Confianza quebrada

| 1/25/2002 12:00:00 AM

Confianza quebrada

Además de las pérdidas financieras, la quiebra de Enron, la mayor de la historia, pone en entredicho la credibilidad de las instituciones del mercado de valores estadounidense.

Era difícil de creer. A finales del año pasado, Enron, el mayor comercializador de electricidad y gas del mundo, la séptima empresa por ingresos de Estados Unidos (US$100.000 millones en el 2000), la misma que durante 6 años consecutivos había sido catalogada por la revista Fortune como la más innovadora de ese país, se acogió a uno de los procedimientos de bancarrota de la ley estadounidense. Su acción, que en el 2000 alcanzó cotizaciones de US$90, quedó valiendo menos de US$1.



Es la mayor quiebra de la historia. Entre los damnificados se encuentran sus miles de accionistas, quienes súbitamente vieron cómo sus US$30.000 millones de capitalización de mercado se esfumaban; sus más de 10.000 acreedores, cuyos US$50.000 millones de deuda están en veremos; y parte de sus 25.000 empleados, cuyos ahorros pensionales en acciones de la empresa quedaron valiendo US$1.000 millones menos. Pero lo más sorprendente es que semejante desastre ocurrió en las narices del mercado de valores estadounidense, supuestamente, el más seguro y desarrollado del mundo. Más allá de un simple fracaso empresarial, el colapso de Enron atenta contra el cimiento de los mercados financieros: la confianza. Mientras los pormenores del caso son investigados por el Congreso y la Comisión de Valores Estadounidense (SEC, por su sigla en inglés), proceso que puede tomar varios años, este hecho tiene implicaciones de alcance global y pone en entredicho la credibilidad de algunas de las instituciones más veneradas de los mercados de valores.



Implicación 1: Demasiada liberalización puede ser nociva



Curiosamente, el efecto inmediato de la quiebra de Enron en el mercado energético fue leve. No hubo escasez ni cambios bruscos en los precios de la electricidad o del gas. Sin embargo, las consecuencias a largo plazo pueden ser enormes. La liberalización del mercado eléctrico, cuyas bondades ejemplificaba Enron, ahora es tema de aguda controversia entre legisladores y editorialistas, que claman por un papel más activo del Estado. De hecho, la Comisión Federal de Regulación de Energía de Estados Unidos recientemente comenzó a aplicar controles de precio y a debatir el asunto públicamente.



El tema de la liberalización también colocó sobre el tapete el papel de Enron como motor de corrupción en diferentes países y puso en aprietos a la Casa Blanca. Conscientes de las oportunidades de negocio que generaría un mercado libre, los directivos de Enron lideraron la causa antirregulatoria. Al parecer, sus estrechos vínculos políticos con los Bush, que datan desde las épocas en que George padre era vicepresidente de Ronald Reagan, y las generosas contribuciones de Enron al partido Republicano, le permitieron acelerar la desregulación del mercado energético.



Su influencia también era global: hasta mediados del 2001, Enron contaba con una legión de 88 ejecutivos de tiempo completo encargados de hacer lobby en diversos países. De hecho, la empresa es protagonista de un reporte de Amnistía Internacional, que la acusa de promover, mediante prácticas corruptas, la desregulación del mercado energético en India.



Por lo pronto, la bandera de la ética ya comenzó a ser agitada en Estados Unidos por congresistas demócratas que quieren sacar provecho de los nexos entre las grandes corporaciones y la administración Bush con miras a las elecciones legislativas de este año.



Implicación 2: Quizá los "expertos" no lo son tanto



La confiabilidad de los analistas bursátiles como orientadores del mercado quedó deshecha. En el mundillo de los inversionistas, Enron era reconocida por la complejidad e inconsistencia de sus estados financieros, lo que muchos atribuían a la novedad de su negocio. No obstante, el creciente precio de la acción salvaba este inconveniente, de manera que en septiembre del 2001, a escasos 2 meses del anuncio de quiebra, 16 de los 17 analistas encargados de cubrir Enron en Estados Unidos recomendaban su compra y el otro aconsejaba mantenerla.



La incompetencia de los analistas ha levantado críticas de fondo. Para muchos, el hecho de que compañías como Goldman Sachs y Lehman Brothers manejaran simultáneamente operaciones de corretaje y banca de inversión con Enron deja mucho qué desear sobre la objetividad con la cual calificaban sus acciones. Estos no son ejemplos aislados. Gigantes como JP Morgan y Morgan Stanley juegan ambos papeles en multitud de empresas. Luego de la catástrofe, resulta complicado entender cómo un analista bursátil de alguna de estas compañías puede emitir un concepto imparcial sobre la acción de una empresa con la cual mantiene jugosos contratos de banca de inversión, cuya continuidad muchas veces depende de la cotización en bolsa de la empresa cliente.



Las calificadoras de riesgo tampoco salen bien libradas. En medio de escándalos de corrupción entre los directivos de Enron y de rumores sobre sus problemas financieros, Moody's y Standard & Poor's solo bajaron su calificación crediticia el 28 de noviembre, 5 días antes del anuncio de su quiebra.



El derrumbe de Enron subraya la importancia de un principio vital para todo inversionista: "sin importar lo que digan, no invierta en ningún negocio que no entienda completamente".



Implicación 3: La contabilidad necesita cambios de fondo



La caída de Enron desenmascaró toda una maraña de operaciones contables tendientes a mantener la apariencia "saludable" de sus estados financieros. Con el fin de obtener recursos para financiar su plan de expansión, sin que su propiedad accionaria se diluyera ni su calificación crediticia disminuyera, Enron recurrió a una intrincada red de subsidiarias, alianzas y otros tipos de sociedades externas que le permitieron mantener por fuera de sus estados financieros las deudas contraídas.



Esta figura no es ilegal. Compañías como United Airlines, Xerox y Dell también la utilizan. Bajo los estándares contables estadounidenses, una empresa puede retirar de sus balances parte de sus activos y agruparlos en una entidad independiente, llamada de propósito especial (SPE, por sus iniciales en inglés). El problema radica en que las empresas rara vez divulgan con suficiente claridad las implicaciones de estas SPE. Ese fue el caso de Enron. Días antes de la quiebra, la empresa reconoció haber cometido errores contables y reclasificó sus estados financieros desde 1997 para incorporar algunas SPE que había excluido fraudulentamente. Solo entonces trascendió que desde ese año sus reportes de ganancias por US$3.500 millones estaban "inflados" en US$600 millones, es decir, en el 17%.



En este contexto, la idoneidad de Andersen, la firma auditora de Enron, está en el ojo del huracán. Además de poner su visto bueno en estados financieros que resultaron inexactos, durante los últimos 10 años, Andersen prestó a Enron servicios de consultoría contable y financiera cuyos honorarios excedieron los obtenidos por su labor de auditoría. A este conflicto de intereses --Andersen audita las maniobras contables de las empresas que asesora--, se suma toda una serie de revelaciones que van desde la destrucción deliberada de documentos hasta el hecho de que algunos de sus ex funcionarios eran altos ejecutivos en Enron. Con 40 demandas a cuestas por cuenta de su labor en Enron y una investigación de la SEC, que intenta determinar su responsabilidad en la laxa aplicación de las normas contables, la crisis de credibilidad de Andersen ha generado dudas sobre su capacidad de mantenerse a flote.



Sin embargo, más que el destino de una firma, lo que está en juego es el futuro mismo de la profesión contable. Tanto la SEC como los principales gremios contables han sentado las bases para discutir cambios que disipen el temor de un nuevo Enron. Entre las medidas que se contemplan están forzar el cambio periódico de auditores en las empresas, endurecer los controles sobre las firmas auditoras y forzar la separación de las labores de auditoría y consultoría, para resolver este conflicto de intereses, que es común entre las principales firmas de auditoría del mundo. Otro punto crucial tendrá qué ver con la modernización de las normas contables. Las normas actuales lucen inconvenientes para reflejar la realidad financiera de un mundo empresarial en el que los activos intangibles son cada vez más importantes.



Pero los temores por la aparición de un nuevo Enron no se limitan a Estados Unidos. Entidades como el Institute of Chartered Accountants in England & Wales, el principal gremio de contadores de Europa, abogan por unificar las normas contables del mundo según el International Accounting Standards, IAS, estándar que comenzará a regir en la Unión Europea a partir del 2005.



Al margen de la telenovela de intriga y corrupción en que se ha convertido el caso Enron, lo preocupante es que buena parte de las maniobras llevadas a cabo por la empresa se realizaron a la vista de todos, dentro del marco de la ley. Más que aclarar cómo Enron violó las normas, la discusión de fondo está en lo que las normas le permitieron hacer. Las medidas que se tomen a partir de este incidente serán determinantes para recuperar la confianza de los mercados de valores del mundo en sus instituciones.



La caída de un gigante

Enron quebró. La confianza del mercado, también.




Luego de tener a inversionistas y académicos a sus pies, Enron, la mayor comercializadora de electricidad y gas del mundo, anunció su quiebra, la mayor en la historia de Estados Unidos.

La sorpresiva quiebra se produjo en medio de rumores de corrupción entre las directivas de la empresa y de manejos contables dudosos.

Este suceso puso de manifiesto fallas de fondo en el mercado de valores estadounidense y puso en entredicho la confianza de los inversionistas en sus instituciones.

Mientras que Joseph Berardino, director de Andersen, lucha por sostener su firma a flote, Kenneth Lay y Jeffrey Skilling, los ejecutivos que llevaron a Enron a la quiebra, enfrentan demandas criminales.*



El Chapter 11 y Colombia

El 2 de diciembre del 2001, Enron se acogió voluntariamente al Chapter 11, uno de los 4 procedimientos de bancarrota contemplados por la ley estadounidense. Mediante este, Enron podrá mantener la propiedad de sus activos y seguir operando mientras acuerda con sus acreedores la cancelación o reestructuración de sus obligaciones. Mientras esto sucede, la empresa queda blindada contra todo proceso legal en su contra. Este procedimiento suele ser largo y dispendioso. Según Moran Law Group, firma estadounidense experta en procesos de bancarrota, su tasa de éxito es inferior al 10%.



En el caso de Enron, se está discutiendo la manera de vender sus subsidiarias e inversiones en el mundo con el fin de cubrir sus obligaciones, estimadas en cerca de US$50.000 millones. La idea es enfocar la empresa exclusivamente en el rentable negocio de la comercialización al por mayor de energía y gas y vender todo lo que no tenga qué ver con este.



Por ahora, la suerte de la participación accionaria que Enron tiene en las empresas colombianas Promigas y Centragas, en ambos casos cercana al 50%, dependerá de lo que se decida en estas negociaciones.
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