| 5/1/1994 12:00:00 AM

El museo de los esfuerzos inútiles

El título de este escrito es el de un cuento de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi que relata, con ameno estilo y fino humor, la historia de un mítico museo donde se guardan, para solaz y meditación de unos pocos asiduos, los esfuerzos y planes de la humanidad que nunca llegaron a nada. Aparecen allí, por ejemplo, las expediciones a lugares que no existen, las fórmulas y pociones para lograr la inmortalidad y la historia del hombre que dedicó su vida a acabar con las guerras, hasta que una bala lo mató.

Aquí nos caería de perlas un museo de esfuerzos inútiles, pues de esa clase de esfuerzos está plagada nuestra vida ciudadana. Y a él podrían incorporarse varios de los museos existentes en Bogotá, que tiene un número bastante grande de ellos, 26 para ser exactos, muchos de los cuales están en un estado bastante precario y cumplen una dudosa función. (¿No es irónico que Bogotá tenga un museo de desarrollo urbano? Se debería llamar de subdesarrollo urbano y es nuestra única galería surrealista).

Nuestro museo albergaría, en primer lugar, todos los estudios y planes que reposan en los anaqueles de la mayoría de las oficinas públicas sin haberse ejecutado, y por los cuales los contribuyentes han pagado sumas cuantiosísimas. Se encontrarían estudios realizados en épocas diferentes que recomiendan lo mismo, y otros qué proponen cosas

imposibles, unos realizados por expertos nacionales y otros por extranjeros, pero todos con tarifas internacionales.

Bogotá podría llenar varias galerías, pues aquí se han contratado estudios para todo. De transporte urbano hay por lo menos diez, y no hace falta ser conocedor del tema para saber que ninguno se ha aplicado. También hay estudios y planes de tratamiento de aguas negras, de reciclaje de basuras, de renovación de San Victorino, de arborización de las vías y muchos más. Ocuparía lugar de honor en el museo el Plan Vial de Bogotá, pues ha sido el más inútil de los esfuerzos. Realizado y aprobado hace más de veinte años, exhibe - en planos amarillentos y ajados, como de museo- todas las avenidas con que contaría la ciudad de 1990, y que no sólo nunca fueron construidas, sino que los terrenos por donde deberían pasar fueron invadidos y hoy sería imposible hacerlas.

Pero también hay grandes esfuerzos inútiles a escala nacional. Si esculcamos los archivos de Fonade, encontraremos material de primera calidad para la exhibición: un estudio para el desarrollo de la cuenca del Pacífico, por lo menos tres alternativas para un canal interoceánico, uno para el túnel de La Línea, otro de nuestro satélite geoestacionario, etc., etc., y todos contratados con grandes ilusiones y a costos exorbitantes. Pero si esa plata se hubiera usado en comprar obras de arte para un museo de verdad, hoy tendríamos la mejor pinacoteca de Latinoamérica, con Rembrandts, Goyas y Picassos. Y no estoy exagerando. El estudio llamado del Banco Mundial para el transporte urbano en Bogotá, por ejemplo, costó US$5 millones en 1970, y en esa época se podía conseguir por esa suma toda una colección de impresionistas.

También cabrían en el museo aquellas iniciativas que llegaron a feliz término con gran esfuerzo de los protagonistas, pero que no sabemos a ciencia cierta para qué se hicieron. Por ejemplo: ¿para qué ha servido el tratado de amistad con Tailandia, la declaratoria de Cartagena como patrimonio de la humanidad, la inscripción del Partido Liberal en la internacional Socialista o la elección de Colombia en el Consejo de Seguridad de la ONU? Para todos ellos se derrochó esfuerzo diplomático, viajes de funcionarios y uno que otro peso, lo que nos lleva a elevar fervientes oraciones para que el paso de Gaviria por la OEA no termine en el susodicho museo, aunque sería un toque refrescante que allí colgara la foto de Noemí. Y ¿qué tal el derroche de verbo y emociones para lograr la efímera adición de "Social" al nombre del glorioso Partido Conservador? También debe haber una sala para los esfuerzos que se sostuvieron durante varios años y se acabaron sin saber por qué, como el instituto de Investigaciones Tecnológicas, que se cerró precisamente en el momento en que el país necesita pensar seriamente en investigación y en transferencia de tecnología, o para aquellos que se iniciaron con entusiasmo pero que se marchitaron por culpa de políticos malintencionados, como Colfuturo.

Naturalmente habría vitrinas para exhibir varios artículos de la Constitución del 91. Por ejemplo, está por verse si el cúmulo de entidades de vigilancia que creó la Constitución son candidatas para el museo, pues uno no se imagina para qué sirve tener Corte Suprema, Corte Constitucional, Consejo de Estado, Procurador, Veedor, Fiscal, Contralor y Defensor del Pueblo. Y también está por verse si la vicepresidencia estrena puesto en el museo, con un retrato tamaño natural de Ramírez, de Piñacué o de De la Calle. Menos mal que a Mockus no le dio por postularse de vicepresidente, porque la foto que lo volvió figura habría que colgarla en la sección para adultos.

El museo requeriría una edificación tan grande, costosa y oscura como el nuevo Archivo Nacional, lo que daría gran satisfacción a los funcionarios encargados de contratarla y a los arquitectos con deseos de inmortalidad. Y no hay que suponer que el museo sería en sí mismo un esfuerzo inútil, pues es conveniente recordarle a todos los ciudadanos que nuestra democracia, por imperfecta que sea, ha sido capaz de crear una colección tan costosa de buenas intenciones. Y además serviría de advertencia para los funcionarios que se sientan tentados de contratar un nuevo estudio en vez de hacer su oficio.
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