| 2/6/2015 10:00:00 AM

La difícil tarea económica de la Unión Europea

La estrategia europea de rescate enfrenta múltiples retos financieros, fiscales y ahora políticos. De su éxito depende que se salve la moneda común, pese a que no existe una política fiscal unificada en la Unión Europea.

Finalmente, tras largas negociaciones, el Banco Central Europeo (BCE) anunció durante la última semana de enero su programa de expansión cuantitativa (QE, por su sigla en inglés).

Este implica que el BCE comprará bonos públicos y privados, entre los que estarían algunos que no son tan atractivos, como deuda griega e italiana, o titularizaciones hipotecarias. La idea del BCE es crear dinero y usarlo para comprar títulos que estaban en manos de agentes privados, quienes ahora tendrán plata en sus cuentas bancarias. Para muchos, esto sería un gran negocio: cambiarían activos financieros de mala calidad por dinero en efectivo.

Esta expansión se hará mediante la compra de 60.000 millones de euros al mes por lo menos hasta septiembre de 2016 o hasta que se alcance una meta de inflación de 2% anual, un objetivo remoto en la actual coyuntura, cuando se visualiza deflación en Europa. El BCE adopta esta medida en momentos en que Estados Unidos y Gran Bretaña abandonan la misma estrategia.

La expansión cuantitativa busca bajar la tasa de interés de los bonos públicos comprados, para volverlos menos atractivos que los privados. Esto haría que los inversionistas rebalanceen su portafolio, invirtiendo más en el sector privado y dinamizando así la economía. La estrategia, sin embargo, enfrenta varios retos.

En primer lugar, la situación de las economías europeas no es homogénea. Mientras algunos países, en especial del sur del continente, pagan altas tasas de interés, los rendimientos de los bonos son negativos en otras partes de la Zona Euro. Eso haría que la reducción de los intereses se sienta más en países que, como Grecia o España, han experimentado una fuerte recesión económica.

Sin embargo, como lo señaló el presidente del BCE, Mario Draghi, las compras se harán en toda la Eurozona, incluyendo economías tan robustas como la alemana. Como resultado de una intensa negociación política en el seno de la Unión Europea, se decidió que el monto de títulos emitidos por gobiernos del área euro a comprar se basará en el capital que cada país tiene en el BCE. Esto quiere decir que el BCE comprará más bonos alemanes, que de Grecia o Portugal, a pesar de que estos últimos países lo necesitan más.

Un segundo canal de transmisión de este programa es vía expectativas. Este canal funciona así: si los actores de la economía confían en el BCE y creen que este continuará estimulando el crecimiento de la región, los agentes de mercado descartarán una deflación y ajustarán los precios hasta llegar a una tasa de inflación de 2%. De esta manera, los indicadores de inflación y de crecimiento económico deberían mejorar.

El tercer canal es a través del tipo de cambio. El euro cayó tras el anuncio del QE y ahora está alrededor de 1,12 euros por dólar. Varios economistas han insistido en que una moneda más débil es el canal primario a través del cual el QE podría funcionar en la Zona Euro, así que la nueva caída por debajo de 1,13, que representa una variación porcentual de 20% desde mayo, podría tener importantes efectos económicos, especialmente cuando se combina con el derrumbe del petróleo.

La historia griega

Es muy probable que el QE evite que Europa entre en una deflación y en una recesión prolongada. Sin embargo, uno de los mayores retos de este programa está en el terreno político, como lo ejemplifica la actual situación de Grecia.

Su nuevo primer ministro, Alexis Tsipras, lucha por una drástica reducción de la deuda pública y un final a la austeridad para su pueblo, que ha sufrido una enorme caída del PIB y un desempleo de 25%. Para estimular la economía, su partido, Syriza, ha propuesto medidas como el uso de 4.000 millones de euros para la inversión pública, un aumento del salario mínimo, un programa de ayuda humanitaria y la restauración de derechos de los trabajadores a los niveles previos a la crisis, haciendo más difícil despedir gente. El costo de estas medidas supera los $11.000 millones de euros, lo que sería insignificante, dado que se cree que al estimular la economía se pagará por sí mismo. El gran inconveniente de estas políticas es que, aun si esta reactivación ocurriese, en el corto plazo el aumento del déficit rompería los términos del rescate pactado con el BCE.

Esta situación es especialmente compleja, ya que a finales de febrero, el programa de rescate expira y los bancos griegos tienen préstamos del BCE por $75.000 millones de euros, que podrían no ser renovados si los helenos rechazan los términos del rescate.

Ante este panorama, una opción griega sería entrar en cesación de pagos y tratar de reestructurar su deuda. En el pasado, los mercados han perdonado a morosos deudas muy altas, pero este proceso lleva un tiempo. En el ínterin, Grecia debe equilibrar su presupuesto y obtener un superávit primario.

Bajo estas circunstancias, no tendrían que pedir recursos inmediatamente a los mercados. Pero esto significaría la expulsión de la Zona Euro y posiblemente de la propia Unión Europea, escenario que no es apoyado por los votantes griegos. Además, si Grecia sale del euro, adoptaría su moneda, el dracma, pero muy devaluada. Y aunque un patrón de devaluación da una ganancia de competitividad, el efecto se disipa con una mayor inflación más adelante.

Si hay alguna posibilidad para Grecia de salirse del euro, implicaría tal vez controles de capital y la conversión forzada de los depósitos en euros a devaluados dracmas (igual que el ‘corralito’ de Argentina). Incluso, si eso no sucede, los griegos ricos pueden estar tentados a mover su dinero al extranjero para escapar de los impuestos más elevados. De todos modos, esa opción no le permitiría a Grecia llevar a cabo los gastos adicionales que propone el nuevo Primer Ministro.

Otra alternativa es quedarse en el euro y llegar a un acuerdo con sus acreedores. En realidad, los griegos ya obtuvieron una reestructuración de su deuda. La deuda oficial restante tiene una madurez de 16 años y un cupón promedio de 2,4%. No conseguirían esos términos en cualquier otro lugar. La alternativa es que Grecia les pida prestado a los mercados a las tasas actuales que a tres años están cerca de 11%.

Según The Economist y analistas de otros medios, es posible imaginar un nuevo acuerdo sobre la deuda, extendiendo su duración y reduciendo su cupón, lo que en valor actual puede representar una reducción significativa. En ese escenario, es posible pensar en que Syriza le puede vender a su electorado ese tipo de concesiones como el equivalente de una cancelación de deuda.

En todo caso, a Grecia, y en general a Europa, le espera todavía un recorrido de sudor y lágrimas.
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