| 6/1/1997 12:00:00 AM

Colgando de un hilo

Colombia se ha insensibilizado frente al destino de sus grandes textileras. La pregunta en su lecho de muerte es: ¿ocurrirá el milagro?

Alejandro Ceballos Zuluaga, actual presi- dente de Leonisa In- ternacional, tiene aún fijas las imágenes en su memoria. En la optimista y soñadora década de los sesenta, lo que él y sus compañeros de la Universidad de Antioquia buscaban como ejemplo para ilustrar el tema de la industrialización en Colombia era las textileras de Medellín. No sólo se trataba de las tres más grandes empresas del país, sino que figuraban como las primeras de su clase en el continente.



Detrás de la puntera, que era Coltejer, pisaba fuerte Fabricato, y sólo dos puestos más abajo se asomaba Tejicóndor. Por ejemplo: si a Tejicóndor le hubiera tocado en suerte nacer en Argentina, podría haber sido allí la principal textilera, en una nación que, en ingreso y producto, era infinitamente más grande que Colombia. De ese tamaño eran las cosas entonces.



Pero lo que más admiraban Ceballos y sus pupilos no era la magnitud de estas empresas, ni sus puestos de liderazgo en la región, ni el papel benefactor en la ciudad. Por encima de todo, los jóvenes universitarios se descrestaban con las técnicas administrativas traídas por estas empresas. Habían traído y adaptado exitosamente procedimientos como la investigación operativa, el desarrollo organizacional, los costos estándar, la planeación productiva. ¡Ah! Y también habían importado los primeros computadores a Medellín, esos 1401 y 360, tan grandes como un refrigerador, en que los ávidos estudiantes se deleitaban los fines de semana, con la venia de los ejecutivos textileros. "Sin duda", recuerda Ceballos hoy, "estas grandes empresas eran el símbolo de progreso de Antioquia y de Colombia. Eran lo más revolucionario que uno pudiera conocer".



Fueron tan grandes y tan influyentes que reemplazaron al Estado en la protección del trabajador y sus familias. Las prebendas incluyeron planes de jubilación, superiores a los de cualquier país desarrollado. Y el Estado, aliviado de esa carga, se lavó las manos, como se las sigue lavando hoy.



En la actualidad, estas empresas caen agobiadas bajo el peso de las cargas prestacionales y pensionales; cargas que representan entre el 7 y el 10% de sus ventas. En verdad, por cada dos trabajadores activos existe un jubilado, y la supervivencia de éste y sus familias corre por cuenta de las textileras. Se ha descubierto, adicionalmente, que algunos viudos prolongan el disfrute de la pensión entre sus familiares, mediante matrimonios de conveniencia con parientes o amigas.



Juntando todos los fenómenos que acosan a las textileras, la mortandad de pérdidas en los balances de marzo fue elocuente: Coltejer, $1.866 millones; Fabricato, $33.976 millones; Tejicóndor, $12.753 millones; Enka de Colombia, $11.008 millones. Y siguen otras trece compañías, con cuantiosos saldos en rojo. En suma, las textileras colombianas registraron, en 1996, pérdidas superiores a los $91.754 millones. Algunas ya están en concordato; otras, en proceso de liquidación. Y la tendencia continúa: el primer trimestre de 1997 también fue desolador: Coltejer perdió $456,3 millones; Fabricato, $6.963 millones, y Tejicóndor, $2.291 millones.



Es un hecho que la crisis afecta, en mayor medida, a las grandes empresas de origen antioqueño, responsables del 40% de la producción nacional. El 60% restante no está tan golpeado como sus colegas mayores; sobrevive, y a veces triunfa local e internacionalmente, porque de tiempo atrás buscaron no repetir los errores de sus venerables colegas, y no sólo se tecnificaron más rápido -gracias a su menor tamaño-, sino que pudieron convertir en ventaja los atributos de la reforma laboral impuesta por la Ley 50.



El gobierno frecuentemente arguye que no se puede extender la crisis de las grandes y pesadas textileras a las pequeñas y medianas empresas del sector, que registran, muchas de ellas, buenos resultados. Y si bien es cierto que algunos de los más graves problemas tienen origen interno en las compañías, es igualmente válido decir que el difícil entorno macroeconómico es una especie de último clavo en el ataúd para las factorías de formato mayor.



La lista de calamidades es larga: aranceles para la importación de fibras (frente a una situación de cero gravamen para sus competidores), contrabando rampante, acuerdos binacionales dañinos para la industria nacional, lacerantes tasas de interés, lavado de dólares y un régimen cambiario que, en opinión de varios voceros, funciona bien en los libros, pero causa desastres en la dura realidad colombiana.



Si el reto fuera modernizarse y hacerse competitivas, tal vez las grandes textileras se habrían transformado de tiempo atrás. Pero el sobrecosto pensional y prestacional y los citados problemas económicos y políticos comienzan a doblegarlas en forma tal que ya no parecen tener pie firme para levantarse.



El sector textil aporta un 2,7% del PIB nacional y un 13% del PIB manufacturero, lo que equivale a vaticinar que el riesgo de un colapso tendría consecuencias catastróficas para el país. Dejaría en la calle a más de 200 mil personas, entre obreros, ingenieros, profesionales, confeccionistas, diseñadores, técnicos, proveedores, transportadores, recolectores y cultivadores de algodón, y, obviamente, a todas sus familias.



En palabras de Francisco Restrepo, de la Fundación Proantioquia, con sede en Medellín, el desplome de las grandes textileras desencadenaría una catástrofe laboral, social y empresarial sin precedentes. "Pensarlo, incluso, resulta perverso", dice.



La frustración para las textileras es enorme. Si bien les corresponde sacudirse y ponerse a tono con las circunstancias del mundo globalizado, los factores externos de la crisis sólo pueden superarse si el Estado se lo propone; y el Estado colombiano no ha dado muestras, en los últimos 15 años, de querer sacar adelante un proyecto de futuro para el sector manufacturero.



Los acuerdos sectoriales vigentes atañen más a la competitividad que al análisis de cuáles actividades industriales deberían acabarse y cuáles deberían salvarse o potenciarse de cara al siglo XXI.

En opinión del consultor Gabriel Poveda Ramos, el sector textil es uno de los que debe redimirse, por su importancia económica y social, no obstante haber pasado de controlar el 100% del mercado nacional a menos del 70% actualmente. El resultado es que las grandes textileras quedaron sobredimensionadas en estructura, productos e ineficiencia.



Para Poveda, los campanazos de alerta se venían sintiendo desde hace por lo menos 22 años, y ningún empresario pareció tomar en serio las múltiples advertencias.



El primero lo produjo la miniapertura decretada por el presidente Alfonso López Michelsen (1974-1978). Los efectos fueron desastrosos, pero no produjeron los efectos esperados en términos de adecuación a los cambios que ya se adivinaban en la economía mundial. El gobierno posterior de Julio César Turbay Ayala (1978-1982) mantuvo las políticas aperturistas. Y como ese período coincidió con una caída en la demanda mundial, los despidos y grandes remezones financieros no se hicieron esperar. Sólo el gobierno del antioqueño Belisario Betancur (1982-1986) se compadeció con la suerte de las tejedoras y, para tratar de salvarlas, les tiró el flotador proteccionista.



Producto de todos estos hechos, la Andi concluyó, en 1982, un estudio sectorial, que cantó todas las verdades a los empresarios. Para empezar, les dijo que debían modernizar sus procesos de hilandería y tejeduría, para ponerse al día con las tendencias mundiales; fijar acuerdos empresariales para compartir procesos; contratar, de manera urgente, mecánicos especializados e ingenieros textiles, especies exóticas en las fábricas; reducir referencias y buscar nuevos nichos de mercado. Las recomendaciones de la Andi no alcanzaron a decantar lo suficiente entre los industriales, pues las acciones de Betancur pronto mejoraron el panorama y las recomendaciones se tradujeron en pocas acciones.



El gobierno de Virgilio Barco (1986-1990) reactivó los procesos de apertura, y por primera vez se temió que algo traumático se acercaba. Finalmente, con César Gaviria (1990-1994) cayó la guillotina. Sus decretos de principios de 1991, sobre apertura económica, no dejaron duda: la historia textil colombiana se había partido en dos.

En parte para amortiguar el golpe, se contrataron estudios como el del Boston Consulting Group, para preparar el sector a la nueva realidad. En el grueso de sus conclusiones, este trabajo no hizo más que repetir gran parte de las recomendaciones de la Andi. Algo similar haría después el Informe Monitor sobre competitividad. Ahora, un diagnóstico mucho más radical y sangriento proviene de la empresa suiza Gherzy, que, palabras más palabras menos, sugiere la reinvención del sector. "No se puede decir que no estaban advertidos", dice Poveda.



Otros analistas independientes, contratados por los sectores industrial y financiero, coinciden en que, si en cinco años no se produce un revolcón, en menos de una década muchas textileras, entre ellas las grandes, podrán haber desaparecido.



¿Hacia dónde, entonces, deben marchar? Y si tienen futuro, ¿cuál debe ser éste?



En el sentir del Instituto para la Exportación y la Moda, Inexmoda, con sede en Medellín, cuatro puntos deben hacer parte de la futura estrategia: visión empresarial moderna y global; creatividad y capacidad de innovación, que conduzca a introducir mayor valor agregado a los productos; profesionalización, con personal idóneo y comprometido, que haga las cosas bien; y comercialización, para responder a las exigencias del mercado y llevarle al cliente lo que busca. "Si quieren sobrevivir, deberán avanzar, rápidamente, en estos puntos", dice Roque Ospina, director ejecutivo de Inexmoda.



Muchos de los avances en visión y estrategia se encuentran en la rama confeccionista. Ospina cita el caso exitoso de Leonisa, que, desde hace cerca de 30 años, exporta productos de excelencia a un mercado mundial, porque se trazó una meta específica y buscó desarrollar una actitud abierta dentro de un entorno económico cerrado. Confecciones Colombia es otro caso de correcta anticipación a los cambios, sobre todo en materia comercial. Y en el área textil están los casos de Fatelares, en Medellín, Lafayette y Protela, en Bogotá.

Según Ospina, empresario que no esté dispuesto a darse la pelea, no vivirá para contarlo. "El proceso será doloroso y dramático, pero tendrá que hacerse", dice.



La experiencia recogida por Inexmoda demuestra que el gran empresariado textil colombiano ha evitado, a toda costa, decirse las verdades. "Aquí no cerramos las empresas o corregimos drásticamente los errores cuando tenemos el agua al tobillo, ni a la rodilla, ni a la cintura, ni al cuello", dice Clara Echeverri, directora de comercio exterior de Inexmoda. "Aquí pataleamos cuando nos vamos a ahogar o cuando ya estamos liquidados".



Tal vez las grandes textileras co- lombianas estén ahora con el agua al cuello, o quizá más arriba. Pero una nota de optimismo gira alrededor de sus estrechos nexos con dos poderosos grupos económicos nacionales: el Grupo Ardila Lülle, en el caso de Coltejer, y el Sindicato Antioqueño, en los de Fabricato y Tejicóndor. Allí se encuentra parte de su posible redención.

"La organización está comprometida con nosotros y con nuestro futuro", dice René Gómez, presidente de Coltejer. Y para Fabricato, el mejor espaldarazo del Grupo Antioqueño se produjo en diciembre, cuando anunció una recapitalización de más de $24 mil millones. "Nuestro empeño sí es sacarlas adelante", dice Juan David Viera, vicepresidente de desarrollo empresarial de Suramericana de Seguros, uno de los principales socios de Fabricato y Tejicóndor.



Desde el punto de vista de mercado, hay un atractivo permanente que las textileras no pierden de vista: la certeza de que la población nacional y mundial crecerá, garantizando así más mercado para ellas.



Y si la producción algodonera se toma como base del sector textil, Colombia tiene un amplio margen de oportunidades. En el presente, el país cuenta con capacidad para procesar 100 mil toneladas de algodón anuales, contra un promedio mundial de 18,5 millones. Si, como se supone, el crecimiento global trepará a 22 millones de toneladas hacia el año 2000, muy posiblemente Colombia registrará un incremento sustancial, para un total de 150 mil toneladas anuales.



Sin embargo, el actual déficit algodonero sobrepasa las 45 mil toneladas, con el agravante adicional de un arancel de 12%, que encarece el producto frente a unos competidores internacionales subsidiados. Por otro lado, este faltante también ha dado lugar a penetraciones de multinacionales norteamericanas como Cotton USA, que, con su reconocida marca, ha matriculado a varios compradores nacionales y está a punto de incursionar en la venta de hilazas, a precios más baratos que las producidas por las tejedoras colombianas.



Pero una tradición de 90 años, encabezada por Coltejer -que este año celebra nueve décadas de actividades- puede convertirse en un gran aliado en el largo plazo. Varios analistas han comparado este caso, por ejemplo, con el de la industrria automotriz estadounidense.



Los japoneses estudiaron durante dos décadas las debilidades del mercado norteamericano, y en los ochenta lanzaron una estrategia para apoderarse de un buen pedazo de la torta. Y lo hicieron, llevando a General Motors y a Ford a la más profunda crisis de su historia. Pero, a través de una profunda reingeniería, estas firmas protogonizaron un contraataque, y hoy han logrado recuperar gran parte del terreno perdido. "En lugar de capitular, las grandes textileras deben reestructurarse, recuperar el mercado doméstico y lanzarse a una ofensiva nacional e internacional sin precedentes", dice Restrepo, de Proantioquia.



Una de las salidas, entonces, es especializarse en líneas reconocidas, como denim, géneros anchos y driles, y dejar de producir cientos o miles de referencias, con el agravante adicional de que todas las grandes fábricas persiguen los mismos mercados de exportación.



Pueden buscar, asimismo, ser el centro de la moda y del diseño de Latinoamérica, como lo ha hecho Hong Kong en el Lejano Oriente. Es decir, transformarse en un punto de alta costura, en el que sus telas y prendas contengan mayor valor agregado y, por ende, mejor precio.



Lo que sí es evidente es que, sin un entorno macroeconómico apropiado, será imposible recibir el soplo necesario para sobrevivir y tener una nueva oportunidad en el difícil y competido entorno textilero global.



También habrá que cambiar las percepciones culturales con respecto a lo que, tradicionalmente, ha representado el sector textil en la economía nacional. Por ejemplo, no se le podrá ver más como una solución al problema social del desempleo masivo de personas no calificadas. Será necesario considerarlas como industrias demandantes de capital y altísima tecnología. El problema social lo podrán asumir las firmas de confección, aunque no todas, porque ya es una realidad el diseño por computador, el corte por rayo láser y la costura por ondas ultrasónicas.



"Definitivamente, se va a requerir de una reconversión cultural frente a lo que fue la industria hasta los años setenta y ochenta, y de lo que va a ser en el siglo XXI", dice Restrepo, de Proantioquia.



Algunos cambios ya se ven. Las tres textileras han recortado personal y se han modernizado en un 60%. "Falta un trecho todavía", dice Jorge Restrepo Palacio, presidente de Fabricato. "Pero hacia allá vamos". Coltejer, por delante de las otras dos gigantes, se ha redimensionado, cerrando las fábricas de La Toma, en el centro de Medellín, y de Rosellón, en Envigado. Mantiene solamente sus plantas de Itagüí, adonde se han pasado la presidencia y el área administrativa, y la de Rionegro, en el oriente antioqueño. "Tenemos el tamaño justo para los nuevos tiempos", dice Gómez, su presidente.

Fabricato se dirige también hacia un redimensionamiento sin precedentes, que la llevará a integrar varios procesos con Tejicóndor. Uno de ellos, por ejemplo, será la hilatura. "Y gradualmente seguirán apareciendo otros proyectos integrados", dice Restrepo Palacio.



Igual que Coltejer -que ha sacado una línea de productos terminados, vendidos a través de tiendas propias-, Fabricato firmará una alianza estratégica con tres grandes confeccionistas nacionales, para lanzar productos con alto valor agregado. Según Restrepo Palacio, 1997 atestiguará el nacimiento de la nueva empresa.



Y en el tema de pensiones, las tres firmas han comenzado a sugerirle al gobierno fórmulas, como la de convertir las cargas pensionales en deudas financieras, para que el gobierno, a través del ISS, adopte a los jubilados, sobre la base de un fondo creado por las empresas.



Es posible que la cirugía acabe con la imagen que el joven estudiante Ceballos tenía de esos grandes símbolos de solidez y progreso. Pero él ya sabe, por experiencia propia, que el conformismo es el peor enemigo del éxito. "Cada cuatro o cinco años uno debe botar lo que tiene en la cabeza, y reinventarse de nuevo". Esta práctica, por lo menos en Leonisa, ha pagado dividendos. Para sus viejos ídolos la lección parece estar llegando tarde, pero aún hay tiempo.
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