| 5/1/1994 12:00:00 AM

Bienvenido, embajador , Frechette

Por fin Estados Unidos envía a Colombia un especialista en comercio y no un policía antidrogas en el puesto de embajador.

Los colombianos deben estar contentos. El nuevo embajador de los Estados Unidos en Colombia será un hombre de negocios en vez de uno de los acostumbrados policías diplomáticos. Y no cualquier hombre de negocios. Es un experto en economía latinoamericana y tiene más palancas que cualquiera de sus antecesores, no sólo dentro del Departamento de Estado sino en el Departamento de Comercio. También en el sector privado, pero, especialmente, en la Presidencia, donde trabajó como el número dos de la poderosa junta del "Office of the U.S. Trade Representative".

Además tiene barba; el primer embajador del norte con una, desde que Diego Asensio la dejó crecer durante su secuestro a manos del M19, en la sede diplomática de República Dominicana en Bogotá en 1980. Y nació... ¡en Chile.

"Es un gran oso de hombre, como de casi dos metros de altura, fornido, con una voz tipo altoparlante y un gran sentido del humor", dice el nuevo embajador de Argentina, Hernán Massini Excurra, quien elaboró con este formidable gringo ciertas reformas económicas en Buenos Aires. "Pero, le advierto, cuando se enoja, es capaz de sacudir los cimientos del edificio".

Se trata de Myles Robert Rene Frechette, de 57 años de edad.

Para Colombia su nombramiento constituye una especie de sueño hecho realidad. "El representa un anhelo del gobierno colombiano, es decir, un trato primordialmente comercial en nuestras relaciones con los Estados Unidos, y no sólo como el cuartel de los carteles de droga y el ámbito de una guerra contra ellos", observa un consejero del Palacio de Nariño.

Y agrega, "el señor Frechette podría ser nuestra llave para entrar en NAFTA". ¿NAFTA? Es quizás una expectativa demasiado soñadora. En su primera entrevista como embajador frente a Colombia (recuerden mis palabras aquí), seguramente Frechette va a reprochar a los ambiciosos colombianos: olvídense por el momento de NAFTA, y dedíquense a desarrollar el Acuerdo Andino de Comercio Preferencial (ATPA).

¿Por qué? Porque el ATPA trae mejores beneficios a Colombia de los que conllevaría el NAFTA. Además, dirá Frechette, queremos ver si Colombia es capaz de aprovechar el ATPA. Si el país pasa esta prueba, veremos cuándo invitarles a formar parte del más grande bloque comercial jamás concebido, el sueño gaviriano de "libre comercio desde Alaska a la Tierra del Fuego".

También explicará que Colombia podría entrar en una versión expandida del NAFTA, sólo después de Chile, Argentina y Venezuela. El no preguntará, por lo menos no en público, ¿por qué el afán de pertenecer a NAFTA, sobre todo cuando ya tienen un mejor acuerdo directo con los Estados Unidos? (Y alguien le contará que este afán obedece a una especie de snobismo de rosca, o sea, al hecho de que a los colombianos, tanto emergentes como de alta alcurnia, les encanta ser miembros de los "mejores clubes, ala").

Pero ¿por qué pienso que Frechette será distinto a embajadores anteriores como Lewis Tambs o Thomas Edmund McNamara o el actual, Morris D. Busby?

DE BUENO, COMPAREN USTEDES:

El jovial y travieso Tambs, profesor universitario y experto en seguridad nacional, fue el embajador quien acuñó los términos que comienzan con el prefijo "narco": "narcoguerrilla", "narcodineros", "narcoaviones", etc. Nunca tuvo pelos en la lengua, condición que le hizo ganar el calificativo de "persona non grata" por parte del Partido Socialista colombiano. Pero como Tambs no era diplomático de carrera (más bien un gran amigo del presidente Ronald Reagan), no le importaban los problemas que provocaba. El se burlaba de los izquierdistas a quienes no les gustaba el ' prefijo de "narco", y se enorgullecía con la caricatura de él que había publicado, con todo el veneno del caso, el periódico Voz Proletaria. La tenía enmarcada y colgada en un rincón prominente de su oficina. Era simbólico, supongo, dado que Tambs trató a Colombia como una caricatura, "una pequeña república de café y cocaína".

McNamara, a su vez, fue con Colombia todo un caballero. Le tocó el papel de policía a la fuerza, pues tuvo que lidiar los años más violentos de la llamada guerra contra la droga (1988-1991).

Casualmente él llegó aquí preparado para tal eventualidad. Como vicesecretario de Estado Adjunto (el equivalente del Estado Mayor militar), lideró la negociación de acuerdos sobre seguridad con Honduras, y contribuyó al restablecimiento de las relaciones político-militares con Argentina, después de que esa nación retornó a la democracia. Su orientación siempre fue de corte militarista, como miembro del Consejo Nacional de Seguridad de 1987 a 1988, es decir inmediatamente antes de venir a Colombia, y como asesor del secretario de Estado Cyrus Vance en las negociaciones de control de armas entre Washington y Moscú, en la década de los 70. También desempeñó un papel importante en la decisión de la POTAN de 1979 de desplegar mísiles en Europa, mientras negociaban un acuerdo armamentista con la Unión Soviética. ero si McNamara era un príncipe guerrero, su sucesor Busby ha sido un soldado (con rango de general por supuesto). Busby fue oficial de la Armada estadounidense durante 15 años, donde, ganó dos condecoraciones: Medalla Meritoria de la Armada y la Medalla Estrella de Bronce, por acciones en combate en Vietnam. Como ministro consejero de la embajada norteamericana en México, tuvo que lidiar el lío del secuestro y asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena, y luego el problema del rapto por parte de la DEA de supuestos narco-colaboradores mexicanos. Inmediatamente antes de ser titular en la embajada bogotana, Busby actuó como coordinador de los programas de los Estados Unidos antiterrorismo. De hecho contribuyó a la cacería del capo Pablo Escobar, e hizo con sus declaraciones y presiones que la opinión pública internacional reenfocara la guerra contra la droga hacia el llamado cartel de Cali. Se va de Colombia no con una carcajada maliciosa, como Tambs, sino con un suspiro de alivio, pues las amenazas contra su vida han aumentado desde principios de año, cuando des-. embarcaron en el pueblo de Juanchaco, en la costa Pacífica, un contingente de ingenieros militares para construir una escuela y un puesto de salud.

n cambio, Frechette no ha traba jado nunca en cuestiones de. seguridad o policía. En el sector privado ha sido ejecutivo de la Boeing Company y del banco Manufacturers Hannover Trust. Como diplomático ha tenido cargos técnicos en Brasil, Argentina. y Chile y como tal ha trabajado varias veces por algunas semanas en Colombia. Fue embajador en Camerún de 1983 a 1987. Después elaboró un programa de canje de deuda con países de Europa Oriental, Afri-

ca y Latinoamérica, dentro del Programa de intercambio Ejecutivo. Luego Frechette se desempeñó como encargado del área de América Latina, el Caribe y Africa para la Oficina de Representantes de Comercio.

El nombramiento de Frechette como embajador en Colombia demuestra la intención del gobierno del presidente Bill Clinton de "desnarcotizar" las relaciones con Colombia, y poner el énfasis en el comercio legítimo. Claro que Frechette tendrá que explicar, seguramente desde su primera entrevista con la prensa y con los dirigentes industriales y políticos (sobre todo los cafeteros), porque aparentemente incumplió su palabra de restablecer el sistema de cuotas dentro del pacto entre productores y consumidores, cuando fue el representante de los Estados Unidos frente a la Organización Internacional del Café. (A ver: apuesto que dirá que los países productores no se ponían de acuerdo para tal pacto, y que además no se justificaba el sistema de cuotas mientras persistiera la sobreproducción y grandes existencias en manos de los tostadores. Y no hay mal que por bien no venga; gracias a esta decisión, o indecisión, los cafeteros fundaron la Asociación de Países Productores de Café. Así tomaron las riendas de su destino y todos están mejores por ello).

No hay duda de que con Frechette, Colombia y los Estados Unidos comienzan una nueva etapa.
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