| 6/1/1994 12:00:00 AM

Cuando las callejuelas olían a chicha

La chicha embrutece a la gente. La chicha engendra el crimen. Por eso el gobierno colombiano la prohibió hace casi un siglo. La mayoría de los colombianos conocen esta parte de la historia. Ahora la directora de cine Mady Samper cuenta la otra parte.

El equipo de filmación todo el día y siente la tensión, como de una tempestad inminente, al aproximarse el momento de enfrentarse a las cámaras. Mira a la directora, Mady Samper, quien está sentada al frente, y le pregunta por cuarta o quinta vez: "¿Qué es lo que quiere que diga exactamente?" Esta es una pregunta delicada, porque Mady quiere que la toma sea natural, que evoque la ira verdadera de sus personajes.

Ella responde calmadamente: "Sólo quiero que usted cuente cómo se sintió cuando prohibieron la chicha".

Es el segundo día de un rodaje de tres días y Guillermo y su hermano, El Che, están a punto de llevar al equipo de filmación a una chichería ilegal ubicada en el sur de Bogotá. Mady, que estuvo allí algunos días antes para obtener el permiso del propietario, ha estado Guillermo esta sentado en una mesa pequeña de un restaurante muy concurrido en el centro de Bogotá. La ropa se le ve usada y manchada y su cara está resquebrajada por años de haber estado expuesta al sol. Está visiblemente nervioso y constantemente se pasa los dedos por su cabello salpicado de gris. Ha estado con el advirtiéndole al equipo de filmación que si no cuidan muy bien los equipos, éstos podrán desaparecer; el barrio es peligroso. Pero Mady no le teme al peligro, le teme a la apatía y a la resignación. La historia de la chicha es un torbellino de mala política, represión cultural y manipulación de las grandes industrias: exactamente la historia que ella está buscando.

La chicha fue prohibida por el gobierno en 1949 después de una campaña de casi una década contra esta bebida alcohólica. La campaña fue dirigida por el doctor Jorge Bejarano, entonces ministro de Higiene, que supuestamente había estudiado detenidamente los efectos sociales y físicos de la bebida extraída del maíz. Según sus estudios, la chicha no sólo era antihigiénica, sino que también despertaba la imprudencia, y algunas veces hasta la violencia, en quienes la bebían. La evidencia necesaria para prohibir la chicha se presentó durante el Bogotazo, el 9 de abril de 1948, cuando, según el informe posterior de Bejarano, el levantamiento espontáneo de los ciudadanos de Bogotá fue iniciado por consumidores de chicha. A la vuelta de dos años, los productores, vendedores y consumidores de chicha llenaban las cárceles de toda Colombia. Esta es la historia que la mayoría de los colombianos conocen. Mady Samper se propuso buscar a los colombianos que tenían una versión diferente que contar. Los productores del programa, Colcultura, sólo le permitieron tres días de rodaje debido a restricciones presupuéstales, pero en ese lapso logró construir un argumento muy fuerte a favor de la chicha:



Día 1: Aún no son las 8:30 a.m. y ya está llegando el equipo de filmación a la Biblioteca Nacional. Mady ha programado una serie de entrevistas, empezando por el folclorista y musicólogo Guillermo Abadía. Guillermo ha estudiado 16 de las 210 tribus indígenas de Colombia, conviviendo con ellas. Habla acerca de la importancia del maíz y del sol en la cultura de los indios y del producto de estos dos elementos: la chicha. La chicha se produce mediante una serie de rituales que empiezan con la recolección de la cosecha del maíz por los hombres de la tribu y la preparación de la chicha por las mujeres. Las muchachas "con buenos dientes", agrega significativamente, se sientan en un círculo a masticar el maíz, mientras que las mujeres de más edad se paran atrás, cantando canciones para prestarles apoyo.

Marta Torres, cofundadora de la Corporación Raíces, entidad de ayuda económica, y Luis Alejandro Rincón, profesor y antropólogo, también han contribuido a comprender el fenómeno de la chicha con claridad. Al trabajar en. algunos de los barrios más indigentes en Bogotá y al organizar el primer festival de la chicha en La Perseverancia, Marta pudo observar de primera mano cómo la prohibición en 1949 lastimó la propia alma de la clase baja de Bogotá. La chicha significa "identidad, ritual, ancestro, comunidad y cultura", dice Marta. "Pero con la injusta campaña del gobierno en contra de la bebida, el término enchichar ha venido a significar irracionalidad". Como antropólogo, Luis Alejandro se preocupa más por el efecto que ha tenido el privar al pueblo de la chicha. "El pueblo en la base de la pirámide", comenta, "estaba mejor alimentado cuando bebía chicha". La chicha se hace de maíz y contiene muchos elementos nutritivos necesarios. "Ahora el pueblo toma gaseosa".

Pero cada una de las tres entrevistas también toca una historia no revelada. Según ellas, la prohibición de la chicha no fue cuestión de salud. La chicha fue la víctima de la avaricia y el poder de una gran corporación. Dice Guillermo Abadía: "La hija de Jorge Bejarano estaba casada con Bernardo Sáiz, el entonces gerente comercial de una empresa cervecera. He ahí la clave". Tanto Marta Torres como Luis Alejandro Rincón confirman este parentesco y agregan que el mercado de la cerveza no se hubiera podido crear sin haber eliminado la chicha de la competencia.

Marta lee un aparte del informe de Bejarano que expone los supuestos efectos de la chicha: los consumidores alucinan y se enloquecen, como verdaderos Jekyll y Hyde. "El libro", dice Marta luego, "me provoca risa e indignación". El informe de Bejarano, que también recomienda el consumo de cerveza para reemplazar la chicha, incluye propaganda que dice: No más bebidas fermentadas. Bejarano obviamente nunca aprendió mucho acerca del proceso de elaboración le la cerveza.

Pero quizás lo absurdo de las acusaciones de Bejarano no se manifiesta con suficiente claridad hasta guando el equipo de filmación llega a La Perseverancia más tarde ese mismo día. Mady espera su próxima entrevista al lado del camión, esta vez con El Che, Alfonso García. Cuando el personal, vestido de bluyines y con tenis de marca, iba descargando los equipos, El Che apareció al lado de Mady, brotando de la tierra, como si hubiese sentido una extraña presencia en el barrio.

El Che dice que tiene ochenta y cinco años, aunque uno de sus amigos comenta que aquel tiende a exagerar. Pero el amigo a la vez admite que El Che fue una figura importante en La Perseverancia y uno de los principales colaboradores en la formulación de la ley que impuso la jornada laboral de 48 horas semanales. Se instala en un muro bajito en el parque para realizar la entrevista. Aunque sus ojos están levemente nublados por la edad, su rostro maneja expresiones con la fugacidad de un niñito y cada pregunta suscita una expresión variada de risa o de ira. "¿Qué pensó usted después de que el incidente del 9 de abril fue atribuido a la chicha?", grita airadamente, "¡mataron a Gaitán! ¡Por eso se enloqueció

la gente!".

A medida que avanza la entre vista, la gente se amontona detrás de

la cámara. Una de las curiosas de más edad, cuando se entera de lo que está pasando, aparta a uno de los del equipo. "¿Por qué están entrevistando a El Che?" pregunta disgustada. "Yo sé más sobre la chicha que él". Pero como contestando él mismo la pregunta, El Che se levanta del muro y empieza a cantar:

Oh, chichita sabrosa, Yo no puedo olvidarte un momento de mi vida,

Oh, chichita querida, ¡Yo no puedo sacarte de mi triste cabeza!

Con las manos bien extendidas y su mentón levantado orgullosamente, canturrea como un romántico perdidamente enamorado y entonces hasta la vieja se queda callada.

Día 2: Es temprano en la mañana y el equipo está en el barrio Egipto entrevistando a Francisco Calderón Cubillos. El tiempo oscuro y nublado parece ser parte integrante del barrio, lo mismo que su arquitectura colonial. Como si fuera un escenario de una película de Fellini, todos parecen tener la maldición de una cojera u otro defecto físico. Francisco, sentado solo en la esquina de la calle, luce una barba de cabello blanco como el algodón y su frente está cubierta por un tumor bulboso que parece canceroso. Aunque es tímido y taciturno, Mady lo atrae frente a la cámara, donde responde las preguntas agudamente y sin descanso. Nacido en 1925, Francisco se ganaba la vida en su juventud transportando la chicha en burro a varios restaurantes y bares de Bogotá y sus alrededores. Cuando llegaron los carros al país, se quedó sin trabajo. Pero como si esto fuera poco, fue el estigma de haber sido bebedor de chicha después de la prohibición lo que le hizo la vida más difícil. "Es muy doloroso ir a la cárcel por beber chicha", dice en voz baja, "cuando usted no ha cometido ningún crimen".

Después de varias entrevistas, el equipo de filmación llega a la chichería ilegal en un sector muy al sur de Bogotá. Todo el mundo está un poco aturdido por la emoción. La situación evoca imágenes de Al Capone, tabernas clandestinas con mirillas de puerta corrediza y santo y señas secretos de la prohibición en Estados Unidos en los años treinta. Pero cuando el equipo entra, no comprar la chicha, que se vierte desde un gran tanque en las garrafas de aguardiente. Cada botella cuesta $300 y uno de los cliente más tarde se toma una, algunas veces dos botellas al día. La chicha es oscura y turbia y Mady adviertes su gente que no beba nada, porque en chicherías como esta utilizan varios químicos para acelerar lo que por lo general es un proceso muy lento de fermentación.

Cuando Mady instala la cámara, muchos de los clientes se dispersan hacia el otro cuarto o suben. Uno de los que se esconde luego le cuenta a Mady que no quiere que su madre ni su hermana sepan que él se pasa todo el día en la chichería. Pero los que se quedan frente a la cámara, El Che, Guillermo y un grupo de parroquianos que es

tán jugando tava (un juego de apues

tas que utiliza huesos de oveja) no

solamente no tienen miedo a mos

trar su cara, sino que son bastante

locuaces acerca del tema. Es quizás

Guillermo el que dice el argumento

más agudo, el cual hace eco a lo

dicho por Luis Alejandro Rincón en

la entrevista hace algunos días. "Esta

chicha no -es de buena calidad. Si

fuera legal, tal vez controlarían la

calidad".



D la tres: Si el día dos fue un argumento para la legalización de la chicha por razones de higiene y control de calidad, en el tercer día Mady, sin ningún esfuerzo, comprueba la importancia de la chicha en la cultura de Colombia. El equipo va por la carretera a Suba, donde un cabildo de los indios muiscas ha acordado preparar y beber chicha frente a las cámaras. Aunque hablan

encuentra nada romántico ni emocionante en el lugar. El bar, con el penetrante olor ácido del cloro, no es más que una tienda en ruinas amoblada con mesas desiguales. La impregnación de pobreza hace recordar algunas de las acusaciones que Bejarano hizo hace unos 50 años acerca de la higiene de las chicherías.

Pero la pobreza y la vacuidad de la clientela tienen un efecto desconsolador. Las palabras de Marta Torres parecen difíciles de aceptar. ¿Dónde están la "cultura" y la "identidad"? Hay una muestra representativa de las generaciones, gente entre los 15 y los 85 años de edad, tanto hombres como mujeres, haciendo fila en el bar del primer piso para

español y se visten muy parecido a cualquier campesino, sus caras aún conservan la angularidad y el color oscuro de sus ancestros. Nunca han dejado de preparar chicha y recuerdan una época cuando la policía venía a la reserva y los multaba o los metía a la cárcel. Cecilia Gaitán, quien está de rodillas machacando un manojo de maíz encima de un pedestal de piedra, recuerda: "Teníamos que esconder la chicha bajo tierra, debajo de nuestros jardines". El gobernador del cabildo, Carlos Arturo Caita, descendiente directo del cacique, está escribiendo un libro acerca de su tribu en Suba. Están orgullosos de su herencia, como señala uno de ellos: "La palabra indio se emplea en Colombia como un insulto. Pero estamos orgullosos de ser indios".

Sacan grandes ollas de chicha para servirnos no sólo a nosotros sino a todo el personal del equipo. La chicha no se sirve en vasijas de plástico como en la chichería sino en totumas y el color es amarillo natural, con la textura arenosa del maíz. La chicha de aquí les toma más de dos semanas de preparación, tiene un

sabor tan delicioso que el equipo consume totuma tras totuma hasta que Mady finalmente tiene que pedirle a Cecilia que no les sirva más. "Si beben más", dice con una amplia sonrisa, "no podremos terminar el rodaje".

Ni los muiscas de Suba ni los clientes de la chichería parecen saber, ni tampoco importarles, quién fue el doctor Bejarano. Parece haber muy poca duda o temor de que la prohibición esté afectando a los consumidores empecinados de chicha. Pero Marta Torres, quien acompañó al equipo de filmación a Suba, corrige esta suposición. Aunque la Alcaldía le concedió el permiso para realizar el Festival de la Chicha en La Perseverancia en 1988,. el permiso fue revocado cuatro días antes del festival.

Varias semanas después, cuando Mady estaba repasando el material de la crónica, encontró una explicación de Guillermo Abadía a la palabra chibcha que describe la chicha. La palabra es "Zapcua". "Za" significa prohibición y "pcua", vender: prohibido vender, explica Guillermo. Mady señala que el significa

do de la palabra fue como un oráculo para los consumidores, una advertencia desoída, que a principios de los años cincuenta era motivo de encarcelación para aquellos que vendían y compraban la chicha. Para Mady, la chicha es una metáfora de la pérdida de cultura. "Para los colombianos, nuestra historia no comienza cuando llegaron los españoles. La '" chicha es un ejemplo de nuestras raíces perdidas". Al observar todos los problemas que la chicha ha causado al pueblo colombiano durante los últimos cincuenta años, quizás la advertencia chibcha era buena. Pero ahora, cuando los -. colombianos pueden consumir su dosis personal de cocaína y marihuana, ¿no se les permitira dosis personal de chicha
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