| 9/16/2010 4:00:00 PM

Agricultura de laboratorio

Gracias al desarrollo de semillas con novedosas propiedades y a la reducción en los costos, los cultivos de plantas genéticamente modificadas siguen creciendo en el país. Sin embargo, algunas organizaciones advierten sobre sus riesgos.

La venta y producción de semillas modificadas genéticamente en Colombia parece navegar con todo el viento a favor. Esta actividad, conocida como agricultura transgénica, pasó de representar 21.470 hectáreas cultivadas en 2006, a 35.700 el año pasado, que equivalen a 8,3% de las 4,3 millones de hectáreas cultivables del país.

"Colombia ocupa el puesto número 16 en hectáreas sembradas con biotecnología en el mundo, lo que la convierte en uno de los pioneros en el tema y en el único país que siembra cultivos genéticamente modificados en la Región Andina", dice un vocero de la productora de semillas Monsanto.

Ahora bien, para varias organizaciones no gubernamentales, el creciente auge de estos productos también podría incidir, en el corto plazo, en problemas sociales, económicos y en el medio ambiente.

A grandes rasgos, las semillas transgénicas tienen características que difícilmente alcanzarían por evolución natural. Mediante procesos genéticos, varias compañías de investigación y desarrollo combinan las propiedades de diferentes variedades agrícolas para producir plantas más resistentes a algunas enfermedades, que incluyen vitaminas y minerales o que pueden ser cultivadas en terrenos áridos.

En el país se comercializan semillas de maíz y algodón (ver recuadro), que resisten la acción de herbicidas de amplio espectro, como el glifosato, y el ataque de algunos insectos lepidópteros. "Gracias a estas propiedades, en Natagaima (Tolima) hemos encontrado plantaciones que producen hasta tres toneladas de algodón. Históricamente, en todo el municipio se recolectaban cerca de dos toneladas únicamente", comenta Luis Fernando Vanegas, gerente de Bayer BioScience.

Según Germán Vélez, director de la ONG Grupo Semillas, las propiedades de estas semillas transgénicas lesionan duramente a las variedades criollas y causan un gran daño a la biodiversidad. "Llevamos siglos desarrollando y conservando semillas criollas, que ahora se ven amenazadas por la utilización de herbicidas o por la alteración de su información genética", comenta.

Por lo pronto, las plantas transgénicas más sembradas en el país son el algodón, con 18.874 hectáreas cultivadas, y el maíz, con 16.793 hectáreas en 2009 (ver infografía). En el mundo, estos cultivos superaron los 135 millones de hectáreas en 25 países durante el año pasado, con lo cual aumentaron 7% frente a 2008, cuando llegaron a 125 millones de hectáreas, de acuerdo con el Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas (ISAAA, por su sigla en inglés).

Según ISAAA, el número de agricultores bitecnológicos llegará a 20 millones en 2015, quienes cultivarán 200 millones de hectáreas en todo el mundo. En la actualidad, hay 14 millones de personas dedicadas a esta actividad.

Cuestión de patentes

Todas las semillas genéticamente modificadas responden a procesos de investigación y desarrollo. Por eso, similar a cualquier invento, sus patentes están protegidas por acuerdos de propiedad intelectual: los agricultores solo pueden usar las semillas por un periodo de tiempo establecido, no pueden almacenarlas para otras temporadas ni revenderlas.

Más allá de esta protección, las semillas exigen un acompañamiento de expertos que garanticen su utilización correcta. "Cuando alguien las adquiere, las compañías debemos brindar un soporte técnico adecuado para que los agricultores obtengan el crecimiento y los resultados que esperan con el producto", dice Vanegas.

Esta característica también incide en el modelo de negocios de las productoras. Por ejemplo, en Brasil, algunas corporaciones están dejando de ser simples distribuidores de semillas para cobrar una participación sobre los ingresos que obtenga el agricultor con la utilización de su producto.

Para Vélez, las patentes 'amarran' a los agricultores a estas tecnologías para que las sigan consumiendo en el futuro. "Este negocio no fue diseñado para pequeños y medianos cultivadores, está dirigido a grandes plantaciones que se manejan sin gente".

Los fabricantes, por su parte, resaltan las ventajas de adoptar esta clase de semillas, las cuales se resumen en reducción de costos y aumento de la producción. "Hay una primera ola, por la que atraviesa Colombia, que se enfoca en elevar el rendimiento en los cultivos, con semillas que requieren menos fertilizantes o fumigaciones. Así, se reducen los costos de producción", comenta María Andrea Uscátegui, directora ejecutiva de Agro-Bio, asociación de los mayores productores de semillas.

En este caso, resaltan la menor contaminación del suelo y de las fuentes de agua. "Indicadores globales muestran que el uso de la biotecnología ha reducido en 17,2% el coeficiente de impacto ambiental en campos agrícolas con biotecnología y en 10 millones de toneladas métricas las emisiones de gas con efecto invernadero", dice un vocero de Monsanto.

A esta la sigue una segunda ola, que se enfoca en la creación de semillas con más valor nutricional, como arroces con vitamina A, maíz con ácido leico o maní sin alergenos, y, una tercera, con plantas que resisten condiciones medioambientales extremas, como terrenos muy húmedos, de alta salinidad o áridos.

Los productores de semillas transgénicas ahora deben demostrar que pueden elevar la rentabilidad en los cultivos y ayudar en la seguridad alimentaria, sin afectar las condiciones de vida de los agricultores.

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