| 5/26/2016 12:00:00 AM

Confianza y consolidación fiscal, retos del presidente provisional de Brasil

Michel Temer asumió como presidente provisional del Brasil, un país polarizado y en una de las peores crisis económicas de su historia. Tiene como principales retos la consolidación fiscal y hacer que vuelva la confianza. De alinearse las estrellas, Brasil podría dar la sorpresa.

Ordem E Progresso”, lee la banda blanca que atraviesa un globo azul en la parte central de la bandera del Brasil. Este fue también el eslogan que escogió para su mandato el nuevo presidente provisional del Brasil, Michel Temer, quien reemplazó a Dilma Rousseff, luego de que fuera suspendida durante seis meses mientras se le lleva a cabo un juicio de destitución por haber supuestamente manipulado las cifras fiscales de su país. Esta decisión la tomó el Senado de ese país luego de 20 largas horas de agria deliberación.

Hasta ese momento, Michel Temer, de 75 años, se desempeñaba como vicepresidente de Dilma Rousseff en representación del Partido del Movimiento Democrático Brasileño –PMDB– con quien el Partido de los Trabajadores –PT– había hecho una exitosa alianza electoral para mantenerse en el poder en las elecciones de 2010. El PMDB, el partido más grande del Brasil, con una gran representación regional y una orientación de centro que en realidad ampara personas de todas las ideologías, impuso a Michel Temer, su presidente, como vicepresidente de Dilma Rousseff.

En 2014, la fórmula Rousseff-Temer volvió a ganar las elecciones presidenciales y en enero de 2015 comenzaron su segundo mandato. Sin embargo, este segundo periodo se inició con múltiples protestas populares contra la corrupción y por el descontento generalizado con la situación económica.

En marzo de este año, luego de que le iniciaran un juicio de destitución a Dilma, el PMBD anunció que se retiraba de la coalición de gobierno que había formado con el Partido de los Trabajadores, debido a los escándalos de corrupción de Petrobras y el lío presupuestal que amenazaba con darle vía libre a la suspensión de la Presidente.

Con la pérdida del apoyo del PMBD, Dilma perdió también las mayorías en el Congreso Nacional. Al final, su aliado de antaño el –PMDB– también votó en el Congreso en favor de su destitución temporal, pero esta vez motivado igualmente por el hecho de que, en esa eventualidad, asumiría la presidencia uno de sus miembros.

A pesar de que no es propiamente identificado como un reformador, luego de más de tres mandatos completos y uno interrumpido del Partido de los Trabajadores, Temer redujo el número de ministros de 32 a 23 y nombró como Ministro de Hacienda a Henrique Meirelles, quien había sido Presidente del Banco Central bajo el gobierno de Lula, y a Ilan Goldfajn –economista jefe de Itau Unibanco, el mayor banco privado del Brasil–, como Presidente del Banco Central. Estos nombramientos han sido bien recibidos por los mercados: la prima de riesgo soberano se redujo y la moneda se revaluó.

Sin embargo, a pesar de que nombró un equipo económico de primer nivel, no pasó desapercibido el hecho de que el nuevo gabinete está compuesto estrictamente por hombres blancos, en un país que, como Brasil, tiene una enorme diversidad racial. A los pocos días, para atenuar este efecto, el presidente Temer nombró a una mujer, Maria Silvia Bastos, como nueva jefa de Banco Brasilero de Desarrollo (BNDES).

A pesar de que desde su primer discurso el presidente Temer anunció que su administración se concentraría en implementar reformas especialmente en materias laboral, fiscal y de seguridad social, varios analistas dudan de que el gobierno tenga el suficiente apoyo del fragmentado Congreso brasilero para aprobarlas. Existe el temor de que el nuevo equipo económico no pueda realizar milagros y de que los resultados se demoren en manifestarse.

Pero, ¿cómo llegó Brasil a una situación tan compleja social y económicamente?

Lula y el ascenso del populismo

Luiz Inácio da Silva –Lula–, como se le conocía comúnmente, sucedió en la presidencia a Fernando Henrique Cardoso, ampliamente considerado en el mundo como un hombre que había estabilizado a Brasil y, a través del Plan Real y de otras reformas, lo había dejado con un esquema institucional fuerte: una tasa de cambio flotante, un esquema de inflación objetivo, un sector financiero sólido y con reducida intervención estatal, un superávit fiscal que rondaba el 3% del PIB y una ley de responsabilidad fiscal que ponía en cintura las regiones.

A pesar de que durante los últimos años del mandato de Fernando Henrique Cardoso Brasil tuvo que enfrentar la crisis de la deuda de su vecino e importante socio comercial, Argentina, así como varias turbulencias en los mercados internacionales, la economía brasilera resistió relativamente bien.

Por encima del éxito del programa de estabilización, Lula ganó las elecciones de 2002 y una nueva era económica y política empezó para Brasil. Inicialmente los mercados reaccionaron con pánico a la elección de Lula, ya que su trayectoria como líder sindical y enemigo del sistema capitalista hacían prever un mandato lleno de incertidumbres y de confrontaciones.

Sin embargo, en su primer periodo, percibiendo que la situación se podía tornar rápidamente inestable, Lula decidió avanzar lentamente y anunció una política social más agresiva pero conservando el marco económico dejado por su antecesor y sin realmente marcar un cambio estructural en el manejo de la economía del país.

Fue después de su segunda elección en 2006 cuando Lula decidió que ya era hora de ponerle su impronta personal al gobierno y comenzó a socavar la disciplina fiscal dejada por el presidente Cardoso. Poco a poco el gasto público fue saliéndose de control mediante generosos subsidios a las clases más populares, así como onerosas dádivas tributarias a los grandes empresarios que antes Lula mismo había criticado.

Durante su periodo en el gobierno, el Partido de los Trabajadores usó siempre una retórica antagonista de lucha de clases, ya en desuso en la mayoría del mundo pero que incendiaba el corazón de los brasileños y ponía casi todo en una confrontación entre ricos y pobres. En efecto, Lula, fundador y líder del Partido de los Trabajadores, había impulsado siempre esa retórica durante su periodo como Presidente entre 2002 y 2010. Sin embargo, su partido, que siempre se había presentado como ajeno al viejo sistema burocrático, ahora se veía involucrado en una profunda crisis de corrupción y a la pérdida del poder luego de 13 años.

Al final de su mandato, Lula escogió como sucesora a su protegida Dilma Rousseff, que ocupaba el cargo de jefa de su gabinete después de haber sido Ministra de Minas. Esto significó seguir con la misma senda fiscal que los ímpetus populistas de Lula habían trazado.

A la política fiscal claramente expansiva se le sumó una política monetaria laxa y una intervención estatal en el mercado cambiario casi permanente. Poco a poco esta combinación hizo que la inflación se disparara, mientras que insumos clave, como la gasolina, tenían un precio controlado.

La falta de una disciplina fiscal y los desequilibrios económicos fueron disimulados por el ciclo económico mundial y la bonanza en las materias primas. Brasil crecía robustamente a pesar de que sus fallas estructurales seguían allí. Mientras avanzaba el boom de las materias primas, el desbalance fiscal se financió sin mayor traumatismo para la economía. Sin embargo, cuando los precios de esos productos básicos entraron en picada, la fragilidad de la situación fiscal brasileña se hizo más y más evidente.

La polarización Política

La caída de Dilma se da en medio de una crisis política y económica de gran envergadura. No solo la polarización política llevó a que el Congreso votara la remoción de la Presidente, sino que también Brasil atraviesa una de sus peores situaciones económicas en los últimos 80 años, con una caída del producto similar a la que tuvo durante la depresión iniciada en 1929.

En los últimos meses del interrumpido segundo mandato de Dilma, esta nombró a Lula como su Jefe de Gabinete. Pero ni siquiera la presencia y la capacidad política de Lula como súper ministro en los recientes meses pudieron salvar a Dilma.

El deterioro de la situación económica también contribuyó a la caída de la presidente. El gasto público fue subiendo rápidamente. El deterioro fiscal fue veloz y profundo. Este pasó de un superávit del 3,5% a comienzos del gobierno de Lula a un déficit del -6,1% del PIB en 2014 y de -10,4% en 2015, mientras que el crecimiento fue de casi 0% en 2014, de -3,8% en 2015 y se espera un comportamiento más o menos similar para este año.

Adicionalmente, durante los últimos años la inflación estuvo cerca del límite superior previsto por el Banco Central, mientras el precio de bienes y servicios controlados, tales como la gasolina y la electricidad, se mantenían muy por debajo del aumento de precios del resto de la economía.

Uno de los instrumentos favoritos de las administraciones del PT fue el crédito dirigido. Mientras el crédito de los bancos públicos representaba tan solo 30% del crédito total de la economía hace una década, este llegó a representar 55% de la cartera total del sistema. Para lograr esa expansión, el gobierno federal se endeudó directamente y les prestó dinero a sus bancos de desarrollo para que estos lo colocaran de manera dirigida.

La cantidad de distorsiones creadas por los controles impuestos, el crédito dirigido, el déficit fiscal y la mayor intervención de la banca pública fueron creciendo hasta que la inflación se disparó, así como el déficit fiscal y el de cuenta corriente. Poco a poco el PIB potencial del Brasil se vio afectado y comenzó a declinar en la medida en que la productividad tuvo una fuerte caída. A eso se sumaron los continuos reajustes del salario mínimo por encima de la inflación y el desempleo, que pasó de 5% a 12%. La inflación anualizada en marzo fue de 9,4% y de 9,3% en abril.

¿Fin del ciclo populista?

Así las cosas, Michel Temer no la tiene fácil. A pesar de que nombró un gabinete de técnicos altamente calificados y que saben cuáles son las reformas necesarias, la situación política y económica hace que por el momento la crisis continúe. Los mayores retos son reducir fuertemente el gasto público, desindexar los salarios y reformar las pensiones.

Si el nuevo gobierno logra una rápida consolidación fiscal, así como devolverles la confianza a los agentes del mercado, es posible que Brasil resurja más temprano que tarde de esta crisis. La caída del PIB ha hecho también que la inflación baje y que su déficit de cuenta corriente –o sea qué tanto se está endeudando el Brasil con el exterior– se cierre rápidamente. Este se espera terminará entre 0 y 1% este año.

La consolidación fiscal es necesaria para abrirle espacio al sector privado. La reducción en el déficit de cuenta corriente sin una reducción simultánea del déficit fiscal significa que el sector privado está siendo estrangulado financieramente, algo que se refleja en la fuerte caída del crédito. Sin embargo, dada la gran liquidez mundial y la reducción en los indicadores de riesgo del Brasil, y su menor vulnerabilidad externa, así como su producción local, estimulada por una tasa de cambio competitiva, pueden generar las condiciones para que la economía brasilera reaccione y sorprenda positivamente a los analistas.

Si bien es cierto que el país está en amenaza continua por cuenta de la inestabilidad política y los riesgos para su economía, es claro que una luz se asoma al final del túnel. Si aplican las reformas señaladas a tiempo y estabilizan los asuntos de gobernabilidad, es claro que Brasil podría darle al mundo la sorpresa de una rápida recuperación.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?