Además, como consecuencia de la revolución conservadora de 1875-76, Antonino se ve obligado a exiliarse en Quito -allí fallece- con su familia. Don Antonino Olano y Olave muere en la quiebra, fruto del exilio y las persecuciones de los Radicales. Pero aun con la Cofradía acéfala, la corona, las joyas, los muebles y los parámetros atraviesan incólumes las aulagas financieras.

El también exiliado Obispo Carlos Bermúdez, de regreso a Popayán en 1884, designa como síndico a don Tomás Olano y Hurtado. Devoto y magnífico con las fiestas de la Cofradía, preside su restablecimiento como ente canónigo, en 1887, después del Concordato. Parece haber sido él quien por allá en 1897 eleva la primera solicitud a la Santa Sede, con autorización del Obispo, para enajenar la corona. Los tiempos no eran fáciles, y Popayán venía en franco declivio, al que contribuye el espantoso terremoto de 1906. La imagen misma de la Inmaculada, que desde la demolición de la Catedral en el siglo XVIII (por otro terremoto) había sido trasladada a la iglesia de la Compañía (San José), debió refugiarse ahora en casa de los Olanos, donde permaneció hasta 1926; eran otras las prioridades. Nada más se sabe de la petición hasta 1912.

E 1 3 de enero de 1912, Tomás Olano se dirige al Delegado Apostólico de su Santidad el Papa y lo hace partícipe de su deseo de vender la corona para con su importe fundar un asilo de ancianos en Popayán, regido por las Hermanitas de los Pobres. Añade que después de más de 100 años de salvarla de las guerras de la independencia y de la República, todavía teme que la valiosa joya pueda perderse. El Delegado Apostólico, monseñor Ragonesi, juzga conveniente que "el Ilustrísimo señor Arzobispo acuda a la competente Congregación Romana para obtenerlas debidas facultades. Don Tomás se dirige entonces a S. S. Pío X el 20 de abril de 1914, en solicitud coadyuvada por el arzobispo Manuel Antonio Arboleda donde repite su intención y sus propósitos. El Santo Padre, junio 17 de 1914, accede "benignamente" a la enajenación de la corona pero deja al "prudente juicio" de monseñor Arboleda "las modalidades y condiciones tanto de la enajenación, como de la nueva institución". Pasan los años y nada sucede, aunque se sabe que el experto gemólogo y comerciante en joyas Warren J. Piper, se interesa en la corona desde 1915, cuando conoce de su existencia durante la exposición Panamá-Pacífico en San Francisco. No la olvida. Para 1928 ha logrado conformar un sindicato que financie la compra y se presenta en Popayán. El Crash del 29 pone fin momentáneo a sus gestiones.

Mediando generosa donación, Tomás Olano hizo nombrar a su hijo Manuel José como síndico auxiliar con derecho a sucesión. Ya fallecido don Tomás, las joyas continúan en poder de la familia, hasta cuando, en 1934, se vende la corona en Nueva York, donde la habían trasladado Fernando Olano Angulo, hijo de Manuel José, y el amigo íntimo y consejero de este último, Luis Carlos Iragorri. El 29 de marzo de 1935, la arquidiócesis de Popayán demanda al síndico de la Cofradía de la Inmaculada Concepción de la Catedral, Manuel José Olano, para que restituya una larga lista de alhajas y bienes, incluyendo la corona, que están destinados al culto de la Virgen. El 4 de mayo de 1936, Monseñor Maximiliano Crespo remueve a Manuel José Olano del cargo de sindico-patrono de la Cofradía de la Inmaculada.

¡Ahí fue Troya! En la bucólica Popayán de los años treinta semejante escándalo tenía que polarizar a la opinión pública advertida. Con gran dificultad consiguió Monseñor Maximiliano Crespo que lo representaran los ilustres juristas Jorge Ulloa López y Gustavo Maya Rebolledo. El conflicto era tanto jurídico como social. ¿Quién se atrevía a poner en tela de juicio el buen nombre de la blasonada familia Olano? Y además, ¿dónde se iban a encontrar las pruebas de que la corona no pertenecía efectivamente a la familia después de tantos años bajo su posesión y custodia? No, todo el mundo en la familia estaba de acuerdo con el proceder de Manuel José Olano. Entre los inconformes se encontraba el ex canciller Dr. Francisco José Urrutia, por su madre Dolores Olano, bisnieto del sobrino de ese presbítero Hurtado que tanto lustre le diera a la Cofradía. En carta al arzobispo, protesta enérgicamente por el envío de la corona para venta en Nueva York, que se llevó a cabo sin conocimiento de él, o de sus hermanos, y expresa que una vez impuestos de lo que sucedía se apresuraron a manifestar al primo Olano que no aceptaban lo que estaba haciendo. El Dr. Francisco José Urrutia es el abuelo paterno del actual gerente del Banco de la República.

Finalmente, el 20 de marzo de 1937, el juez tercero del circuito de Popayán falla. A pesar de la enérgica defensa de otro gran jurista, Jesús María Casas, como los de la contraparte, honra y prez de la Universidad del Cauca, Antonio José Olano debe restituir todos los bienes de la Cofradía a su cargo, incluyendo la corona. La sentencia se basa en la patente demostración de que la Cofradía había existido desde siempre y que sus mayordomos no habían sido otra cosa que meros tenedores de un bien de propiedad eclesiástica. Pero llegar hasta allí no fue fácil. Cuentan -y esto es ya leyenda- que cuando los demandantes se encontraban más desalentados por la dificultad en configurar la prueba, los visitó el buen dean de la Catedral, el mismo don Emiliano López que había oteado la ausencia de la corona en la cabeza de la Virgen, con los documentos probatorios. Hombre alto y corpulento, se los había topado mientras trataba de abrir un rebelde armario que se vino al suelo por su porfía. Hay quien hable en Popayán del milagro del armario.

Mientras tanto la corona seguía en Nueva York. Había salido con permiso de la junta de Control de Cambios y Exportaciones, ante solicitud verbal de Luis Carlos Iragorri el 5 de diciembre de 1933. La corona de Manuel José Olano, "legada por sus antepasados", se llevaba al exterior para conseguir su avalúo y venta y destinar los fondos para "fundar un asilo de ancianos". La Junta Consultiva aprueba el 6 de diciembre la exportación de una joya "de propiedad de la Beneficencia de Popayán', e impone la obligación de reintegrar las divisas correspondientes a su venta. Estamos en plena Crisis. Luis Carlos Iragorri se compromete por su parte a verificar la transacción de acuerdo "con la intervención del cónsul de Colombia en Nueva York", a la sazón el Dr. Gabriel Garcés. Además, al producirse el fallo, la corona ya había sido vendida dos veces. La primera a Guillermo Rodríguez Fonnegra por US$85.000 en letras, la última de las cuales, por US$12.500, fue entregada por Manuel José Olano a la Curia como parte de la transacción final con ella, y que se sepa no se pudo cobrar.

En la reventa aparecen como compradores -a nombre de un sindicato-los conocidos joyeros Oscar Heyman and Bros Inc. de Nueva York, y el tenaz gemólogo Warren J. Piper de Chicago, quien venía persiguiendo la corona desde 1915. Pagaron la suma de USS125.000. El anuncio de la adquisición por el sindicato se hizo en el WaldorfAstoria, el 8 de junio de 1936. De allí salió la inestimable joya para una triunfal torné por varias grandes ciudades norteamericanas. Fue exhibida ante la admiración de centenares de miles de personas durante los años siguientes, y ello contribuyó a que no fuera despiezada, como era, aparentemente, la intención inicial de los compradores. La corona no se presenta al público desde 1964, pero se sabe que fue rematada por Sotheby's de Londres en 90 segundos por un precio de 55.000 libras esterlinas (aprox. USS155.000) en noviembre de 1963 Christie's afirma que la corona es hoy propiedad de un descendiente del sindicato original.

Y los dineros? En la primera venta ¿Manuel José Olano recibió de Guillermo Rodríguez Fonnegra US$85.000 en tres letras contra el Anglo-South American Trust Co. de Nueva York. El propio Jorge Ulloa López afirma que obtuvo para la Arquidiócesis la suma de US$85.000 como recuperación del precio de la corona. Este total se descomponía en la letra de US$12.500 de Rodríguez F. -por el momento incobrable- y US$72.500 que pagaron, a plazos, Piper y su sindicato.

El saldo, o sea US$47.500, presumiblemente los recibió el mismo Dr. Guillermo Rodríguez. Por oportuna intervención del cónsul en Nueva York, con el mandato judicial después del fallo y el embargo decretado, se obtuvo que el sindicato accediese a pagarle a la Curia los dineros que ellos aún adeudaban. En efecto, a la firma del contrato de compra-venta a Piper, éste entregó US$24.000 de contado a Rodríguez F. y letras por la diferencia hasta US$125.000. Dichas letras fueron venciéndose y cobrándose antes del fallo (la última de ellas en febrero de 1937) y por lo tanto el sindicato sólo podía ser responsable del remanente con vencimientos hasta 1940. Guillermo Rodríguez se había presumiblemente embolsillado USS40.000 por su intermediación sin que se sepa si tuvo que compartir sus ganancias.

El fallo fue apelado. El Arzobispado, a cambio del desistimiento del juez tercero del distrito, transó generosamente con Manuel José Olano por escritura pública el 6 de agosto de 1937. Mediante la entrega de todas las joyas y muebles de la Cofradía que aún se encontraban en su poder y -en vista de que la corona ya se encontraba en otras manos- el endoso de la letra de Rodríguez F. (y lo recuperable del sindicato) Manuel José recibió la absolución y la nada modesta suma de Col$36.000 (aprox. US$20.570), pagaderos por medio de la sustitución de una deuda a su cargo (Co1S2.000) y letras hasta 1940 (plazos parecidos a los de la deuda Piper). Salió premiado, sobre todo teniendo en cuenta que, ya antes, había percibido US$5.000 por la opción de venta de la corona. Todo ello, dice el documento, "en atención a las circunstancias especiales en que se encuentra el Sr, Manuel José Olano, como también a los servicios prestados a la Iglesia..., y a los gastos y expensas hechos por él en beneficio de los bienes de la... Cofradía".

Una vez deducida la transacción con Olano, los honorarios de Ulloa por US$2.847 y algunos gastos ya girados por cuenta de esos dineros para el palacio arzobispal en construcción, el neto para la Curia fueron IIS$46.774,75. Pero aquí no termina la historia. Ahora Jorge Ulloa López con fino instinto de especulador resuelve invertir esa suma -previo acuerdo con el Arzobispo Crespo así como sus propios honorarios en bonos de la Nación, del Banco Agrícola Hipotecario, y del Departamento del Valle que se cotizaban en Nueva York a precios ínfimos. Al reanudar Colombia el pago de su deuda externa, el valor de los bonos se triplica y Ulloa devuelve US$123.141,25 (incluyendo sus multiplicados honorarios), cuando el arzobispo los requiere.

Monseñor Maximiliano Crespo ha muerto. El nuevo Arzobispo se llama Juan Manuel González Arbeláez quien rehusa a reconocer a Jorge Ulloa la comisión aparentemente pactada por su antecesor. Alega que no existía obligación porque la Santa Sede aún no había aprobado esas "aleatorias f operaciones". Sintiéndose burlado, Ulloa demanda. Estamos ya en 1943. El nuevo Arzobispo escoge para defenderlo al... Dr, Luis Carlos Iragorri, el mismo del cubilete. Es mucha la acerbidad que se desliza bajo los puentes del río Cauca. Las palabras en el traspatio payanés suben de tono. La comunidad cristiana rodea a su prelado y le ofrece, en diciembre de 1943, un multitudinario homenaje como respuesta a los ultrajes de que era objeto. Unos días más tarde el Vaticano traslada a Monseñor González a Europa, quien muere en Francia sin nunca más regresar, ni a sus breñas antioqueñas, ni a su patria. Jorge Ulloa López tiene al fin la satisfacción de que el Dr, Hernando Caycedo, constituido en árbitro único. le reconozca su derecho. En hidalgo gesto, el Dr. Caycedo, de su propio peculio, hace donación al arzobispado de Popayán de los haberes debidos al demandante en razón de su fallo.

Todavía no se sabe qué se hizo la esmeralda partida que perdió la corona en tránsito a Nueva York. Tampoco se sabe qué le pasó a uno de los aguacates que colgaba de sus arcos, ahora sustituido por una cuenta de vidrio. Manuel José Olano muere de una terrible enfermedad, quizá a eso se referían "las especiales circunstancias en que se encuentra...", del documento de transacción con el Arzobispado. Justicia divina, susurran las beatas. El piadoso presbítero López Terreros, siempre activo y oportuno, alivia con su espiritual apoyo los sufrimientos de Olano. El asilo nunca se construye. Se termina, en cambio, el palacio arzobispal. Los dineros van a dar a fondos comunes de la arquidiócesis. Se los «tiraron- decían por la calle. Se está en mora de organizar en Popayán el Museo de las Cofradías, para que las joyas de la Semana Mayor salgan de sus escondites y los buenos cristianos podamos apreciarlas todo el año.
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