| 10/27/2016 12:00:00 AM

Se acerca la hora de la verdad entre Hillary y Trump

La candidata demócrata puntea las encuestas en vísperas de las elecciones en los Estados Unidos. ¿Es probable una sorpresa electoral? ¿Cuáles serían sus consecuencias?

A pocos días de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, la candidata demócrata, Hillary Clinton, con una intención de voto de 46,1% en el promedio de las encuestas, adelanta a su rival republicano, Donald Trump, por seis puntos.

La ventaja luce estrecha para descartar sorpresas. Un voto de protesta podría conducir a un desenlace contrario al vaticinado por los sondeos de opinión, de modo parecido a lo ocurrido por estrechos márgenes, tanto en el referendo que decidió la salida del Reino Unido de la Unión Europea, como en el plebiscito que rechazó el Acuerdo de Paz de La Habana en Colombia.

Un resultado sorpresivo en las elecciones de los Estados Unidos no es descartable después de una década de lento crecimiento y elevado desempleo desde la crisis financiera de 2007-2009, que condujo a muchos ciudadanos en los países más afectados a culpar al “establecimiento” –los líderes de los partidos tradicionales, los expertos en la economía, las instituciones multilaterales y las multinacionales–, la inmigración y la globalización de sus dificultades económicas. Su ira los vuelve proclives a las propuestas de los líderes antisistema.

A pesar de ser un empresario, Trump tiene algunas características de un político antiestablecimiento. No es el favorito del statu quo republicano. Su demagogia pesimista genera la sensación de que la vida en la economía más desarrollada y poderosa del planeta es deplorable. En su opinión, el sistema está mal, por lo cual habría que cambiarlo para resolver los problemas del país.

El éxito político de Trump se basa en la frustración de los menos beneficiados por la globalización en el país: los trabajadores no calificados, para los cuales la mediana de su ingreso real es menor que hace cuatro décadas, como consecuencia del marchitamiento de la industria manufacturera estadounidense por causa de la integración de las cadenas mundiales de valor, que aprovechan las ventajas comparativas de diversas economías de un modo simultáneo. Además, desde la crisis financiera padecieron alto desempleo y sufrieron pérdidas patrimoniales por el descenso del precio de sus viviendas.

En contraste con su contendor, Hillary Clinton es la candidata del statu quo demócrata. En buena medida, su triunfo conduciría a una continuación del legado del presidente Obama, aunque sin su entusiasmo por la apertura comercial.

En los Estados Unidos, como en la mayoría de los países, los tratados comerciales entrañan con frecuencia onerosos costos de ajuste en las regiones donde la manufactura doméstica es menos eficiente que en el extranjero. En ellas el desempleo deviene mayor que el promedio nacional y se estanca el ingreso real de los trabajadores no calificados. Por estas razones, a sus habitantes les resulta difícil apreciar las ventajas del intercambio comercial, como la mayor productividad que ganan las empresas que exportan, con base en las cuales pueden pagar mayores salarios a sus trabajadores, o la gran variedad de bienes a precios más bajos, que eleva el ingreso real.

Por tanto, en lugar de implementar medidas proteccionistas, cuyo único logro es reducir los beneficios del intercambio y crear rentas monopólicas para los sectores favorecidos, los gobiernos deberían otorgar compensaciones a quienes soportan los costos, por medio de elevados subsidios de desempleo y la oportunidad de calificar su mano de obra para obtener trabajos mejor remunerados en ramas de la economía beneficiadas por la globalización.

Por el contrario, en la contienda electoral por la presidencia de los Estados Unidos, ambos candidatos hacen alarde de proteccionismo. Hillary Clinton se opone al Acuerdo Transpacífico (TPP, por su sigla en inglés), que espera la ratificación del Congreso. Tampoco es partidaria de conceder el estatus de economía de mercado a China, porque dificultaría imponerle medidas anti-dumping. Además, propone imponer aranceles compensatorios a los bienes provenientes de los países que manipulen sus tasas de cambio.

Donald Trump también se opone al TPP y es partidario de los aranceles compensatorios contra los países manipuladores de las tasas de cambio. Además, propone aranceles punitivos a las importaciones provenientes de China (45%) y México (35%). Por último, plantea renegociar otros acuerdos comerciales –como el Tratado Norteamericano de Libre Comercio– e incluso deshacerlos y retirarse de la Organización Mundial de Comercio.

Mientras que las propuestas de Hillary Clinton conducirían a renunciar a algunas de las ganancias del comercio internacional, las de Donald Trump originarían una guerra comercial.

De acuerdo con un trabajo del Instituto Peterson, esa guerra ocasionaría una recesión en los Estados Unidos, que dejaría cesantes a 4 millones de trabajadores. También afectaría el crecimiento de los sectores que dependen en alto grado del mercado externo, como la manufactura, la minería, el de la tecnología de la información, la industria aeroespacial y los servicios de ingeniería. Además, frenaría la expansión de otros no exportadores, como el comercio y los restaurantes.

En consecuencia, los más afectados en los Estados Unidos por el proteccionismo serían los trabajadores no calificados y la población de ingresos bajos, a quienes se pretende favorecer con él. Una guerra comercial también podría frenar la débil recuperación del comercio internacional y la actividad económica global.

Los inversionistas que compiten en una economía mundial globalizada no respaldan el populismo antiestablecimiento ni el proteccionismo externo. Por el contrario, castigan con fuerza las victorias electorales basadas en promesas que pueden deteriorar la estabilidad institucional, macroeconómica y financiera de los países.

Por tal motivo, un estudio reciente de la Institución Brookings predice que un triunfo de Donald Trump generaría una turbulencia fuerte en los mercados financieros internacionales: desvalorizaría las acciones en los Estados Unidos, el Reino Unido y Asia entre 10% y 15%, valorizaría la deuda pública norteamericana, disminuiría el precio del barril de petróleo en US$4 y depreciaría 25% el peso mexicano.

En tal caso, los activos y las monedas de las economías emergentes se desvalorizarían, con fuertes caídas de las bolsas, incrementos pronunciados de las tasas de la deuda pública, mayores crédit default swaps y spreads de la deuda soberana.

Por el contrario, una victoria de la candidata demócrata estaría asociada con una valorización de las acciones (12%), un precio del petróleo más elevado (en US$4) y una mayor estabilidad de las monedas, el riesgo soberano, las bolsas y las monedas en las economías emergentes.

La definición de la Presidencia de Estados Unidos no solo tendrá connotaciones políticas sino también profundas consecuencias económicas, no solo para ese país sino también para el planeta.

Lea también: Las consecuencias para América Latina de un triunfo de Clinton o Trump

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