| 4/1/1995 12:00:00 AM

El desplante del virrey

"I took Panama" T. ROOSEVELT

Durante toda nuestra vida post-chibcha, desde la llegada del Adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada a estas tierras, hasta la de don Myles Frechette, hemos vivido dependientes de algún rey. Los primeros 300 años se caracterizaron por la imposición de un sistema colonial y teocrático, donde la misión y la obsesión de la metrópolis era expoliar nuestras pocas riquezas, imponer a toda costa el tipo de cristianismo en boga en esa época en España e impedir cualquier actividad económica que atentara contra sus propias fuentes de riqueza, como la prohibición de sembrar olivos en el Nuevo Mundo para que no fueran a competir con los de Andalucía.

Y desde entonces poco ha cambiado. Expulsamos a los ibéricos con gran esfuerzo y nos dedicamos, no a crear una nación autónoma, sino a pelear unos con otros y dejamos el espacio para que el imperio de turno nos mandara su virrey. Como los gringos están cerca y, aunque a veces lo niegan, tienen espíritu imperialista, nos han impuesto siempre sus órdenes, unas veces a las buenas y otras a las malas, con virreyes amables como el último o antipáticos como el vaquero Tambs, pero siempre por motivo de su "seguridad nacional y con el convencimiento de que los otros países americanos somos su patio trasero. A principios de siglo les pareció conveniente y expedito tomarse a Panamá, con la disculpa de que nosotros éramos incapaces de construir un canal indispensable para su seguridad nacional, y así lo hizo don Teddy Roosevelt con su garrote. Siguieron muchos episodios iguales o peores en varios países americanos, siempre mezclados con acciones de buena voluntad, como la Alianza para el Progreso, reflejos de esa mezcla de excelencia e ingenuidad, filantropía e imperialismo que caracteriza a la sociedad dominante de nuestra época.

Los norteamericanos son un pueblo de grandes méritos, nacieron de grupos de inmigrantes que, con esfuerzo y trabajo, lograron forjar la nación más poderosa de la tierra. Con uno de los ingresos per cápita más altos del planeta, hoy ostentan

una curiosa mezcla de grandes fortunas y pobreza extrema, pero la grandísima mayoría es gente buena, trabajadora y honrada. En su prosperidad y abundancia han buscado modos extraordinarios de escapar de la presión diaria y de su ingenio nacieron Hollywood y Disneylandia, la televisión y los nintendos; pero en el hastío de la sociedad de consumo muchos optaron por el escapismo de la droga. Y no son precisamente los grupos más pobres de la población; el mayor consumo de marihuana, coca y heroína tiene lugar en lo que podríamos llamar la clase dirigente: profesionales exitosos, "yuppies", ejecutivos, "traders" de Wall Street, artistas de cine y televisión, los que allá llaman "the beautiful people" y uno que otro político importante, incluyendo alcaldes. Los pobres de las barriadas negras e hispánicas y los desempleados son sólo una parte del universo consumidor de droga.

En Colombia tenemos la desgracia de tener un clima -atmosférico y social- apropiado para los cultivos ilícitos. Nuestro pobre y desvencijado sistema judicial, la miseria de remotas regiones campesinas y la terrible alianza de una trasnochada guerrilla con los narcotraficantes, a más de la fertilidad del trópico, ofrecen las mejores condiciones para que florezcan coca y heroína. Ya no la marihuana, pues dejó de ser problema internacional cuando el "clima" en California y otros estados convirtió a los gringos en productores. Volverá a ser problema por el mismo motivo de las aceitunas en la colonia, sólo que ahora a eso le dicen "antidumping".

El reciente asunto de la certificación, si no fuera trágico, sería un episodio de comedia ligera. ¿En qué consistió? Simplemente en anunciar públicamente y rasgándose las vestiduras, que algunos países no han hecho un esfuerzo suficiente en la drogo-guerra para merecer su ayuda. Pero lo chistoso es llamar a eso "ayuda", más bien deberían decirle inversión extranjera, pues lo único que busca es que las balas y los muertos los pongan otros fuera de sus fronteras. Y los episodios más tragicómicos de este sainete están por venir: el senador Helms ha anunciado que, ante la incapacidad de impedir la entrada de coca y heroína a los Estados Unidos, buscará prohibir las importaciones de café, flores y otros productos de Colombia, y no faltará quien se le ocurra negar visas a quienes no son narcotraficantes. Es el típico caso de castigar sólo al que se le puede aplicar la ley, en este caso a los colombianos de bien, pues el 70% de la droga entra por México y los que la usan y la pagan son los gringos. Algo así como el borracho que busca la llave, no donde se le cayó, sino cerca del farol donde hay más luz.

Pero decir que el problema del narcotráfico es sólo de los consumidores es tapar el sol con las manos. Para los colombianos es una tragedia mucho mayor que para los gringos sus millones de drogadictos, pues aquí están socavando las bases de la sociedad. El daño que ha hecho y que sigue haciendo a nuestro sistema judicial, a nuestra fuerza pública, a nuestros legisladores y gobernantes por su terrible capacidad corruptora y a innumerables ciudadanos por la tentación de ganancias rápidas o por la violencia que genera, es quizá la mayor amenaza que hemos tenido como país en toda nuestra vida democrática. Y si el escándalo de los gringos sirve para que nos enfrentemos con más decisión a este problema, bienvenido el desplante del virrey.
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