| 3/30/2017 12:00:00 AM

¿Cuáles son las principales amenazas de la Unión Europea a sus 60 años?

Al cumplir 60 años, la Unión Europea atraviesa una compleja coyuntura política que amenaza su futuro, pero que también brinda oportunidades para despejarlo.

En vísperas de que el Reino Unido (RU) invoque el artículo 50 del Tratado de Lisboa, para comenzar las negociaciones del acuerdo de salida, en unas circunstancias políticas en que los movimientos populistas nacionalistas amenazan su supervivencia, la Unión Europea (UE) conmemoró el aniversario sesenta de la firma del Tratado de Roma, que creó la Comunidad Económica Europea.

Ese proyecto de soberanía compartida e integración económica, que desembocó en la UE, logró el periodo más largo de paz y prosperidad en la historia del continente europeo. En su transcurso se crearon con éxito el mercado único, la unión aduanera y el euro. La UE también asimiló la desintegración de la Unión Soviética, la transición al capitalismo de sus miembros y de otros países de la cortina de hierro, junto con la reunificación de Alemania.

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Sin embargo, en cierto sentido también fue víctima de su propio éxito, que contribuyó a debilitarla: el ensanchamiento tensionó la cohesión, debido a que sus autoridades tuvieron que conciliar intereses políticos y económicos cada vez más dispares. La adición de tareas en la Comisión Europea no estuvo acompañada por una eficaz rendición de cuentas, de manera que sus desaciertos quedaron muchas veces sin responsables ni enmiendas, por lo cual generaron el desengaño de los ciudadanos y el reclamo de una restauración de poderes a los Estados miembros.

En años recientes, por ejemplo, la UE padeció una crisis financiera y una inmigración desordenada que sus autoridades no manejaron con eficacia. Evitaron el colapso de la economía, pero no han logrado sacarla del estancamiento. Rescataron los bancos, pero no consiguieron que sanearan sus balances. Como resultado de ello, una gran parte de la población padeció la austeridad, el desempleo y la desmejora de sus condiciones de vida. Además, sus instituciones ignoraron las consecuencias adversas de la globalización y la integración para algunos grupos de trabajadores.

Por eso, una parte importante de los ciudadanos perdió la confianza en los políticos del establecimiento y en los tecnócratas, a quienes culpan de permitir que el libre comercio, la integración económica y financiera, junto con la inmigración, los condujeran al desempleo y deterioraran su bienestar. Esa base política aprobó la salida del Reino Unido de la UE. En otros países, engrosa las filas de los movimientos populistas nacionalistas, que prometen liberarlos de la UE, para mejorar sus condiciones de vida.

Gracias al desengaño de los marginados de los beneficios de la globalización y la integración europea, esos movimientos se fortalecieron en varios países. Sin embargo, como mostró el resultado de las últimas elecciones en los Países Bajos, no tienen el triunfo asegurado.

La fuerza del populismo antieuropeo será examinada de nuevo este año, primero en las elecciones presidenciales de Francia, cuya primera vuelta será el 23 de abril y la segunda el 7 de mayo. Más adelante, en las elecciones parlamentarias de Alemania, el 24 de septiembre, de las cuales resultará también su Canciller, que es su jefe de Estado. Por último, en las parlamentarias de Italia, programadas para la primavera de 2018, en las que el nuevo primer ministro será el jefe del partido vencedor.

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La victoria de un partido nacionalista en cualquiera de ellas significaría una amenaza para la supervivencia de la Unión Europea. Tal vez el mayor peligro sea el triunfo de Marine Le Penn en Francia, quien propone retirar este país de la UE y abandonar el euro. La formación de un gobierno antieuropeo en las elecciones de Italia también podría contribuir a quebrar la unión monetaria. En ellas tienen posibilidades de triunfo el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga del Norte, ambos enemigos de la membresía en la UE.

Foto: Los movimientos populistas tienen la oportunidad de triunfar en las elecciones de Francia, Alemania e Italia.

Otros riesgos son las corrientes populistas en la región oriental del continente, que cuestionan la democracia. De ellos surgieron gobiernos con inclinaciones autoritarias y nacionalistas en Hungría, Polonia y Eslovaquia, que socavan la UE.

Entre las amenazas que provienen del extranjero, quizá la más importante sea el flujo de refugiados. Se debe incluir también la hostilidad de algunos gobiernos, como el de Rusia, que apoya a los gobiernos nacionalistas autoritarios. O el de los Estados Unidos, que respalda a Le Penn y al brexit, al tiempo que le parece inútil la Otan. Hay que contemplar además el desgaste que significará la negociación de la salida del RU, junto con sus consecuencias económicas, comerciales y políticas adversas.

Para enfrentar esos peligros, en opinión de Philippe Legrain las fuerzas pro europeas deben disipar las percepciones erróneas de los ciudadanos sobre las causas de los problemas y las falsas interpretaciones de los líderes antieuropeos. Al mismo tiempo, las autoridades nacionales y europeas deben proveer soluciones eficaces para las frustraciones y los problemas apremiantes de la población.

En este punto hay que definir la autoridad y las competencias entre los Estados y las instituciones europeas. También urge rediseñar la arquitectura institucional de la UE, porque no es eficaz, ni sus mercados tienen la flexibilidad para ajustarse rápido. En buena parte debido a ello su recuperación de la crisis ha sido lenta, dubitativa y desigual.

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Entre las preocupaciones de la población que urge solucionar están, en primer lugar, el declive del ingreso y del bienestar por causa del estancamiento económico. Para ello es necesario adoptar políticas fiscales y sectoriales que estimulen la actividad económica y la generación de empleo, combinadas con reformas estructurales que mejoren la eficiencia de los mercados y aumenten la productividad.

También es necesario derrotar el populismo. Una tarea urgente para lograrlo es reavivar el entusiasmo de los ciudadanos por la UE y despertar el fervor de los más jóvenes, a quienes les tocó la crisis, el estancamiento y la austeridad. Quizá se requiera también un relevo generacional en los líderes que defienden el régimen liberal y la integración europea, como el que ocurre de manera incipiente en los Países Bajos y en Francia.

Si las elecciones en Francia, Alemania e Italia pasan sin la formación de gobiernos antieuropeos, habrá una oportunidad para mejorar la resiliencia y cohesión de la UE. Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, diseñó cinco senderos de integración, desde profundizarla y ensancharla hasta restringirla al mercado único. Quizá el que tendrá mayor acogida será el de velocidades múltiples de convergencia. Sin embargo, como argumenta The Economist, puede ser necesario otro con diferentes niveles de integración, para que los países puedan escoger una membresía con los compromisos y los derechos, pero también con la flexibilidad que mejor satisfagan las aspiraciones de sus ciudadanos.

Por el bien del régimen liberal, la democracia y la cooperación internacional, así como por la estabilidad de la actividad económica global y la de los mercados financieros internacionales, ojalá la UE logre conjurar las amenazas y capitalizar las oportunidades de su actual coyuntura política.

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