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| 7/6/2011 6:00:00 PM

Carrera millonaria

Hasta tres millones de dólares puede costar entrar al negocio del automovilismo, una tendencia que hoy atraviesa por su mejor momento en el país.

La meta es una sola: llegar a las categorías más importantes del mundo y competir al lado de figuras de la talla de Fernando Alonso, en la Fórmula 1 o Jimmie Johnson, en la Nascar. Ese fue el objetivo que, a muy corto plazo, se trazaron los 13 jóvenes pilotos colombianos que actualmente corren en los campeonatos amateur de mayor renombre en Europa y Estados Unidos. Gracias a ellos, Colombia es en este momento el país latinoamericano con más automovilistas en el exterior, por encima de Argentina y Brasil, dos viejas potencias de la región en esa materia.

El vertiginoso crecimiento de este deporte en el país está relacionado básicamente a dos aspectos. Primero, a los buenos resultados y el protagonismo alcanzado por Juan Pablo Montoya durante los últimos 12 años de su carrera -Indy Car, Fórmula 1 y Nascar-, algo que convirtió su imagen en el modelo a seguir de una nueva generación de deportistas dispuestos a darlo todo para figurar en los primeros renglones de la élite mundial. Lo segundo, y tal vez lo más importante, a los millonarios réditos que le quedan a un automovilista cuando logra firmar un contrato con una de las categorías top. Todos, al final, están detrás de un difícil pero jugoso negocio.

Difícil porque, a diferencia de otras disciplinas como el fútbol o el ciclismo, en donde las empresas se encargan de formar al deportista, patrocinarlo, ponerle un sueldo y convertirlo en profesional; en las primeras etapas del automovilismo ocurre todo lo contrario: el piloto tiene que buscar al empresario y, por si fuera poco, pagarle astronómicas sumas de dinero para que le dé la oportunidad de pertenecer a su equipo. "Aquí la inversión que toca hacer para alcanzar el profesionalismo es muy alta y lo grave es que las posibilidades de conseguir ese objetivo son muy bajas, por la estrechez que existe en este medio", le dijo a Dinero Germán Mejía Pinto, experto en deportes a motor.

La estrechez de la que habla Mejía no es nada distinto a la poca disponibilidad de plazas que hay en cada una de las categorías a las que les están apostando los pilotos colombianos. Las cifras hablan por sí solas: en la Fórmula 1 -que es el anhelo de casi todos- hay 24 puestos; en la Nascar, 43 y en la Indy Car, 23; además de los 33 competidores que tienen la opción de correr las 500 millas de Indianápolis, una cita que solo se da una vez al año. En otras palabras, solo hay 123 cupos para todos los automovilistas del mundo.

Así que para llegar a la cima hace falta más que talento. Es necesario tener una chequera solvente y conseguir patrocinadores dispuestos a desembolsar cifras que oscilan entre los US$150.000 y los 2 millones de euros. Eso es lo que cuesta entrar a cualquiera de los campeonatos en donde hoy corren los 13 colombianos (ver ranking).

"En la actualidad, ninguno de estos muchachos está recibiendo plata, todos están invirtiendo", cuenta Helmer Bejarano, ex corredor de carros y experto en el tema. Entonces, ¿para qué invertir si no hay nada a cambio? La respuesta es sencilla: lo que están haciendo es el equivalente a pagar una universidad con miras a recibir en un par de años el 'grado', que podría ser un contrato con la Fórmula 1 o la Nascar.

Pero mientras llega ese momento, los escollos que tienen que sortear son más que espinosos. Por un lado, deben convivir con la presión física y sicológica propia de un deporte de alta competencia y, por el otro, asegurar los recursos para cada temporada. Y es precisamente este último factor el que, con el paso del tiempo y si los resultados no son los mejores, genera el mayor desgaste y hace que muchos prefieran tirar la toalla.

Es el caso, por ahora, de los hermanos Sebastián y Julián Martínez. Los dos se aventuraron a entrar en la categoría norteamericana Rolex Grand-AM, con un equipo creado por ellos mismos. Para lograrlo, invirtieron US$380.000 en un carro diseñado a su justa medida y adicionalmente US$100.000 en mecanismos especializados. Sin embargo, el impulso les llegó a hasta principios de este año cuando los recursos empezaron a flaquear y ninguna empresa los volvió a patrocinar. Al final, su opción no fue otra que dar un paso al costado.

Entre tanto, los que aún siguen dando la batalla trabajan para ser fichados cuanto antes por alguno de los grandes equipos, en donde las sumas de dinero que se manejan al año no son para nada despreciables. Por ejemplo, un piloto de Fórmula 1 puede ganar hasta 15 millones de euros al año. No muy diferente a lo que pasa en la Nascar, donde el mejor pagado recibe cerca de US$10 millones. En la Indy Car, por su parte, un competidor se embolsa unos US$5 millones.

Y, aunque muchos son los llamados y pocos los escogidos, esta nueva generación de colombianos tiene los tres ingredientes que se necesitan para llegar a la meta: talento, apoyo y, lo más importante, juventud, -casi todos están entre 15 y 20 años-. "Son realmente jóvenes y si han llegado a donde están es porque tienen un don muy especial. Su futuro es bastante promisorio", concluye Mejía Pinto.

El camino es largo. Y el reto es aún mayor. Pero a pesar de eso, si las empresas siguen dándose la pela para patrocinar el deporte a motor, es muy probable que de esta nueva camada salga el Juan Pablo Montoya de la década que apenas comienza. Amanecerá y veremos.

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