| 8/31/2017 12:01:00 AM

¿Qué hacer con las políticas económicas contradictorias de Donald Trump?

Algunas de las propuestas económicas del presidente Donald Trump son incompatibles. Sin embargo, inflaron los mercados financieros que hoy amenazan con un duro ajuste. ¿Hasta cuándo perdurará el auge?

Tres pilares de la estrategia del presidente Donald Trump para acelerar el crecimiento y la generación de empleo en los Estados Unidos: un comercio internacional menos deficitario, recorte de impuestos y estímulos a la inversión, parecen incompatibles.

Para estrechar el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos (-2,6% del PIB en 2016), ese país debe generar más ahorro doméstico. Sobre todo si quiere aumentar la inversión, porque el menor déficit proveería menos ahorro externo. Sin embargo, la rebaja de los impuestos busca lo contrario: expandir el gasto doméstico, a través de un incremento en el consumo y la inversión, lo cual profundizaría el déficit externo. Además, la disminución de los impuestos aumentaría el déficit fiscal, al tiempo que el menor ahorro y la mayor inversión desmejorarían el balance del sector privado. Ambos efectos deteriorarían el déficit en la cuenta corriente. Por tanto, la meta de mejorar el balance externo no es compatible con la de aumentar el consumo y la inversión.

Otra propuesta difícil de lograr es expandir la actividad económica a 3% promedio anual durante una década, cuando la tasa de crecimiento potencial es 2%. Para conseguirlo de una manera sostenible, es indispensable incrementar la capacidad de crecimiento de la economía. Esa tarea en los Estados Unidos no parece fácil por varias razones. Como subraya Simon Johnson, profesor de MIT, la población en edad de trabajar disminuirá como proporción de la total, tanto por el envejecimiento como por las restricciones a la inmigración.

En segundo lugar, esos impedimentos también ralentizarán la acumulación de capital humano.

En esas condiciones, elevar la capacidad de crecimiento requiere un incremento acelerado de la productividad, que el Comité para un Manejo Responsable del Presupuesto Federal calcula en 2,3% anual.

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Puesto en perspectiva, un aumento de la productividad de esa magnitud durante diez años en los Estados Unidos en tiempos recientes es excepcional. No ha ocurrido desde la década de 1940.

La desregulación propuesta por el Gobierno podría contribuir a ese incremento, pero conlleva riesgos.

En el sector financiero podría conducir a la formación de burbujas, cuyo estallido conduciría a otra crisis. En los sectores energético e industrial, relajar la regulación ambiental podría generar una degradación que en el largo plazo minaría el crecimiento potencial.

Incrementar la productividad de esa manera exigente no constituiría tampoco una garantía de un menor déficit en la cuenta corriente. Como argumenta The Economist, ese aumento sería desproporcionado respecto del que tiene lugar en los demás países avanzados. Por tal motivo, los activos denominados en dólares tendrían un mayor retorno esperado, que aumentaría su demanda en el resto del mundo, con lo cual se apreciaría esa divisa. La revaluación estimularía las importaciones y desestimularía las exportaciones, con lo cual desmejoraría la balanza comercial.

Además, los hogares podrían anticipar el aumento de los salarios derivado de la mayor productividad y elevar el consumo. En tal caso, la mayor demanda interna desmejoraría el desbalance externo.

A pesar de esas inconsistencias, los inversionistas mantienen la confianza en las propuestas de Trump. Por tal motivo, como subraya Nouriel Roubini, profesor de la Universidad de Nueva York, existe una desconexión entre el comportamiento del sector real y el de los mercados financieros en los Estados Unidos. Mientras el PIB crece con moderación este año (1,9% anualizado en el primer semestre) y la inflación (1,7% anual) permanece por debajo de la meta de la Reserva Federal (2% anual), los índices de las bolsas están en sus máximos históricos.

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Los inversionistas esperan con ansia el recorte de los impuestos para las empresas y los contribuyentes de altos ingresos, la expansión del gasto en la infraestructura y la desregulación.

A pesar de que la economía está cerca del pleno empleo, el lento incremento de los salarios evita presiones inflacionarias en el mercado laboral. Además, el empantanamiento en el Congreso de las medidas estimulantes tampoco ha contribuido a recalentar la economía.

En esas condiciones la Reserva Federal continuará a un ritmo pausado el tránsito hacia la normalidad monetaria, por lo cual las tasas de interés tardarán en repuntar.

Las bajas tasas de interés estimulan la inversión en activos financieros, presionan su desconexión del sector real y conducen a valorizaciones exuberantes que pueden derivar en la formación de burbujas.

El riesgo geopolítico, una desilusión con el gobierno de Trump o sus enfrentamientos con el Congreso podrían generar fuertes correcciones en los precios de los activos, mientras que un incremento abrupto de las tasas de interés podría estallarlas. Ambos eventos tendrían repercusiones adversas sobre la economía.

Las desavenencias con el Congreso que mayor peligro entrañan son sobre la aprobación del gasto y la elevación del tope de la deuda pública. El gobierno insiste en incluir la construcción del muro en la frontera con México, sin lograr todavía la mayoría para ello. Por tal motivo, el presidente amenaza con objetar cualquier presupuesto que no lo incluya, lo cual conduciría a un cierre de algunas oficinas administrativas del Estado en octubre. Además, si no se logra elevar el techo de la deuda a finales de septiembre, podría ocurrir una moratoria. En tal caso se produciría una degradación de la calificación de la deuda, lo cual podría ocasionar una turbulencia financiera global con graves consecuencias sobre el crecimiento mundial.

El fracaso en lograr la aprobación de una reforma al sistema de atención de la salud para reemplazar el que dejó la administración Obama genera dudas sobre la capacidad del gobierno de alinear a las mayorías republicanas en su favor para hacer realidad muchas de sus propuestas.

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La aprobación de la reforma tributaria no será fácil y quizá tampoco de la magnitud prevista. Para que las rebajas de impuestos sean permanentes, se debe reemplazar en los siguientes diez años los ingresos que se perderán. Como el recorte planteado para el impuesto de renta a las personas beneficia de modo preponderante a los más ricos, cuya propensión marginal al gasto es baja, su efecto sobre la demanda no será de grandes proporciones. Por esta causa, la rebaja para las empresas tampoco tendrá un gran efecto sobre la inversión, pues estas no la realizan no tanto por los altos gravámenes, como por la poco dinámica demanda, que no les genera grandes expectativas de ganancia.

En consecuencia, tanto por sus inconsistencias como por el sobredimensionamiento de sus efectos y la dificultad de aprobarlas en el Congreso, el desengaño con las propuestas del presidente Trump puede generar correcciones mayúsculas en el precio de los activos financieros y una alta volatilidad mientras negocia su implementación.

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