| 4/1/1995 12:00:00 AM

Don Juan, la condesa y la economía

La condesa de Pereira, Nubia Braschi, es descendiente de Juan Clímaco Arenas, quien vendía la Laguna de Fúquene en el Waldorf Astoria.

Según la mitología de Platón, el amor es hijo de Poro, el recurso, y de Penía, la pobreza. Esta se aprovechó de la borrachera de aquél para hacerse un hijo, el amor, que por ser de tan opuestos padres es pobre, pero se las ingenia para salir de allí. Siendo nada, es todo.

Es curioso que no se haya visto la similitud de tal definición del amor con la economía, que es una mezcla igual de recurso y pobreza. Quienes atisbaron la analogía fueron los alquimistas, que querían hallar la piedra filosofal -aquella que trocaría todo en oro- por la fusión de los contrarios, lo que llamaban unión mística. Su búsqueda era exterior: transmutar la materia en oro, pero también interior, hallar la personalidad áurea.

Pero aun si el observador moderno tan desencantado de la alquimia se atiene a los hechos hallará que amor y economía se fundan ambos en la confianza. O al menos en la lucha contra la desconfianza.

Tocante al amor, los códigos caballerescos instituyeron principios como la lealtad a la dama, la seguridad de la palabra dada y el dar y recibir la famosa prenda sólo bajo la gravedad del rito consagratorio o en vista a ello. Y por más que el matrimonio moderno casi se haya reducido a los términos de un contrato civil, no deja de aparecer la confianza mutua como el requisito de la permanencia de la pareja, como lo saben muy bien los separados.

Tocante al dinero, la confianza es su clave, tanto que la versión inglesa de dicha palabra, trust, designa nada menos que a la corporación de propiedad por acciones. Cuando la confianza desaparece, como ocurrió con el trust que había creado Lesseps para la construcción del Canal de Panamá, todo se precipitó en el caos, como también sucedió en el pánico financiero del viernes negro en la bolsa de Nueva York.

Algunas iconografías llevan el caso al extremo, como pasa con el billete del dólar norteamericano, que juega con el símbolo masónico del ojo en la pirámide y con la confianza en Dios ("In God we trust"), que por metonimia o proximidad significa la confianza en la moneda que lo simboliza.

Pero donde más se prueba la analogía es en la violación a la regla. Y son tan frecuentes en ambos casos, que resulta extraño que unas y otras historias no las registren como sería debido para aprender de esa infinita volubilidad del hombre y de la mujer.

En el amor el gran simulador es Don Juan. Jamás se compromete. Eterno seductor, su presa y su burla son la confianza depositada por la dama de turno en él, que lo acreditan para una nueva aventura. Derrochador de recursos en ceda conquista, le importa más llevar la serie hasta el infinito que la permanencia en un acto amoroso, del que huye como si fuera la misma condena, porque fincar en él sería como perder la potencia de amar. Hasta que cae.

Los estafadores son en la economía el equivalente al don Juan. Ejemplos hay muchos y en Colombia no han sido pocos. El más célebre acaso sea el "ex clérigo Arenas", aunque quizás ya haya sido un tanto eclipsado por personajes como "El embajador de la India" o el estafador tecnológico que halló refugio en Austria como "perseguido político".

La ventaja de Juan Clímaco Arenas es que su vida ha sido registrada por una hermana, Ana Arenas de Rodríguez, a quien si le falta el vuelo de un Dostoievski para animar un personaje de novela, le sobra ingenuidad para relatar muchas de las aventuras de este personaje de la primera mitad del siglo. Que a fuerza de querer ser cura y no poder serlo, cayó en la primera fascinación del engaño, como falso cura en Caparrapí.

Terco, fue a Roma para apelar al mismo Santo Padre. Pero allí conoció mundo con un abate francés que se hallaba en el mismo trance. Entre las estafas de Arenas, la más célebre fue hacerse a comisiones de inversionistas petroleros norteamericanos a quienes desde el Waldorf Astoria prometía la Laguna de Fúquene, que pintaba como rebosante de petróleo.

A un importador de café vendió 10.000 sacos de muestras, porque no dijo en el contrato de cuántos kilos era cada saco. Puso a funcionar dos máquinas de fabricar billetes. Vendió a un ingenuo hacendado pachuno la empresa de tranvías de Bogotá. Casó a una viuda con un engañador, a quien engañó. Derrochador, el dinero le importaba menos que la seducción. Con sibilina lógica llegó a ser experto en derecho penal y civil para jugar con víctimas y captores.

Como el amor absoluto de los alquimistas, la confianza económica es un ideal raro. Además, el caso confirmaría a Borges cuando dice que en América Latina no hay aún ciudadanos regidos por ley, sino individuos cegados por el fantasma de don Juan.

Si usted es poseedor del libro de Arenas no lo pierda. Querrá saber cómo los insondables caminos humanos tejieron desde allí los ancestros de una de las pocas condesas que en Colombia han sido, la condesa de Pereira. Pero esto es harina de otro costal.
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