| 2/19/2014 8:00:00 PM

¿Quién pidió pollo?

El grupo dueño de los restaurantes Cali Mio, Cali Vea y la Brasa Roja aspira a expandirse por todo el país.

Todo comenzó con la idea de siete hermanos boyacenses que querían montar un restaurante. Se asociaron con un amigo caleño, quien les propuso vender comida valluna y ahí se prendió la chispa de una cadena de restaurantes que, hasta 2012, se ubicaba como la sexta de mayor facturación en el país –con $82.953 millones–.

Se trata del Grupo CBC, que abrió su primer local en Bogotá en la Avenida Caracas con calle 72, hace 40 años, bajo la marca Cali Mio. El restaurante empezó a marchar bien pese a que desde sus inicios compite en uno de los segmentos más reñidos: el de los asaderos de pollo.

Los hermanos García decidieron entonces aumentar su apuesta y le compraron al socio caleño, para luego expandirse con otras marcas asociadas: Cali Vea y La Brasa Roja. César García, presidente de la junta directiva del Grupo, explica que la Brasa Roja se creó pensando en crecer fuera de Bogotá, usando una marca que no generara problemas de regionalismos. Por ese motivo es la marca con más locales (55).

Cada marca avanzó separadamente hasta que en 2005 se consolidaron como grupo. Unieron la parte administrativa, financiera y de mercadeo y desde entonces manejan una sola planta de producción en la que preparan los alimentos para que lleguen listos al asador. Los García se precian de contar con una fórmula secreta para sazonar, a la que atribuyen gran parte de su éxito.

El año pasado facturaron $87.000 millones y la meta de este año es llegar a los $90.000 millones, una cifra nada despreciable si se tiene en cuenta que, a diferencia de sus competidores, solo tiene presencia en Bogotá, – municipios de la Sabana–, Cali, Palmira y Medellín.

García explica que, por esta razón, su objetivo es crecer a nivel nacional, antes que expandirse en el exterior, pues quieren estar en las 32 capitales y dentro de lo posible, sin franquicias. Toda la operación la manejan directamente, lo que implica una nómina de 1.750 empleados.

El empresario reconoce que no han escapado de las pretensiones de fondos de inversión que están comprando restaurantes, pero dice que, aunque escuchan propuestas, tienen claro que, así se asocien, mantendrán el control del negocio.

No obstante, acepta que la competencia está cada vez más dura por la entrada de nuevos jugadores, así como por la elevada informalidad de muchos asaderos de pollo. “Nuestra ventaja es que tenemos una clientela fiel, que prueba nuevos restaurantes, pero siempre vuelve”, comenta sin asomo de modestia. No en vano, venden 160.000 pollos al mes.

Otra clave para los buenos resultados, confiesa, es elegir el punto adecuado para abrir el local y tener un servicio a domicilio de amplio espectro, que pese a lo que se podría pensar, se mueve por igual en estratos altos y bajos. “Ciudad Bolívar es una de nuestras mayores fortalezas”.

Su clientela está en la clase media que hoy sigue teniendo al pollo asado como su comida preferida fuera del hogar. Incluso, cada vez que van a uno de sus restaurantes, gastan en promedio $32.000, no sin antes preguntar ¿quién pidió pollo?
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