| 1/19/2017 12:00:00 AM

Los peores riesgos que enfrenta el mundo con la posesión de Trump

A juzgar por las propuestas del nuevo presidente, el cambio de gobierno en los Estados Unidos entraña algunos riesgos. ¿Cuáles serían los más perturbadores?

La posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos genera numerosas amenazas para ese país y el resto del mundo.

Quizá los riesgos más preocupantes sean sobre la estabilidad geopolítica mundial. Si el gobierno adoptara una estrategia de relaciones internacionales aislacionista, velaría por los intereses de la seguridad de los Estados Unidos solo dentro de sus fronteras.

En ese caso, su desinterés por lo que sucede en el resto del mundo perturbaría los equilibrios geopolíticos en regiones donde su presencia se convirtió en una garantía de estabilidad. Esto acrecentaría el peligro de una confrontación directa entre los países con intereses divergentes en ellas.

La ausencia de los Estados Unidos en el Medio Oriente sería incendiaria. Como plantea Nouriel Roubini, un desinterés por lo que suceda en esa región podría desencadenar el enfrentamiento entre las corrientes musulmanas suní y chiita.

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Esa confrontación tendría como protagonistas en la vanguardia a Arabia Saudita e Irán. En la retaguardia, además, podría llevar a otros países musulmanes a adquirir armamento nuclear para disuadir a los posibles agresores. Con ello se incrementarían los costos de un conflicto bélico.

Una menor presencia de los Estados Unidos en Asia daría una mayor influencia a China. Por tal motivo, la no ratificación de la alianza transpacífica sería aprovechada por ese país para extender sus lazos con los países de esa zona.

Para contrarrestar su expansionismo, quizá India y Japón optarían por confrontarlo de manera abierta, lo cual los obligaría a incrementar su arsenal nuclear, con el peligro de crear fricciones.

Incluso en Europa, donde la unidad fue debilitada por el referendo que decidió el brexit y es amenazada por un eventual triunfo de partidos populistas antieuropeos en algunos países, una menor presencia norteamericana sería aprovechada por Rusia para consolidar su influencia en Ucrania, Siria, los países bálticos y los balcánicos.

El desinterés de los Estados Unidos en todos estos frentes sería aprovechado por los países más fuertes en cada región, que aumentarían su influencia global.

Con ello rivalizarían con mayor ventaja frente a los Estados Unidos, lo cual abriría un mayor espacio para una posterior confrontación global.

Foto: Mike Pence Vicepresidente de los Estados Unidos.

Otro riesgo del cambio de gobierno en los Estados Unidos sería el proteccionismo, que derivaría en una guerra comercial.

Como explica Joseph Stiglitz, las normas de la Organización Mundial de Comercio permiten que por cada tarifa no justificada que un miembro imponga a otro, el perjudicado pueda a su vez imponer otra al agresor.

De este modo, los países agredidos por las medidas injustificadas de los Estados Unidos responderían con una retaliación que impondría otra similar en contra de ese país en el sector donde le resultara más perjudicial.

Una vez desatado el juego, podría generar un retroceso de grandes proporciones en el comercio mundial, que desestimularía la actividad económica global y desestabilizaría el orden internacional posterior a la segunda guerra mundial.

Un peligro latente que podría tener consecuencias indeseables sería el relajamiento de la regulación en algunos sectores de importancia estratégica. Entre ellos, en primer lugar el financiero. Si la regulación financiera se volviera demasiado laxa en los Estados Unidos, algunos intermediarios podrían incurrir en excesos que contribuirían a inflar burbujas en ciertos mercados, cuyo estallido conduciría a crisis que afectarían la estabilidad del sistema financiero internacional y la actividad económica global.

Tampoco sería conveniente relajar la regulación contra los monopolios, por el efecto adverso que tendría el surgimiento de posiciones dominantes en los mercados de bienes y servicios sobre su precio, su calidad y el bienestar de los consumidores estadounidenses.

De igual modo, la flexibilización de la regulación ambiental no sería deseable por sus efectos de largo plazo sobre la sostenibilidad de la vida humana en el planeta.

Otra amenaza que afectaría la libre iniciativa privada sería la política industrial de matoneo y amiguismo. Esta podría beneficiar a unos pocos y perjudicar a muchos, pero no restablecer la competitividad de la industria norteamericana, ni crear los puestos de trabajo perdidos en las últimas tres décadas por el progreso tecnológico y la integración de las cadenas internacionales de valor.

Por su efecto nocivo sobre los costos de producción, la eficiencia, los precios y el bienestar del consumidor, no parece buena idea interferir las decisiones de localización de las firmas, con amenazas de tributos a las que inviertan en el extranjero y pretendan vender sus bienes en los Estados Unidos, o a las que permanezcan allí pero utilicen insumos importados.

También resultaría desafortunado frenar la movilidad de los bienes y los factores de producción, por sus repercusiones perjudiciales sobre la competencia, la innovación y el progreso tecnológico mundial.

Una amenaza para la estabilidad financiera y la actividad económica de los países emergentes sería llenar las dos vacantes que hay en la junta de gobernadores de la Reserva Federal con unos miembros demasiado agresivos (hawkish).

Esto podría acelerar del cronograma de incremento de las tasas de interés en los Estados Unidos, que contrarrestaría el efecto positivo del estímulo fiscal e incentivaría una fuga de capital de los mercados emergentes. Sus bancos centrales tendrían que aumentar sus tasas de interés para restablecer la paridad con las externas, lo cual desestimularía su demanda interna y su crecimiento.

Por estos riesgos, el cambio de gobierno en los Estados Unidos podría representar un punto de inflexión en el ordenamiento económico y político internacional. En consecuencia, 2017 podría ser un año de alta volatilidad en los mercados financieros internacionales, alimentada por las declaraciones amenazadoras del presidente Trump y por la implementación irreflexiva de sus propuestas.

En los Estados Unidos

En el interior, las propuestas de Trump que más llaman la atención son la expansión del gasto público en infraestructura, la desregulación y la rebaja de los impuestos para las personas y las firmas.

Por su eventual efecto estimulante sobre la actividad económica y la inflación en los Estados Unidos y, en consecuencia, sobre el crecimiento mundial, estos planteamientos produjeron una ola de optimismo en los mercados financieros, que condujo los índices de las bolsas estadounidenses a máximos históricos, el dólar a su valor más alto en 14 años y depreció los bonos de la deuda pública norteamericana.

Sin embargo, algunos analistas cuestionan la oportunidad de estas medidas y sus probables consecuencias adversas sobre la estabilidad macroeconómica de ese país. En su opinión, un estímulo fiscal no se debe implementar cuando la economía está próxima al pleno empleo, como los Estados Unidos en la actualidad. En tal caso, resulta inflacionario y reduce el espacio para el gasto y la actividad económica del sector privado. Además, si es de una gran magnitud, incrementa el déficit fiscal, lo cual deteriora la solvencia pública. Incluso puede amenazar la calificación de la deuda pública, con repercusiones desfavorables sobre la estabilidad macroeconómica de ese país y la de los mercados financieros internacionales.

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